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Rehoboam, la Geopolítica de los Datos y la Descolonización Digital de Europa

En el universo de la serie Westworld, Rehoboam hace referencia a un súper-ordenador cuya capacidad para procesar y predecir la causalidad social lo ha llevado a la cima gerencial del sistema. Programado para garantizar la supervivencia de la humanidad, Rehoboan ha abolido la política, determina la trayectoria socio-económica de cada persona e incluso decide quien muere de acuerdo con el riesgo que cada cual supone para la estabilidad de su modelo. Tras la eficiencia de Rehoboam al coordinar procesos a una escala social total está la centralización de la digestión y del procesamiento de todo dato digital disponible. Gracias a la híper-conectividad y a su capacidad para transformar información en combustible para su músculo deductivo, Rehoboam conoce todo lo que puede saberse, es capaz de buscar la estrategia óptima para cumplir con su misión y, además, puede, también, ejecutarla.

De acuerdo con el guion de la serie, la capacidad y  la eficiencia de Rehoboam como ordenador sistémico devino posible gracias al acceso a un conjunto de datos de un valor incalculable para el refinamiento de su IA. Originalmente, Westworld se concibió como un parte de atracciones en el que el cliente podría consumir experiencias inmersivas perfectas. Por medio de robots con roles pre-programados e indistinguibles de un ser humano real, el parque recrearía mundos alternativos con un grado de fidelidad total. El cliente tendría la posibilidad de acceder a una vida paralela en distintos contextos históricos y, dada la naturaleza artificial estos, su agencia podría desatarse en completa libertad.

Si bien, en un principio, esta constituyó la idea de negocio original, los ejecutivos de Westworld pronto descubrieron que la peculiar naturaleza de este servicio podría generales una fuente adicional de ingresos. En un ecosistema causal en el que todas las variables estaban a disposición de quienes diseñaban cada escenario, el visitante representaba el único elemento exógeno interviniente en el desenvolvimiento de cada realidad; una variable que, de aislarse, podía estudiarse como si de un experimento controlado se tratara. En base a este marco, lo gestores de Westworld entendieron que sus propios clientes constituían un producto con el que también era posible comerciar. Estudiar secretamente su comportamiento y vender esta valiosa información al mejor postor. Gracias a esta mercantilización de la experiencia de usuario, Rehoboam pudo acceder a los secretos del comportamiento humano; la última pieza del entrenamiento deductivo-interpretativo necesario para inaugurar su reinado.

Por mucho que, estrictamente, la realidad descrita en Westworld pertenezca al género de la ciencia ficción, la historia del ascenso de Rehoboam y el potencial de sus capacidades son elementos perfectamente aplicables a nuestra realidad presente. En nuestro mundo, sin embargo, Rehoboam no representa una entidad totalmente centralizada adscrita a un gobierno global. En el marco Wesphaliano contemporáneo, Rehoboam simboliza la consecución nacional del poder de la IA aplicada al ámbito de la productividad económica, de la defensa y de la gobernanza social. Una espacialidad público-privada no lineal en la que acontece una carrera armamentística tan dinámica político-tecnológicamente como definitoria de nuestro tiempo estratégico.

Como consecuencia de la creciente centralidad de esta tecnología, en nuestro presente reciente, las bases causales Wesphalianas que otrora dieron vida propia al concepto de la geopolítica digital se han intensificado notablemente. Oculta tras el velo de la híper-complejidad técnico-regulatoria que gobierna este espacio, la discreta securitización de los fundamentos técnicos de la cuarta revolución industrial nos ha expuesto a un futuro marcado por el gobierno neorrealista de las tecnologías de la información. El preludio de una escalada geopolítica en la que, lejos del ideal transnacional mercantil de la globalización, la evolución de la dimensión digital queda firmemente sujeta al prisma de las relaciones internacionales.

Como en el caso de Westworld, en el centro de este nuevo espacio internacional competitivo se encuentra la lucha por el control y la explotación integrada y masiva de los dos sub-productos de la sociedad de la información: los datos y la alta conectividad. Más allá del valor estratégico inherente al dominio gerencial sobre los canales que hoy regulan procesan y el tráfico de información moderno, la conquista de un suministro de datos lo más profundo y volumétricamente extenso posible responde al impuso del desarrollo doméstico de la inteligencia artificial. De la supremacía cuántica que permita escalas de procesamientos superiores y de la tecnología de aprendizaje que reproduzca y supere a la habilidad deductiva humana.

La contienda por la consecución de aquello que se percibe como la plataforma técnica fundamental de la ventaja competitiva en el futuro es hoy eminentemente bipolar. En la Guerra Fría de la IA, Estados Unidos y China dominan las la investigación, la financiación, la inversión y los beneficios macroeconómicos de la transición a un mundo gobernado por el aprendizaje y la deductiva mecánica. Mientras que las potencias medias se resignan a aspirar a contener la incursión hostil, Washington y Beijing disponen de las herramientas tecnológicas para capitanear y explotar la iniciativa estratégica. Ambas polities controlan, directa o indirectamente, inmensas redes público-privadas transnacionales de captación y procesamiento de datos. Ambas se impulsan mediante una escala gerencial y económica incomparable y ambas poseen estrategias digítales nacionales firmemente ancladas en la teleología geopolítica.

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Tsinghua University, “China AI Development Report 2018

Liderando el campo del descubrimiento, el Rehoboan estadounidense domina el campo de la tecnología puntera gracias a una plataforma económica caracterizada por la captación internacional del talento, una avanzada infraestructura y un ecosistema de capital riesgo maduro. La costa oeste, de Silicon Valley a la bahía de San Francisco, alberga el centro neurálgico de la proyección digital norteamericana absorbiendo, también, el 40% de la inversión global en inteligencia artificial. En conjunción con Boston y Nueva York, quienes lideran respectivamente la aplicación industrial y financiera de esta tecnología, la plataforma técnica norteamericana es cualitativamente superior a la de sus rivales. El país posee la hegemonía transnacional de la mano de sus mega-corporaciones globalmente consolidadas (FAANG) y estas, a día de hoy, siguen siendo capaces de revalidar el trono escalar concedido por la unipolaridad digital originaria del nuevo milenio. En su conjunto, guiado por los principios de su pionero (2016) plan estratégico nacional para la inteligencia artificial, Estados Unidos es, en la actualidad, la polity mejor posicionada dentro de la territorialidad digital global; el país dispone de los más complejos algoritmos, del poder computacional más avanzado y de un flujo de datos lo suficientemente masivo como para operar en la frontera técnica del “machine learning”.

Frente a la alta capacidad de la IA norteamericana, la masa crítica del potencial digital chino ha crecido exponencialmente en esta última década. De la mano de la integración macroeconómica global y de su altamente eficiente coordinación público-privada, Pekín ha encadenado planes quinquenales sobre los cuales el país se ha catapultado en términos técnicos a una velocidad sin precedentes. Anclado en el famoso plan estratégico “Made in China 2025” (2015) y en su anexo digital del año 2017, las aspiraciones tecnológicas del gigante asiático se han cumplido metódicamente hasta alcanzar un plateau digital de una alta sofisticación. Una posición desde la que, actualmente, resulta posible amenazar la supremacía de la IA estadounidense.

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Tsinghua University, “China AI Development Report 2018

Tras la meteórica carrera del Rehoboam chino se encuentra la fusión teleológica y operativa entre el Estado y el capital tecnológico doméstico, la doctrina keiretsu, el alto grado de penetración social de la dimensión digital y la (falta de) “ética” que gobierna el concepto de ciudadanía para el PCC. Bajo la economía política digital china, el Estado constituye un inversor, un desarrollador y un cliente del conglomerado tecnológico privado del país. Derivada de la securitización de esta dimensión, la legislación es perfectamente sensible a las necesidades del sector y los unicornios tecnológicos nacionales poseen fuertes lazos tanto con la industria de componentes como también con ecosistemas propios de actores tecnológicos asociados. En base a esta arquitectura de la oferta, comparada con la economía política de la capacidad digital estadounidense, China dispone de un grado de coordinación inter-operativo y económico superior, lo que redunda en mejores sinergias y en un margen para la experimentación más amplio.

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Fuente: Venture Scanner, “AI´s Explosive Funding Growth

Más allá de la capacidad china de generar espacios funcional-gerenciales de altas capacidades, China posee también una titánica plataforma humana y mercantil fuertemente blindada frente a la penetración digital extranjera. El mercado doméstico es escalarmente (muy) superior al estadounidense y la adopción doméstica de la nueva tecnología tiene lugar a un ritmo mucho mayor que en occidente. Ante todo, sin embargo, el verdadero facilitador del gran salto delante del Rehoboam asiático tiene que ver con la enorme ventaja que posee la industria tecnológica china en términos de acceso a un volumen masivo de datos. Con una población de casi 1.400 millones de personas y un Estado políticamente volcado en el control social, China es la mayor granja de datos del planeta. La marginalidad ética de la privacidad ha permitido al país liderar en el campo de la implementación y, gracias este despliegue, la macroestructura digital del país puede proveer a su IA con un campo de juego deductivo cuasi-ilimitado. En este sentido, China es, en la práctica, un Westworld gigante.

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Fuente: McKinsey Global Institute, “China´s Digital Economy: A leading Global Force”

Como consecuencia de este potencial y de las facilidades que su sistema ofrece a las necesidades operativas del desarrollo digital, China aspira convertirse en el año 2030 en la primera superpotencia en el campo de la inteligencia artificial; un logro que Beijing pretende compaginar con la expansión de su dominio digital más allá de sus fronteras.  Ante esta amenaza, Estados Unidos ha respondido con una agresiva campaña de sabotaje pasivo del acceso del Rehoboan chino al trono de la capacidad deductiva mecánica. En esta línea, en otoño de 2019, la Administración Trump atacó la línea de flotación logística norteamericana del gigante Huawei, e instó a sus aliados a no confiar sus futuras plataformas 5G al capital chino. Recientemente, en enero de este año, Washington ha presentado una batería de restricciones a la exportación de las bases tecnológicas de la IA, y ha vuelto a reiterar que la universalidad mercantil ya no sirve a los intereses del polo occidental. Con este giro Wesphaliano, Estados Unidos busca aplicar un containment espacial y tecnológico que corte el sangrado de conocimiento que ha propulsado la eficiencia técnica china a hombros de la globalización. Busca impedir que China penetre las redes de comunicaciones del eje trans-atlántico y busca también cercenar el espectro digital del que Beijing pueda extraer datos. Sin embargo, tanto en su vertiente técnica como en su hipótesis política, las posibilidades de que este cordón sanitario llegue materializarse y cumpla con su propósito son escasas.

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Fuente: Mercator Institute for China Studies, “Export Controls and the US-China Tech War“.

En el contexto de esta cada vez más intensa lógica geopolítica, Europa se ha convertido en el teatro de operaciones principal de la contienda digital entre Estados Unidos y China. Hasta ahora, el bloque ha evitado seguir la senda estratégica marcada por Washington, y Bruselas se resiste a adoptar la idea de que China debe ser “gestionada” mediante el bloqueo tecnológico. De esta negativa, sin embargo, no deberíamos inferir una posición de fuerza o trazas de agencia estratégica. La UE, incluso en tiempos de la narrativa de la repatriación productiva, busca hoy una posición de equilibrio entre las dos superpotencias tecnológicas. Rendir fragmentadamente una soberanía digital que el continente, por sí mismo, no está en condiciones de ejercer.

Al igual que en la dimensión militar convencional, la situación colonial que vive Europa en el plano de la tecnologías de la información evidencia el fracaso del proyecto europeo como fórmula de adaptación a la escala estratégica de sus oponentes. Entrado el nuevo milenio, dentro del contexto de la estrategia Lisboa, la Unión Europea se propuso convertirse en el plazo de 10 años en “la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo”. Dos décadas más tarde, en un contexto en el que el componente tecnológico constituye el pilar fundamental de la competitividad, el perfil digital high-tech del continente no existe. Bruselas ha actualizado su lenguaje a la centralidad de la inteligencia artificial, pero, a día de hoy, Europa no dispone ni de un proyecto de Rehoboam propio ni de las estructuras de captación y procesamiento de datos que lo propulsen. Los circuitos europeos son fundamentalmente estadounidenses y, cada vez más, chinos.

En este sentido, si bien el gigante europeo posee una masa crítica macroeconómica y un volumen de talento comparable a la plataforma de recursos norteamericana, su desempeño tecnológico hasta la fecha es comparativamente muy pobre. Atendiendo al volumen de PIB que ocupan las tecnologías de la información, el continente (1.7%) se encuentra por detrás de China (2,1%)  y a una enorme distancia de los Estados Unidos (3.3%). Solo dos compañías europeas se encuentran dentro del top-30 digital global y únicamente el 10% del total de los “unicornios” del sector tienen su sede en Europa.

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Tsinghua University, “China AI Development Report 2018

Ante todo, el gran cuello de botella al que se enfrenta la UE tiene que ver con su incapacidad para generar un ecosistema financiero, institucional y gerencial integrado que convierta buenos conceptos e iniciativas en organizaciones y capitales consolidados. Como consecuencia directa de este hándicap, la UE, quien posee un número de start-ups de IA proporcional a su peso en la economía global (un 25% del total global), rara vez consigue adquirir tracción. La mayoría de proyectos nunca obtiene al capital necesario para desarrollarse (la UE solo capturó el 11% del capital riesgo en IA en 2016), gran parte son un fraude y, incluso si alguna iniciativa llega a materializarse, el grado de implementación y difusión de la IA en Europa es comparativamente bajo. En consecuencia, el problema no es solo que en el top-100 mundial de start-ups de IA encontremos únicamente cuatro compañías europeas, el problema radica también en que Europa, debido a su fragmentación, no está preparada para escalar sus éxitos.

La impotencia a la hora de desalojar a su competencia del continente significa que a Europa solo le queda encomendarse a su poder regulatorio para limitar la extractividad que los gestores de datos terceros pueden ejercer domésticamente. La ley, la fiscalidad y la ética como los únicos componentes de la estrategia digital de la UE. Como ya alertó el Senado francés en 2013, el sub-desarrollo crónico de los activos digitales europeos está suponiendo la sumisión de infraestructura crítica a intereses terceros, la partición estratégica del bloque (algo visible hoy en la geografía de la contratación 5G) y el sabotaje secular de la capacidad de Europa de abrazar la cuarta revolución industrial. Y es que, bajo el gobierno colonial digital actual, ni los datos europeos sirven para la consecución de los intereses de Europa.

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Tsinghua University, “China AI Development Report 2018

Como con la mayoría de los retos a los que se enfrenta hoy la unión, la inacción y la anémica adaptación a los imperativos estratégicos contemporáneos tiene su fuente causal en la falta de integración político-gerencial a nivel europeo. A día de hoy, Europa simplemente no dispone de las bases consensuales que den a luz a una estrategia integral real de descolonización de su territorialidad digital. Consciente de este capacity-gap, la Comisión Europea ha anunciado recientemente que dedicará 20 billones de euros de su presupuesto al impulso de la IA doméstica. Sin embargo, prueba de la guerra asimétrica de magnitudes, esta cifra no llega a igualar ni los 24 billones de euros que Alphabet, subsidiaria de Google, invirtió en investigación y desarrollo en 2019. Incluso en el frente regulatorio defensivo, la UE se ha mostrado político-institucionalmente incapaz de adaptarse a las necesidades estratégicas del continente; el Reglamento General de Protección de Datos de 2018 es un instrumento útil que posee un fin claro, pero este ha llevado nada menos que 10 años de negociaciones en ver la luz. En ambos frentes, el cambio necesario debe ser radical.

Teniendo en cuenta el futuro tecnológico-estratégico próximo, la gradual securitización de la inteligencia artificial y las distintas economías políticas que hoy gobiernan el desarrollo de la capacidad digital, podemos afirmar que la bipolaridad que hoy domina el territorio de la IA adquirirá una intensidad cada vez más marcada. China, quien posee un recorrido enorme sin explotar, superará a los Estados Unidos en el campo de las tecnologías de la información, y nos adentraremos en un territorio político en el que globalización y la acumulación digital bien puedan devenir incompatibles. En el caso europeo, a pesar del interés del nuevo ejecutivo en sacar músculo geopolítico, Europa continuará a merced de las macro-estructuras tecnológicas de sus oponentes. En la medida en la que la centralización económica y la inter-operatividad entre lo físico y lo digital aumente, la puerta hacia una IA genuinamente europea acabará cerrándose, y, con esto, la agencia global del continente se hundirá aún más.

En su conjunto, la carrera armamentística hacia la consecución domestica de un Rehoboam que rompa con nuestro pasado técnico-operativo alterará la dimensionalidad, el alcance y la lógica geo-estratégica. Revolucionará nuestra forma de interpretar el reino de los datos y, muy posiblemente, cambiará también el significado mismo del concepto de ciudadanía. En Westworld, el antes y el después de este salto evolutivo estuvo marcado por la negación de los derechos fundamentales de la persona. En nuestra realidad, particularmente si China se convierte en el rival a batir, la dinámica y la lógica práctica de la acumulación digital bien puede conducirnos al mismo resultado.

 

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