El Imperativo Manufacturero

Si bien la crisis financiera se ha presentado como la razón económica primaria del desarrollo político “populista” reciente, las causas del colapso general del consenso socialdemócrata occidental son macroeconómicamente más profundas. Tras la involución del cuadro interpretativo de nuestro tiempo se encuentra la completa transformación del suelo distribucional y productivo de nuestras sociedades. La llegada de la híper-productividad robotizada industrial y la consiguiente terciarización precaria de la masa laboral modal. En esencia, la desarticulación natural-acumulativa de la arquitectura Fordista por la cual el ecosistema económico contribuía activamente al sostenimiento de la cohesión social –y territorial- del país.

Oculta tras la propaganda sistémica y el pánico financiero posterior al colapso de la operativa interbancaria, la dinámica orgánica anti-modal capitalista se mantuvo totalmente invisible tanto para el debate político como para el análisis académico. Sin pautas causales estructurales con las que interpretar esta deriva, el elemento internacional dominó la narrativa insurgente y pronto cuestión migratoria y la deslocalización coparon la marea dialéctica. De esta manera, obviando las dinámicas anti-modales del capital doméstico, la lógica nacionalista socio-económica se impuso volcando el peso causal del dolor socio-económico en la esfera de la globalización.

De la mano de la revuelta electoral en los Estados Unidos, la noción de que la crisis Fordista se deriva de la transnacionalización de la producción –y no el decreciente peso utilitario del factor trabajo en la reproducción del capital- desconcertó profundamente a los economistas de nuestro tiempo. Inicialmente, la lógica bélica comercial de la Casa Blanca se presentó como un grave atentado contra el ideal hegemónico que ha gobernado la ontología social occidental durante el último medio siglo. Por medio del asalto tarifario, el gobierno norteamericano adoptaba un giro intervencionista cuya intuitividad escondía una disruptiva lógica macroeconómica potencialmente catastrófica. El despertar de un argumentario proteccionista al que, si bien su utilidad distribucional nacional se discutía con cada vez mayor intensidad, la dinámica productiva transnacional moderna sabotearía cualquier aspiración agregada.

Obviando el debate sobre la capacidad funcional de los Estados Unidos de regular una distribucionalidad macroeconómica ahora transnacional, el debate sobre la suma positiva del laissez faire comercial global gravitó gradualmente hacia posturas cada vez más contrarias al paradigma neoliberal. Frente al fuerte rechazo que en un principio provocó la nueva aproximación ontológica norteamericana, cada vez más figuras del ámbito económico comenzaron a validar tácitamente el ideal de una fortaleza macroeconómica nacional como mecanismo estabilizador del desplome distribucional. Una normalización del discurso proteccionista que posteriormente legitimó el contenido y el alcance de la reorientación macroeconómica de la Casa Blanca.

Ocurriese como consecuencia –interesada- del nuevo equilibrio político o como respuesta a un cuestionamiento honesto de la arquitectura causal de la globalización neoliberal, la crítica a la exportación de empleo industrial no terciario y el sesgo pro-capital de los flujos económicos globales ganó un creciente atractivo mediático y académico. Capitaneada por la crítica de Rodrik a los grandes dogmas de la vertiente distribucional del paradigma del libre mercado a escala internacional, este movimiento narrativo ofreció una vía de gobernanza económica políticamente alternativa y causalmente más compleja. En esencia, bajo esta nueva máxima, el potencial agregado de la dimensión global y mercantil de la productividad -aquello que anteriormente había gozado de prioridad política absoluta- quedaría ahora modulado por la problemática y los intereses distribucionales de ámbito doméstico. Por la cuestión modal interna Wesphaliana, una globalización con condiciones. El gobierno del neorrealismo económico que salvaguarde tanto la masa crítica económica patria como también la sostenibilidad electoral del sistema político occidental.

Si bien esta reinvención moderna de la relación entre la globalización y la estructura del Estado Nación parece responder a una problemática compleja, la preferencia política y macroeconómica por esta corriente de pensamiento se debe a una única variable productiva: al volumen manufacturero industrial. En este sentido, la visión proteccionista Rodrik-iana frente a la realidad globalizada tiene importantes paralelismos con el gran problema que experimenta el mundo no desarrollado y, en gran medida, responde a la misma cuestión. Así, mientras que los países en desarrollo sufren modalmente su incapacidad para absorber peso manufacturero global bajo el plateau tecnológico-gerencial actual –y desarrollan en consecuencia un sector servicios a un nivel de renta per cápita comparativamente muy bajo-, Occidente sufre los efectos modales de la industria moderna; la robotización y el arbitraje laboral de la deslocalización.

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La importancia del plano manufacturero tiene su razón política y distribucional de ser en el hecho de que, por su naturaleza altamente productiva y laboralmente estable, este sector constituye la fuente primordial del desarrollo y el sostenimiento de la renta modal. A pesar de la tendencia –tecnológica- reciente, históricamente, la industria distribuye la renta dentro de los circuitos de la distribucionalidad capitalista de una sociedad de una manera más homogénea y democrática. Consecuentemente, para las economías en desarrollo, no llegar a adquirir masa crítica industrial es modalmente problemático. En palabras de Rodrik, existe un “imperativo manufacturero” que separa el éxito social Chino de la modalmente terrorífica economía terciaria y dual India: la industria equivale al motor de productividad y homogeneidad distribucional que, mediante su potencial –en términos de renta per cápita- y mediante la estabilidad política que esta genera, el desarrollo puede gobernarse sosteniblemente. Una vinculación causal que, gracias a la cuestión robótica -y marginalmente al impulso deslocalizador -, ahora es también aplicable a las economías desarrolladas y a sus ecosistemas políticos.

Para las economías avanzadas, la creciente regresividad de la base manufacturera nacional constituye un vector de riesgo político que compromete la estabilidad sistémica y la agencialidad geopolítica de la polity. La expulsión del factor trabajo de los procesos industriales amenaza con crear sistemas económicos duales en los que, como hemos visto, la cohesión político-social se derrumba. En los que el clima político resultante desata el caos y anula la persecución de ningún interés a través de la arquitectura institucional existente, incluido el de la élite dominante. Por todo ello, el “imperativo manufacturero” de Rodrik constituye también un marco conceptual perfectamente aplicable a los contextos socio-políticos y de desarrollo occidentales. Gracias a la productividad anti-laboral industrial, este es hoy un concepto macroeconómicamente universal.

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Consecuentemente, por pura supervivencia sistémica, la lógica que da vida al “imperativo manufacturero” tiene cada vez más incentivos para gobernar la política macroeconómica tanto de países en desarrollo como de países desarrollados. Esta es, de hecho, una de las bases causales de la actual guerra comercial. Bajo este paradigma, por las razones expuestas, el objetivo geopolítico es claro: el “imperativo manufacturero” requiere que un país utilice toda su capacidad para imponer acuerdos distribucionales con el fin de asegurar la masa crítica manufacturera doméstica máxima. Si hace falta, echando por tierra las máximas teóricas del neoliberalismo –como ha ocurrido en los Estados Unidos-. El fin último de esta aproximación no es alcanzar la virtud agregada global tanto en volumen de producción como en términos de productividad. El fin es garantizar un sistema macroeconómico nacional en el cual estas variables sean optimizadas bajo un equilibrio político sostenible –sin el cual todo lo demás resultaría comprometido-. Si la tecnología reduce el potencial modal virtuoso de la manufactura entonces el Estado debe hacer todo lo que esté en su mano para albergar el mayor volumen de actividad manufacturera posible. Debe cumplir con el “imperativo manufacturero” para contener la sangría distribucional de una emergente economía dual y garantizar que su orden político interno siga funcionando.

Recientemente, esta idea ha llegado a presentarse como un mecanismo progresista capaz de atender las inquietudes distribucionales y políticas de la menguante clase media occidental. La “sensibilidad” que le hacía falta a un sistema completamente secuestrado por la fría mecanicidad de la teoría neoliberal. Sin embargo, la realidad causal tras el “imperativo manufacturero” solo expone hasta qué punto los economistas de nuestro tiempo han perdido cualquier contacto con la lógica económica -y la justicia humanista-. En esencia, el “imperativo manufacturero” constituye la imposición de una realidad global depredadora bajo la cual no existen derivadas económico-sociales de suma positiva sostenibles. Si ello no fuera poco, esta aproximación a la gestión de la manufactura globalizada tiene lugar dentro de una carrera contra el tiempo en la que, en último término, nadie puede ver satisfechas sus aspiraciones. El fin del Fordismo ha sido y será una cuestión eminentemente tecnológica, no espacial.

En primer lugar, la batalla por albergar domésticamente el máximo volumen manufacturero posible equivale a torpedear críticamente la productividad económica potencial de la actual base manufacturera humana. Más allá del incentivo político a la subvención ilógica de procesos productivos ineficientes, si el motivo proteccionista se impone, la escala económica de las estructuras productivas volverá a su cuna nacional y ello saboteará la máxima eficiencia alcanzable dado nuestro horizonte técnico contemporáneo. En un contexto de suma-cero productivo, el capital nacional verá limitada su capacidad para arbitrar por medio del empleo y de la renta, pero el coste en términos de capacidad productiva será intenso y secular. La represión activa de la capacidad de generar riqueza nunca, bajo ningún esquema teórico, puede ser progresista.

En segundo lugar, esta confrontación necesariamente generará lógicas públicas draconianas bajo las cuales pocos actores –o nadie- puede proclamarse ganador. Con la capacidad de un Estado Nación de regular los flujos de capital internacionales altamente limitada, la batalla por la distribucionalidad manufacturera engendrará un race to the bottom industrial mediante el cual se competirá en términos de la subvención del empleo. La competición entre las geografías desarrolladas y los territorios económicos en desarrollo se intensificará –afectando desproporcionalmente a estos últimos- y, para la gran mayoría, la amenaza distribucional y el problema político persistirá. En este sentido, la receta del “imperativo manufacturero” ni puede funcionar para todos ni puede atajar el arbitraje anti-modal –salvo suicida opción autárquica- que inicialmente denuncia.

Por último y más importante, este proteccionismo “progresista” –nacionalista- únicamente prorroga –para algunos y mediante tácticas macroeconómicas depredadoras- los efectos de un desarrollo técnico-macroeconómico que su esquema funcional no está en condiciones de abordar. Y esto es altamente peligroso. A medida que la variable tecnológica desintegre los fundamentos distribucionales del Fordismo, el volumen manufacturero necesario para cumplir con el efecto distribucional del “imperativo manufacturero” crecerá y ello, a su vez, tensionará los escenarios estudiados en los dos puntos anteriores. La decreciente masa manufacturera global modalmente virtuosa hará que la competición Wesphaliana se vuelva cada vez más volátil, autárquica y/o sumisa para con el capital internacional. Una espiral de resultados poco progresistas que nunca solventará la causa real del nacimiento de sociedades distribucionalmente duales.

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The Manufacturing Conundrum, World Bank

En último término, el “imperativo manufacturero” es el resultado lógico de la interpretación macroeconómica moderna si los circuitos distribucionales del capitalismo se entienden como realidades naturales inamovibles. Primordialmente, esta idea surge como resultado del límite interpretativo capitalista por el cual la renta solo puede devenir del trabajo reproductivamente útil: el rédito derivado del servicio al interés de clase. Frente a esta máxima, en lugar de socializar planetariamente la función manufacturera distribuyendo sus frutos a lo largo y ancho del globo –la única opción climáticamente sostenible-, la corriente proteccionista-“progresista” aboga por amordazar el interés de clase a la realidad económica nacional. Frente a organizar la producción manufacturera a una escala global maximizando su eficiencia fuera de los condicionantes Wesphalianos, esta postura defiende promover la confrontación suicida con el fin de exprimir los últimos reductos productivos Fordistas. Pretende obviar que la dinámica tecnológica pronto cancelará todo rédito obtenible por esta vía y sacrifica el crecimiento de la productividad, el desarrollo modal trasnacional compartido y la solidaridad planetaria ante el altar de los paradigmas políticamente incuestionables.

En esencia, las derivadas políticas del “imperativo manufacturero” no constituyen elementos heterodoxos progresistas, estas son incuestionablemente nociones causalmente erróneas, cortoplacistas, socialmente reaccionarias y económicamente estúpidas. Un episodio más de la larga ristra de desarrollos socio-económicos actuales bajo los cuales los intentos de blindar la lógica distribucional establecida reprimen la lógica productiva más elemental. Bajo los cuales, ante un dilema técnicamente sencillo, los economistas optan por el empobrecimiento y el fratricidio artificial por encima tanto de la justicia como de las bases materiales de la prosperidad.

 

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