Esparta, Atenas y la competitividad escalar de la esclavitud

Hoy en día asociamos a los espartanos con la disciplina, la destreza militar, la austeridad, la estoicidad y pureza eugenésica. Una sociedad que llevaba hasta sus últimas consecuencias la máxima de que una falange es tan fuerte como el más débil de sus componentes. La cultura que Hollywood nos ha presentado como el muro de la civilización frente a la barbarie oriental. Curiosamente, nos hemos cuestionado poco qué llevo a este pueblo del Peloponeso a desarrollar un modo de vida tan fuertemente militarizado. La respuesta está en el impacto socio-político del contexto geográfico griego, en su modo de produccíon.

El extremo sur de la península balcánica se caracteriza por una crónica pobreza agrícola -solo un 20% del terreno es cultivable- y una fragmentación física de sus centros poblacionales -el 75% del terreno lo constituyen formaciones rocosas-. La fórmula perfecta para crear un intenso clima de competición geopolítica entre ciudades-estado de una escalaridad política limitada. Una realidad que contribuyó a la aparición de dos modos de acumulación relativamente diferenciables. El modelo Ateniense y el modelo Espartano. Un regimen acumulativo proto-comercial contrapuesto a uno cuyo centro de gravedad político residía en una relación de dominación física. El modelo espartano como el esquema rentista violento más paradigmático de la Antiguedad.

Para entender la trayectoria socioeconómica de los dueños del Peloponeso resulta imprescindible caracterizar políticamente la figura de los ilotas, la población esclavo-sierva conquistada cuya titularidad pertenecía al Estado espartano. Sometidos por una ciudad-estado hambrienta de espacialidad agrícola para sobrevivir, este colectivo de origen desconocido constituía la columna vertebral del sistema acumulativo de la polis sureña. Técnicamente, la figura del ilota era la de un bien rural que el Estado ponía a disposición de los homoioi -los terratenientes- para explotar la tierra. Una masa de trabajadores gestionados públicamente cuyo número creció paralelamente a la hegemonía regional espartana. Y lo hizo hasta septuplicar en tamaño a la población de sus captores.

Este campesinado adscrito al campo mediante la cesión pública y obligado a entregar grandes cuotas del fruto de su trabajo al titular de la hacienda, condicionará el desarrollo político de todo el Peloponeso. La relación de conquista y posterior dominación dará como resultado la progresiva especialización funcional que hará de la extractividad violenta y directa el modus operandi económico de la sociedad espartana. Un eje bajo el cual el parasitismo de la élite lacónica dará forma a una realidad ideológica y social muy particular. El colectivo ilota producirá y el soldado-terrateniente espartano dedicará su tiempo a la política y al constante perfeccionamiento de sus habilidades marciales. El  diferencial militar con respecto a a sus vecinos contribuirá a la consecución del éxito militar y ello derivará en una población sometida que gestionar mayor, lo que a su vez permitirá y forzará una especialización funcional más intensa. El ciudadano espartano tendrá que convertirse en un represor cada vez más efectivo. La desconfianza, el miedo a una incontrolable sublevación ilota y la crueldad con la que la sociedad espartana tratará de mantener el statu quo crecerán en la misma proporción. Además de la flagelación pública y la obligación de vestir diferente, Esparta tuvo que recurrir a la institucionalización y sistematización de las razzias intimidatorias para blindar su posición política mediante el miedo. Nacerá el ritual de la Krypteia, un evento que tendrá como fin crear un clima de terror permanente mediante la persecución y el exterminio arbitrario de asentamientos ilotas.

La progresiva centralidad de la violencia y dependencia acumulativa de la clase ilota no solo tuvo una traducción funcional-material clara, también condicionó el plano ideológico de la polis espartana. Un plano ideológico que gravitará inexorablemente hacia la articulación de un clima cognitivo que garantizará la reproducción social del orden espartano. Este giro se caracterizará por una creciente deshumanización de la clase ilota y de la figura del extranjero, el racismo como la columna vertebral del modo de acumulación del Peloponeso. Algo que, además de apuntalar socialmente el sistema de explotación violento-directo, hará que sus alternativas carezcan de tracción socio-económica alguna. La actividad artesano-comercial quedará reservada para los perioikoi, los extranjeros no-ciudadanos. El comercio se considerará algo periférico a la identidad espartana, algo que por su naturaleza transnacional pondría en riesgo el orden social de la polis, una amenaza a los valores y tradiciones que dan forma a su estructura socio-económica de Esparta. Nada simbolizará el nulo desarrollo de la dimensión comercial y la deliberada desconexión con el mundo exterior como su rudimentario sistema de pago. Un sistema basado en pesadas barras de hierro con el que resultaba imposible comercial más allá de sus fronteras.

La aristocracia autárquico-totalitaria-militar espartana y su modelo acumulativo convivirían en la plataforma helénica con su relativo opuesto, el sistema ateniense. Atenas responderá a la pobreza agrícola crónica de la geografía griega por la vía de un esquema acumulativo colonial-comercial marítimo que se sostendrá socialmente mediante un sistema político de una mayor inclusividad. La democracia ateniense se articulará en torno a una pirámide social más flexible en la que la clase media ostentará una masa de prerrogativas considerable, particularmente tras las reformas de Solón. Ello permitirá a la polis desarrollar la base ideológica y material de una arquitectura mercantil que desplazará el peso sistémico del factor esclavo -en comparación relativamente poco explotado- y catapultará a Atenas a la dominación naval del Egeo. En este contexto, la actividad comercial no será una actividad reprimida moralmente, al contrario. El Ágora -el mercado- ocupará una posición de centralidad económica y social en la polis ateniense. La figura del mercader y el pequeño terrateniente, el puerto del Pireo y su magnífica flota constituirán la correa de transmisión de una red comercial que abarcará puestos comerciales en Anatolia, Egipto, el Mar Negro, Italia y el norte de Africa. Un sistema engrasado mediante la circulación de moneda en el que la ley del valor propulsará la producción y comercialización transnacional de miel, cerámica, aceite de oliva, y obras de artesanía. En el que la promoción de las artes, la cultura y la individualidad contrastará con la movilización ideológica y material total de su rival del sur.

Ambos modelos acabarán enfrentándose en la famosa Guerra del Peloponeso, una contienda en la que la creciente hegemonía Ateniense plasmada en la Liga de Delos se medirá contra la Liga del Peloponeso, una organización liderada por Esparta. Curiosamente, ambas economías políticas serán críticas a la hora de entender tanto las causas que dieron a luz al conflicto, como tambíen la dimensionalidad táctica de la contienda. El modelo socio-acumulativo ateniense dependía funcional y materialmente de la marina. Temístocles primero y Pericles después establecieron la primacía de la proyección marítima como modus operandi de una polis que dependerá del comercio para su sustento acumulativo. La marina ateniense se nutrirá de los estratos inferiores de sociedad y ello les dará un prestigio y una influencia política que cimentará la horizontalidad democrática de la polis. Incluso los esclavos serán liberados como paso previo a su inclusión en una tripulación. La fortaleza democrática permitirá el florecimiento del modo de producción mercantil y éste hará de la expansión marítima un requisito indispensable para el éxito del modelo. Atenas será un esquema de estructura de acumulación retroalimentada que deberá proyectarse permanentemente ad-extra para cubrir sus necesidades.

La expansión marítima ateniense no solo le permitió dominar el Egeo y sus rutas comerciales, también le permitió extorsionar a los miembros de su coalición contra Persia, la Liga de Delos. Tal era su poder estructural comercial que pudo forzar a sus miembros a financiar mediante tributos la Atenas monumental que conocemos hoy. El nacimiento del Imperio Ateniense. Esta expansividad desbancó a Corinto como la potencia marítima hegemónica del ecosistema político heleno, lo que le llevó a pedir ayuda a Esparta y formar una coalición anti-ateniense. Este será el origen de la -primera y segunda- Guerra del Peloponeso. Siendo conscientes de su desventaja humana y táctica en tierra firme frente a la falange profesional espartana -las formaciones hoplitas atenienses dependían en gran medida de armar ad-hoc a granjeros libres-, los atenienses se encomendaron a los desembarcos relámpago y al bloqueo marítimo total de la península para vencer. Para repeler la ofensiva terrestre, Atenas reconstruyó su muralla y la conectó con el puerto del Pireo. Si los espartanos destruían la base agraria que rodea a la ciudad, la polis sobreviviría gracias al acceso al mar y al grano importado. A su vez, Esparta planteó una campaña eminentemente terrestre y espacialmente limitada. Por su naturaleza, el sistema espartano producía los mejores soldados de su tiempo, pero también imponía una contención estratégica inescapable. Si el ejercito espartano marchaba lejos de sus hogares, nada impediría a la nación ilota liberarse y acabar con la estructura política espartana. El conservadurismo estratégico espartano estaba bien justificado, Atenas intentó por todos los medios -operaciones en las playas de la costa sur del Peloponeso- crear revueltas ilotas y desarticular la base acumulativa de su rival. Pero fué el sistema ateniense quien flaqueó primero.

La ciudad de Atenas y toda su población fueron víctimas de una plaga transmitida a través de la importación de grano egipcio. En una ciudad sitiada donde cientos de miles de ateninenses convivían en un espacio reducido, la propagacion infecciosa fué rápida e inevitable. La tasa de mortalidad fué altísima, un tercio del total murío -unas 100.000 personas-, incluido Pericles. Fué tan letal que hasta los espartanos abandonaron el sitio por miedo a contraer la enfermedad. Irónicamente, el regimen acumulativo que había condenado a la ciudad de Atenas al desastre, previnió un colapso equivalente espartano: el bloqueo naval ateniense evitó que ningún cargamento de grano egipció arrivara al Peloponeso. Sin embargo, el punto de inflexión de la guerra no llegaría hasta años más tarde, tras la Paz -tregua- de Nicias. Atenas, cuya estructura acumulativa no favorecía precisamente el conservadurismo estratégico, se lanzó a la conquista de Siracusa, una de los puestos comerciales más ricos del Mediterraneo. La expedición fúe un desastre, y dos tercios de la flota y 3.000 marineros irremplazables se perdieron. A partir de ahí la posición ateniense solo se deterioró. Hasta Persia financió ofensivas espartanas en venganza por las posesiones atenienses en Anatolia. Atenas nunca tuvo la capacidad estatal para librar la guerra multi-frontal que su sistema socio-económico le había impuesto.

Pero Esparta tampoco se volvió hegemónica, y tras enfrentarse a Tebas cayó en una espiral depresiva del que su sistema socio-económico obsoleto e irreformable no podría salir. Nada impediría a Macedonia conquistar el mundo helénico años después. A pesar de la caída geopolítica del imperio ateniense, su modelo mercantil tributario de libertades limitadas constituiría la salida acumulativa a la irreformabilidad del modo de producción esclavista en el futuro. La relación violenta y directa pudo funcionar en un mundo tecnológica y socialmente estático, pero resultaría prohibitíbamente cara más tarde. La proyección militar castrada y la imposibilidad de articular productividad sin hacer que la arquitectura social que la gobierna se desmorone, hicieron de este modelo de producción un competidor muy pobre en un contexto geopolítico intenso y dinámico. Tras la caída de Roma, ninguna polity pudo financiar su adopción, y el sistema de acumulación mercantil -quien posee una gran capacidad de adaptación a cambios tecnológicos y sociales- marcó el ritmo de la historia. La primera transición en una cadena de modos de producción en la que la productividad y la especialización productiva están vinculadas con la inclusividad social.

 

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