Las Múltiples Caras de la (Próxima?) Guerra Comercial

Este fin de semana Donald Trump ha protagonizado un nuevo capítulo de la reciente escalada dialéctica entre potencias comerciales al equiparar geopolíticamente a la Unión Europea con China. Lejos de ser una simple salida de tono de un mandatario que cree que puede enfrentarse a pecho descubierto a la totalidad de la plataforma euroasiática, este uso del lenguaje es deliberado. Trump no cree en la supervivencia de la Unión a largo plazo. Para la nueva administración Europa es un gigante comercial con pies de barro, algo que en el contexto geopolítico actual -en el que el centro de gravedad es Asiático- se puede explotar. Todo esto forma parte de una ofensiva discursiva calculada que pretende, mediante la provocación, crear un marco de confrontación de naturaleza wesphaliano-nacionalista que haga saltar por los aires el equilibrio político de la Unión. La vía para negar al bloque comercial más grande del planeta su capacidad de proyectar poder de mercado de una manera coherente frente al capital Estadounidense. La promoción internacional del nacionalismo-antiliberal como la continuación por otros medios de una ofensiva comercial.

Gracias a que la prensa internacional ha erigido a Trump como el líder global de un movimiento que hace dos años carecia de forma conceptual, su plan está funcionando a la perfección. A consecuencia de la fragmentación política creada por esta nueva dimensionalidad del discurso, la Unión es incapaz de responder a una multiplicidad de frentes de muy distinta vectorialidad y naturaleza. La reforma Macronista del Euro fué desechada la semana pasada, la cuestión migratoria sigue sin solución, el paradigma Merkel está bajo mínimos y el sueño político de Salvini de un eje Roma-Viena-Budapest-Varsovia-Munich es cada vez más una realidad. Una revolución de la ontología política europea que ha llevado a Italia a torpedear un tratado comercial UE-Canada por el cual podía haber consolidado billones de superavit comercial. Incapaz de modular sus resultados distribucionales ni generar sentido social, la lógica acumulativa capitalocentrica cede ante la alternativa “populista”.

En el plano extra-europeo Estados Unidos busca ejercer una de sus últimas prerrogativas como fuerza unipolar: la destrucción del marco comercial que él mismo instauró con motivo del fin de la historia liberal. México, Canada, China y la Union Europea se enfrentan a una potencia que hoy intenta parapetar su posición acumulativa transnacional por medio de un ideario mercantilista que ha llegado incluso a cuestionar la arquitectura de la OMC. A pesar de ser una medida demencial e imposible de materializar, Trump pretende que el salvaje ecosistema distribucional actual de EEUU sea compensado por un “estado del bienestar” intra-mercado financiado por sus rivales comerciales. Por el capital extranjero, por quienes han prosperado bajo un orden internacional sancionado por el mando aéreo estratégico y la marina norteamericana.

Estos deseos hubristicos de la Casa Blanca chocan con una realidad geopolítica cada vez más multipolar en la que la respuesta a sus insinuaciones no se ha hecho esperar. Todos sus rivales comerciales han hundido la pica en el suelo y ultiman hoy sus propias proyecciones estratégicas para disuadir al gigante norteamericano de seguir adelante con su plan. À la Bomber Harris los chinos y los mexicanos buscan quebrar la moral de la base electoral del Trumpismo para disuadirle, Bruselas disparará contra el arsenal americanizador de Washington, y los canadienses tirarán de una manera aún más indiscriminada.

Ante esta situación el capital internacional ha tomado cartas en el asunto y advertido a todos de las potenciales consecuencias cataclismicas si todos deciden hacer honor a sus amenazas. Los economistas temen que una contracción comercial global afecte al momentum acumulativo actual y desencadenane una crisis en la que la vulnerabilidad de los mercados emergentes y el alto endeudamiento privado de las economías del G20 nos lleven de vuelta al terreno de una nueva recesión. Algo que no resulta muy conveniente en un contexto político en el que el statu quo ha perdido toda capacidad de justificarse moralmente y sobrevive en base al argumento tecnocrático.

La realidad detrás de este vector de riesgo político es doble. Por un lado ejemplifica que, bajo las condiciones actuales, la realidad acumulativa internacional está rozando sus límites espaciales. El mercado global ha tocado el techo y las opciones de inversión y realización que ofrece la economía internacional son cada vez más escasas. Que el único crecimiento poblacional se concentre en la geografía que hoy dispone de muy baja potencialidad acumulativa no ayuda tampoco. Bajo este escenario, la noción armónica de la suma-positiva comercial que ha dado vida al régimen neoliberal-internacionalista se derrumba. El capital no-transnacional se levantará en armas frente a la penetración de las cabezas de puente de la realización foránea y el nicho de mercado que garantiza su reproducción se convertirá en una cuestión de interés nacional. La lógica de mercado salta por la ventana cuando la gestión de la función de la producción, la escalaridad  y la reproductibilidad de tu orden social se convierten en variables sobre las que dejas de tener el control. Los economistas, acertadamente, advierten del coste escalar -en generación de riqueza agregada- de una ruptura del régimen acumulativo post-wesphaliano. Pero son incapaces de comprender que la gestión de la escalaridad depende de la realidad y lógica del capitalismo, una realidad política en la que la capacidad reproductiva lo es todo.

El segundo factor que explica la realidad comercial actual es eminentemente ideológico. La caída de Lehman Brothers y colapso acumulativo que le sucedió en 2008 fueron devastadores, pero nadie en el mundo desarrollado ni siquiera pensó en insinuar una medida proteccionista. El paradigma cognitivo hiper-moderno à la Pinker del “todo volverá a ser como antes, incluso mejor” permaneció intacto hasta un lustro después del crash. Pero el mundo no volvió a ser como era antes, y el espectro interpretativo cambió. Para la gran mayoría el normal de la depresión se había instalado en nuestras sociedades. La desigualdad extrema entró en el imaginario colectivo, el concepto de élites redefinío el mapa político occidental y, a falta de una crítica sistémica, la inmigración y la globalización de la producción fueron declaradas culpables. La tormenta política que ésto desataría a partir de 2016 es la base interpretativa que hoy da forma a la violencia comercial.

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De esta realidad podría deducirse que hemos sobreestimado el nivel de consolidación de una arquitectura de gobernanza capitalista global omnipotente. Sin embargo, si antendemos al marco interpretativo que se nos ha ofrecido del conflicto comercial, podemos ver que su proyección interpretativa sigue siendo hegemónica. De hecho puede decirse que Trump tiene razón incluso al denunciar el trato que la prensa internacional le ha dado a su política comercial. El establecimiento de cualquier barrera anancelaria se ha interpretado como una vuelta al pasado, como el sueño psicótico de un líder que cree poder luchar contra el resto del mundo.  El proteccionismo de Estado como la fórmula económica que reune todo lo malo de nuestra realidad política. Un Estado anti-liberal que pone trabas a la acción privada, una barrera legal que separa e impide la confluencia de voluntades entre personas, y un sistema distributivo por el cual alguien puede enriquecerse a costa de un tercero por medio de un método extra-mercado. Herejía.

Lo cierto es que existen varios mecanismos por los cuales un país puede obtener ventajas competitivas en el ámbito internacional. Trump aboga por utilizar el peso sistémico de los Estados Unidos para forzar a paises terceros a aceptar ratios de acumulación menores. Y lo hace porque EEUU interpreta que sus rivales comerciales llevan tiempo sitiando su espacio acumulativo. Tanto la Unión Europea como China optaron años atrás por obtener impulso acumulativo mediante el uso de sus sistemas políticos para reprimir brutal y sistemáticamente a su fuerza de trabajo. La chaqueta monetaria del Euro ha permitido a la UE forzar un cambio de rumbo mercantilista en todo el continente a costa del bienestar de los europeos. Rentabilidad, acumulación y control de la producción doméstico a cambio de una realización exportada que reprima las posibilidades de reproducción de la competencia. El capital representado por Bruselas ha militarizado la política comercial de la UE utilizando el colapso económico de 2008 como excusa.

China ha decidido hacer lo mismo, pero a una escala aún mayor. Como cualquier otra economía que tenga como objetivo industrializarse, Pekín ha reprimido consumo obrero a favor de la formación de capital. Pero lo ha hecho en un grado y en un extensión temporal sin precedentes, mucho más allá de lo necesario para consolidad una economía de renta media que pueda reproducirse por sí sola domésticamente. Hoy China  es una de las sociedades más desiguales del mundo, remunera el valor creado por su fuerza de trabajo muy por debajo que sus competidores internacionales, tiene un sistema redistributivo inexistente y dispone de un sistema financiero que concentra el acceso al crédito en una élite que copa el poder. Gracias a ello el país puede movilizar en pocas manos una enorme masa de ahorro internacional que puede utilizar tanto para alcanzar niveles de formación de capital de ensueño como para la compra internacional de activos estratégicos. Ambas le permiten ganar terreno comercial a costa de sus rivales, algo a lo que Washington le atribuye una intencionalidad geopolítica clara e inexcusable.

Con ello en mente, de la lectura de la geografía interpretativa de la actual guerra comercial se puede extraer un conclusión clara: se pretende institucionalizar un orden internacional en el cual la única fórmula legítima de competir acumulativamente sea la represión doméstica del trabajo. La única compatible con el paradigma de lo que hoy entendemos como libertad. No es casualidad entonces que a la llegada de Trump, China, junto con Merkel, haya sido proclamada como la guardiana del orden neoliberal internacionalista. No es casualidad entonces que Berlín –quien practica magistralmente la devaluación competitiva–  haya sido el -desastroso- modelo a seguir para la periferia continental. Y no es casualidad que hoy, a toda respuesta proteccionista frente a la devaluación competitiva -sea la china, la europea, o la alemana en el contexto europeo-,  se la califique de retrógrada, anti-liberal,  y etno-nacionalista. Un recordatorio general de que en un contexto global de clase existen una serie de normas que se deben cumplir.

El conflicto comercial actual es simplemente el conflicto por el cual distintas facciones del capital luchan obtener ventajas acumulativas relativas en un contexto de una espacialidad de la realización cada vez más limitada. El marco lockeano previo por el cual el libre mercado iba a constituir el escenario en el que todas las facciones capitalistas del planeta convivirían en armonía ha saltado por lo aires. Hoy se inicia una era hobbesiana en la que el compromiso con unas reglas resulta demasiado oneroso para determinados actores. En la que no queda margen acumulativo para discutir sobre si el arma tarifaria es apropiada o no para el crecimiento global.

Por mucho que el centro de gravedad del debate recaiga en la utilidad y la moralidad del renacer de la herramienta arancelaria, lo que realmente se discute hoy es si es posible desarrollar una nueva entente internacional que regule los distintos ratios de explotación que conviven en el sistema. EEUU puede atacar la escalaridad y coordinación comercial de la UE por medio del elixir neo-nacionalista. Y puede herirla de gravedad mediante la imposición de barreras comerciales en un momento en el que el capital representado por Bruselas ha confiado gran parte su mecanismo reproductor a la esfera extranjera. Pero el daño será mutuo. En el caso chino Washington no tiene un poder de disuasión tan definido ni fiable. Pekín no puede responder asimétricamente, importa relativamente poco de EEUU, pero puede tirar de tipo de cambio para amortiguar el golpe y contraatacar imponiendo un infierno regulatorio a las multinacionales americanas en su territorio. La escalada sería imprevisible. Si hoy los mercados están en calma es únicamente porque  gran parte de la guerra comercial ha sido dialéctica, no real. Pero esto puede cambiar.

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Incluso si la ofensiva tarifaria tuviera lugar y ésta tuviera éxito en ambos frentes, el problema de fondo de la cuestión comercial seguiría sin solucionarse. En último término lo que Trump quiere y no puede conseguir es que las élites chinas y europeas dejen de apretar el acelerador extractivo que amenaza la posición acumulativa del capital estadounidense.  Una variable macroeconómica crítica de la que depende que EEUU retenga gran parte de su masa crítica productiva. Un peligroso juego de suma-cero económico en el que la estructura de la política doméstica tiene consecuencias determinantes a miles de kilómetros de distancia.  Una guerra en la que consolidar tu posición trófica en el sistema depende de sabotear la dominación de clase de tu rival.

Independientemente del resultado distribucional de este primer gran choque entre potencias comerciales, lo más probable es que entremos en una terminalidad en la cual la competición comercial internacional se desarrolle de una manera cada vez más salvaje y menos regulada. En la que, ya sea por la lógica de la reproducción del capital o por la deliberada represión de la fuerza obrera con fines comerciales, la desigualdad política y económica crezca de manera sostenida. En la que las distintas élites tengan que optar cada vez más entre la estabilidad política doméstica o proyección acumulativa internacional. Un entorno político volátil marcado por el estancamiento secular, una peligrosa multiplexidad dialéctica y una escalaridad global secuestrada por la política capitalista. Un mundo en el que, más que nunca, la clase obrera global pagará caro ser rehen de la esquizofrenia extractiva.

 

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