Termodinámica, Productividad y Heterogeneidad: ¿Rebelión o Renta Básica Mundial?

Una de las variables menos estudiadas sobre la geografía global de la producción es la complejidad política de la futura gestión internacional de la heterogeneidad. La problemática administración de la desigual geografía de las contradicciones del sistema en un contexto transnacional marcado por el alto desarrollo de las fuerzas productivas y el cuestionamiento termodinámico. La gestión activa de la heterogeneidad productiva transnacional constituye el vector de cambio sistémico nacido del repliegue productivo final que hoy ha empezado a modular la agenda macroeconómica global y que está destinado a dar forma a la estructura socio-productiva planetaria de nuestro futuro. Un futuro donde la lógica de mercado se verá inevitablemente desplazada como la piedra angular de la interconectividad.

Actualmente, en un escenario nacional en el que la centralización de la producción, de la realización y de la masa salarial ha tensado las costuras interpretativas de nuestro normal civilizacional, el campo los mecanismos distribucionales de la estructura acumulativa capitalista se encuentra frente a una reforma general inaplazable. De manera provisional, los arquitectos del sistema han optado por el subsidio masivo del espectro menos rentable de nuestra economía para frenar los riesgos derivados de este fenómeno. El sostenimiento artificial de la homogeneidad espacial y salarial por medio de programas de rescate masivos coordinados por la banca central ha constituido la primera respuesta sistémica general ante este desafío. Un plan de contingencia que se desplegó in extremis ante el advenimiento del colapso acumulativo del año 2008 y que es –muy- posible que no nos abandone jamás.

Sin embargo, el rendimiento de dicho instrumento el manifiestamente sub-óptimo. El agotamiento del margen de los tipos de interés, la poca precisión operacional y los riesgos derivados de la acumulación de deuda de una calidad decreciente hacen de esta solución una estrategia sistémica insostenible en el tiempo. En consecuencia, a lo largo de la próxima década, nuestra sociedad será testigo del ascenso político de la fórmula de la renta básica universal como mecanismo de ajuste distribucional a la orografía acumulativa contemporánea. Un instrumento de aplicación directa, subjetivamente quirúrgico, que no deteriora mediante una alta artificialidad contable la sostenibilidad sistémica y cuya su aplicación no necesita de un cambio cosmológico-narrativo drástico. La renta básica se posiciona así como el sistema capaz de conjugar al menor coste sistémico posible una heterogeneidad productiva multidimensional con un plano humano atado a la relación de producción capitalista.

Operativamente, la renta básica romperá el vínculo entre la producción y el acceso al rédito distribucional. Permitirá acomodar sistémicamente a todas las personas que por su condición subjetiva no dispongan de vias de acceso a marcos rentables capaces de remunerar el trabajo por encima del umbral de la pobreza. Tramos sociales relacionados con determinados perfiles educativos, sectores, localizaciones geográficas o edades que de otra manera resultarían aplastados por los mecanismos distribucionales de un marco acumulativo cada vez más eficiente. En ese sentido, la renta básica supondría la adaptación del marco circulatorio del capital a una aristocracia productiva marcada por las superfirmas y el control monopolístico de la economía. Una vía de escape distribucional que permitiría consolidar espacios sectoriales gobernados por una híper-concentración representada en cuentas de resultados moduladas a golpe de decreto. Ciclos de heterogeneidad retroalimentada dependientes de un dirigismo político que gestionará cada vez más intensamente la vectorialidad de la renta per cápita y su contenido material.

Tradicionalmente, el debate sobre la adaptación distribucional de la heterogeneidad productiva moderna ha girado en torno a espacios interpretativos compartimentalizados que giran en torno al marco social occidental. Por nuestra condición desarrollada, analizamos el problemático triangulo institucional capitalista en el que confluyen la forzosa vinculación entre el trabajo y la renta, la necesidad circulatoria y la creciente heterogeneidad derivada de la asimétrica y competitiva búsqueda de la productividad desde un punto de partida primordialmente marxista. Tratamos la fenomenología del desarrollo de las fuerzas productivas desde la perspectiva de la represión mecánica del trabajo, desde la interacción entre la participación salarial obrera y una realidad productiva crecientemente mecanizada, sobreacumulada y estancada. Un prisma de corte nacional y potencialmente socialista que queremos creer es universal a toda sociedad.

Lo cierto es que dicha interpretación de la trayectoria socio-productiva de las distintas entidades políticas solo nos revela de hasta qué punto la desigualdad –en desarrollo material- internacional condiciona nuestra ontología económica. Ante todo, la aplicación de este prisma obvia los dos condicionantes que serán responsables de dar forma a nuestro futuro productivo transnacional: la cuarta revolución industrial y el imperativo termodinámico. Condicionantes que nos obligarán a reconocer por primera vez un marco económico, social y distribucional global en el que el paradigma nacional dejará de tener utilidad práctica. Donde el marco trabajo-céntrico de la explotación propio del supuesto histórico occidental tendrá que fundirse con nuevas conceptualizaciones de la distribucionalidad asimétrica basadas en lógicas alternativas.

Para entender las dinámicas macroeconómicas de la geografía distribucional y física de la producción desde un instrumento teórico unitario, es necesario utilizar un marco de escala planetaria en el que convivan las necesidades y potencialidades productivas de todas las sociedades de la Tierra. Un marco que podamos vincular a la trayectoria histórica del desarrollo económico y posteriormente adaptar a los condicionantes estructurales de nuestro futuro inmediato. En el que solo exista una plataforma espacial y causal para nuestro análisis, el ecosistema humano y material terrestre.

Partiendo de la espacialidad occidental, el impulso desarrollista que transformó la geografía social europea y norteamericana trajo consigo una cadena retroalimentada de capitalización y satisfacción de la utilidad rentable que nos catapultó a niveles de densidad material per cápita sin precedentes. La naturaleza de dicha explosión escalar creó un contexto acumulativo e internacional en el que el fenómeno de la globalización resultó inevitable. El mercantilismo desarrollista Japonés-surcoreano hizo acto de presencia, la realidad corporativa occidental pudo escapar a los primeros indicios de estancamiento por medio de un horizonte comercial y productivo -reserva industrial de trabajadores- cuasi-planetario y China aprovechó la oportunidad para ocupar la centralidad de la función de la manufactura internacional. Más recientemente, tanto la India como el polo ASEAN han ganado tracción productiva especializada propia y, eliminando la crisis emergente que se espera del repliegue monetario del dólar, se prevé que los ahora transnacionales flujos circulatorios del capital continúen homogenizando la desigualdad internacional en el futuro.

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El problema radica en que dichas proyecciones parten de un supuesto de hecho que resulta imposible de reproducir en nuestro presente material y tecnológico. Nos enfrentamos a un escenario en el que nos veremos obligados a distribuir espacio termodinámico, productivo y de renta o enfrentarnos a una catástrofe planetaria colectiva. En el campo de la termodinámica, con la eficiencia tecnológica actual y partiendo de un supuesto en el que todos los países compartieran el mismo nivel de consumo, la sostenibilidad material planetaria se lograría si todas las sociedades compartiéramos la densidad material del actual Vietnam. Si el mundo, conjuntamente, optara por alcanzar el nivel de consumo medio de Catar, necesitaríamos de nueve planetas Tierra para poder materializarlo sosteniblemente. Si optáramos por el nivel de consumo norteamericano requeriríamos de cinco, de tres para el europeo y de dos planetas Tierra para el nivel de consumo medio actual chino. Así pues, hace tiempo que el mundo alcanzó el punto material en el que el conjunto agregado de necesidades potencialmente gestionables se volvió termodinámicamente insostenible. La batalla radica hoy pues en la distribución internacional del crédito termodinámico para poder satisfacerlas.

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Esta tensa realidad distribucional se ha hecho especialmente visible con la reciente y desesperada ronda de negociaciones destinada a tratar el riesgo estructural climático de las emisiones contaminantes. Mientras que Europa y los EE.UU. pueden presumir de disponer de una posición productivo-tecnológica capaz de contener su impacto medioambiental, el impulso desarrollista de países terceros se fundamenta en una movilización laboral y mecanizada de un muy alto impacto contaminante. Una realidad que evidencia que los estadios productivos de baja intensidad propios del acceso a un rango de renta media no disponen ya de espacio termodinámico posible sobre el que operar y desarrollarse. No existe más crédito medioambiental agregado mundial sobre el que poder elevar sus niveles de consumo.

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En ese sentido, siguiendo el imperativo climático, la trayectoria desarrollista tradicional por la que un país recorre el espectro de los tres sectores utilizando una combinación de creciente renta disponible, acceso a la educación e intensidad mecanizada pronto dejará de poder reproducirse internacionalmente. De esta manera, bajo nuestro statu quo, los límites materiales a la huella medioambiental humana impondrán una distribución del espacio termodinámico que resultará a la larga políticamente insostenible. Mientras que quienes llegaron productivamente primero podrán ocupar su desproporcionada parcela termodinámica y de consumo, quienes vienen detrás nunca dispondrán de la legitimidad medioambiental suficiente para poder alcanzar su misma posición. Un impedimento que no solo implica una forzosa rendición aspiracional nacional, sino que supone también eliminar cualquier posibilidad de tejer las bases materiales con las que poder articular renta internacional y peso geopolítico. Ningún país aceptará este marco de apropiación por ocupación del espacio termodinámico disponible y de consumo asimétrico impuesto.

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En respuesta a la distribución internacional del crédito termodinámico, son muchos los que piensan que las nuevas tecnologías nos rescatarán de este incómodo dilema. Que nuestra capacidad de generar soluciones aún más eficientes es la vía para acomodar el desarrollo ampliando el crédito termodinámico agregado disponible. Obviando en esta entrada todas las contra-argumentaciones posibles a dicha tesis, podemos demostrar que ello tampoco solucionaría el problema de la coordinación política internacional de la heterogeneidad productiva. La realidad termodinámica contemporánea nos ha expuesto que resulta imposible poder dibujar una sociedad internacional caracterizada por el nivel de consumo de las economías avanzadas, y que ello puede llevar a una gran conflictividad si no se gestiona la asimétrica distribución del binomio consumo-crédito medioambiental. El conjunto de necesidades planetario es un espacio cerrado a satisfacer por una realidad productiva internacional en la que en mayor o menor medida todos pueden participar. De tal manera, si hemos concluido que en una economía capitalista nacional marcada por utilidades cerradas y estables la productividad tiende a la centralización funcional y espacial de la realización y de la producción, ¿cómo es que internacionalmente podemos lograr la homogeneidad mediante el desarrollo tecnológico?

La respuesta , obviamente, es que no resulta posible. Tomemos el ejemplo del sector más crítico para la articulación de un nivel de renta internacional media, la manufactura. Gracias a la ley del valor, China pudo apropiarse del centro de gravedad de la manufactura internacional –irónicamente, bajo un marco alternativo, la distribución de la producción mundial sería aún más asimétrica-. China y su masa escalar han cambiado completamente la realidad global del sector hasta el punto de negar espacio manufacturero a infinidad de países terceros en vias de desarrollo. Una saturación comercial de la utilidad rentable que ha forzado a muchos a tener que saltar al sector servicios de una manera prematura y que expone que, bajo el nivel tecnológico y de integración comercial actual, los actores emergentes no pueden encontrar espacio comercial para ganar peso manufacturero y construir renta internacional propia.

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Pero la situación puede tornarse más preocupante todavía. La problemática actual del campo manufacturero se acrecienta exponencialmente a medida que nos aproximamos al paradigma humano y tecnológico de la cuarta revolución industrial. Tomemos el ejemplo africano, el caso que muchos afirman será el paso siguiente tras el desarrollo productivo del sudeste asiático. El peso manufacturero es uno de los anclajes macroeconómicos que garantiza una trayectoria desarrollista estable frente a los volátiles modelos de exportación de materia prima. Si bien muchos países africanos han gozado de tasas de crecimiento sostenidas gracias a la voracidad termodinámica asiática, su industria no ha logrado despegar en este tiempo. La razón, además de la saturación asiática del mercado de bienes manufacturados, es que dichos países no disponen de los instrumentos estructurales para abrazar productivamente al sector manufacturero competitivo del siglo 21.

Hasta hace relativamente poco, el impulso orgánico de los países en vias de desarrollo era funcionalmente posible porque, al igual que en siglo 19 occidental, un campesino podía trasladarse a las actividades de una fábrica con relativa facilidad. La distancia tecnológica entre ambas actividades no era muy amplia. Hoy, sin embargo, la cosa empieza a cambiar. Para competir en la manufactura global actual se requiere de un capital humano familiarizado con tecnología híper-compleja, el factor precio que dio vida comercial a China ya no puede competir con las ventajas escalares de los nuevos robots. Ante dicha situación, los países africanos no pueden aspirar a avanzar en la escalera del desarrollo. Carecen de la capacidad de adoptar dicha tecnología y son incapaces de producir el capital humano propio de una economía desarrollada para operarla. Se encuentran ante un mundo productivo que, al igual que ocurre en las economías nacionales, se repliega de vuelta a sus orígenes, de vuelta al capital humano altamente formado y de vuelta a las metrópolis urbanas. Por ello, occidente y la high-tech Asia están destinadas a re-monopolizar la producción a medida que nuestro plateau tecnológico avance. El equivalente internacional al fenómeno productivo y distribucional que hemos experimentado nacionalmente en occidente con la llegada de la era digital.  Un supuesto que podría incluso extenderse a otros sectores con consecuencias igualmente regresivas.

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Llegados a este punto hemos podido constatar que la macroeconomía global se enfrenta a un contexto productivo y termodinámico marcado por una heterogeneidad creciente. La asimétrica distribución del crédito medioambiental y del consumo amenaza con hacer descarrilar todo esfuerzo político destinado a frenar cualquier acuerdo que permita garantizar una sostenibilidad material planetaria y, de sobrevivir el statu quo actual, la regresividad internacional no podría sino avanzar. Un marco donde la alternativa al colapso natural es una condena de pobreza para un gran número de países. La prohibición de poder emprender carreras desarrollistas propias y la obligación de rendir gran parte de su peso geopolítico. El consumo occidental aplastando mecánicamente el desarrollo social del tercer mundo para poder continuar reproduciéndose.

De igual manera, aun obviando el límite termodinámico estructural, la escala económica y tecnológica de nuestro tiempo han creado un contexto en el que no existe la posibilidad de emprender trayectorias desarrollistas propias tradicionales basadas en el servicio del consumo interno y la participación competitiva internacional por precios bajos. Países terceros pueden hoy expulsarte de los mercados relativos al avance gradual trans-sectorial y la tecnología moderna impide a quien es incapaz de producir súper capital humano cualquier tipo de convergencia en vectores de desarrollo clave. Dos tendencias que, bajo el paradigma de un mundo super-conectado, solo pueden intensificarse en el futuro.

Con el imperativo termodinámico y la centralización de la realización y la producción internacional derivada de la tecnología condenándonos a una geografía económica transnacional estructuralmente heterogénea, podemos profetizar que el mapa distribucional transnacional tenderá a reproducir a escala el debate nacional sobre el mismo fenómeno. La diferencia es que, en ese territorio, la posibilidad de llegar a soluciones sistémicas coordinadas será mucho más complicada. Mientras que en el campo de una economía nacional existe un vector político centralizado en torno al Estado, internacionalmente –actualmente- no existen los mecanismos político-institucionales capaces de coordinar y ejecutar programas de cambio de rumbo sistémico masivo. Aun así, asumiendo un desarrollo racional de los acontecimientos, podemos intentar prever qué medidas podrían implementarse en respuesta a dicho desafío.

Bajo cualquier escenario, los grandes desplazados de la manufactura de resultados distribucionales serán la lógica de mercado y el imperativo capitalista por el cual la renta solo puede emerger de un supuesto de producción de valor. Si en la próxima década necesitamos compaginar los objetivos del desarrollo con una disminución progresiva de las emisiones contaminantes de un 18% anual y una gestión activa –y decreciente- del volumen de consumo, entonces resulta indispensable crear un marco por el cual distribuir políticamente tanto la capacidad productiva como el trabajo y la renta derivada de este.

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Por razones termodinámicas obvias, la Tierra solo puede permitirse operar en su horizonte tecnológico máximo. Ello significa que, probablemente, resultará necesario abolir el marco de propiedad intelectual actual por el cual Occidente monopoliza y exprime distribucionalmente el universo de las patentes high-tech. Además, habrá que idear una fórmula por la que distintos países puedan acogerse a cuotas de producción sectoriales o en su defecto a la cesión de su propio crédito medioambiental a cambio de la recepción de una renta básica mundial garantizada a todo ser humano en la Tierra.

Por razones prácticas y de homogeneidad transnacional, es probable que negociemos un marco Ricardiano por el cual distintos países optarán por especializarse en determinados sectores o productos y combinar renta básica internacional con un vector único de la productividad. Ello significará el fin de hecho de la competencia y la movilidad laboral internacional, pero esto, en el presente escenario, carecerá de consecuencias prácticas de calado. La heterogeneidad derivada de maximizar la producción rentable y obtener ventajas en el ámbito del consumo estará prohibida por tratados diseñados para ceñirnos a un equilibrio termodinámico y de consumo homogéneo global.

Evidentemente, este rango de soluciones que trabaja un ecosistema de trabajo, tecnología, consumo y renta transnacional resulta extremadamente improbable que triunfe en el teatro internacional actual. Las asimetrías políticas que hoy dan forma a nuestro contexto macroeconómico planetario son salvajes y existe un modo de producción que opondría una  férrea resistencia ante cualquier amenaza vital. Aun así, si bien es virtualmente imposible que de este análisis emerja una corriente política capaz de plasmar las soluciones que aquí se presentan, podemos utilizar este mismo marco para proyectar el escenario que más posibilidades tiene de nacer del futuro conflicto multidimensional.

Dado el desarrollo político macroeconómico y climático reciente, es muy posible que las recientes protestas de los Gilets jaunes en Francia constituyan el elemento premonitorio más irónico de la economía política climática global. Dichas protestas son el resultado de una colusión muy particular. Por un lado, los Gilets jaunes protestan por el completo abandono distribucional de la clase media por una geografía productiva cada más heterogénea. La centralización de la producción y la realización, su relación con la tecnología y la incapacidad de encontrar opciones de generación de renta en un contexto de utilidades limitadas han condenado a un gran número de franceses a una creciente miseria. Paralelamente, el compromiso de Macron con la reducción de emisiones contaminantes ha provocado que gran parte del ajuste termodinámico recaiga, por sus condiciones subjetivas, sobre este mismo colectivo. El resultado de dicha intersección, como todos sabemos, ha sido explosivo.

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En el contexto internacional nos adentramos en una estructura causal similar. Si vamos a gravar las emisiones contaminantes sin contraprestación alguna, estamos creando un marco por el cual negaremos crédito termodinámico y espacio de consumo y renta global a quienes legítimamente pueden reclamarlo. Los polos tecnológicos occidentales, China, Japón y Corea del Sur solidificarán su monopolio en la cuarta revolución industrial y, mediante el dominio de la realización, acapararán la mayor parte de la renta que subyace tras su desproporcionado nivel de consumo. Llegados a este punto, una guerra comercial continua entre los polos productivos dominantes convivirá con la desesperación sistémica de los países peor posicionados. Estos no dispondrán de posibilidad alguna de converger. No dispondrán de los espacios comerciales donde madurar y serán incapaces de generar el capital humano y técnico necesario para operar en este nuevo plateau termodinámico más “verde”. El resultado a todos los niveles de la cadena trófica será, previsiblemente, también violento.

Tanto en Francia como en el contexto internacional, la solución pasa por socializar y democratizar la renta disponible adaptándola al máximo volumen termodinámico sostenible. Romper el vínculo entre el trabajo y el consumo y gestionar activamente la distribución espacial de la tecnología y de la producción. Un ajuste sistémico para el cual nuestro ecosistema ideológico no está preparado y al cual el orden económico y político global probablemente no sobreviva. Una complejidad práctica que se vuelve insignificante si analizamos las consecuencias de no abordar decisivamente las asimetrías de renta, productivo-tecnológicas, de consumo y de crédito termodinámico de nuestro mundo.

 

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