Movilizando el Reich: ¿Por qué necesita el Capitalismo de una Economía Zombie?

Junto con la fenomenología de la deuda y los desafíos espaciales al crecimiento, la geografía del capital zombie es una de las  cuestiones macroeconómicas más relevantes de nuestro tiempo. El capital zombie hace referencia a aquellas unidades productivas de baja competitividad que dependen de unos bajos tipos de interés -costes de capital- para hacer frente a sus obligaciones financieras y poder seguir operando en el mercado. A la cada vez más poblada dimensión empresarial cuya geografía acumulativa sobrevive a base de una política continua de reestructuración de una masa de pasivo cada vez más profunda y estructural.

La economía zombie resulta crítica para entender el cuadro macroeconómico de la economía global contemporánea, especialmente en lo concerniente a la realidad acumulativa de los países desarrollados. La acumulación de deuda privada a lo largo y ancho de la realidad productiva es una de las señas de identidad de todo informe que analice la trayectoria de la composición macroeconómica de la OCDE y los países emergentes posterior al año 2008. La deuda global de las empresas no financieras se ha multiplicado por tres desde el crash y hoy se sitúa en su cifra más alta de la historia, unos 12 trillones de dólares. Los bajos tipos de interés derivados de la respuesta monetaria al desmoronamiento del dinamismo económico han creado un escenario crediticio marcado por el exceso y la toma de riesgos. En el caso norteamericano, el 22% de su mercado de bonos corporativos lo constituyen bonos basura y un 40% adicional tienen una valoración BBB, el grado especulativo inmediatamente superior a este. Un escenario que se repite dentro de las estructuras macroeconómicas de China, Canadá, Australia, Brasil y la India. Con un horizonte de maduración de casi 2 trillones de dólares en los próximos cinco años y la perspectiva de un endurecimiento general de las condiciones de crédito, no es de extrañar que la deuda corporativa constituya hoy el vector de inestabilidad más señalado como potencial detonador de la próxima crisis financiera.

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En relación con la profusión general de la deuda corporativa, otra de las variables más características de nuestro contexto económico es el gradual deterioro de los indicadores del crecimiento de la productividad. Si el capital menos competitivo –y más trabajo intensivo- es deliberadamente rescatado por medio de un ecosistema financiero híper-flexible, entonces el agregado productivo resultante reflejará modos de producir comparativamente menos eficientes a los de un escenario financiero alternativo. Sin una devaluación masiva, el capital y la fuerza de trabajo terminan distribuyéndose de manera sub-óptima lastrando tanto la productividad, como también la rentabilidad general del sistema. Las empresas menos productivas evitan quebrar y esto niega a las más productivas el acceso al espacio productivo y de mercado que les permitiría sostener un ratio de acumulación sostenido. La inversión empresarial se contrae y, a la larga, la sustitución de mano de obra por fuerza mecanizada se ralentiza. El capital zombie es pues un impedimento de primer orden a la trayectoria sistémica por la cual la centralización del circuito del capital tiende a cristalizar en estructuras productivas de un grado escalar y tecnológico que permitan desplegar un rendimiento acumulativo constante en un espacio de mercado limitado.

En consecuencia, no es de extrañar entonces que la realidad económica zombie tenga una especial presencia y repercusión en aquellas latitudes en las que existen economías políticas nacionales marcadas por una permanente posición competitiva precaria. En el caso de la periferia europea, la disociación entre la productividad y la asignación inversora del capital es uno de los elementos definitorios del diferencial económico agregado con respecto al polo híper-productivo del norte. En ese sentido, la OCDE estimó en el año 2013 que el 28% del capital griego, el 19% del capital italiano y el 16% del capital español estaban invertidos en empresas de estas características. Una realidad productiva que tiene una crítica inter-relación con el grado de fortaleza de sus sistemas bancarios nacionales y que, a consecuencia del marco de Maastricht, su naturaleza puede hacer descarrilar nada menos que a su sostenibilidad público-financiera internacional.

Si el capital zombie es un caveat determinante al crecimiento sostenido de la productividad, una fuente de inestabilidad financiera de primer orden y una ficción productiva que consume una ingente cantidad de recursos y talento, ¿qué provoca que, contra toda lógica económica, los arquitectos del sistema toleren e incluso fomenten su existencia? ¿Cuál es la razón de ser de una economía crecientemente estancada e ineficiente?

Podemos responder a esta pregunta retrotrayéndonos a un escenario ajeno a la realidad del mercado en el que esta misma tensión tuvo lugar bajo un marco mucho más explícito y a una escala mucho mayor. Donde del crecimiento de la productividad y la óptima la gestión de los recursos materiales y humanos no dependía el rendimiento acumulativo general de una geografía económica, sino la supervivencia política de la mayor potencia continental desde los tiempos del primer Imperio Francés. La movilización bélica alemana en la Segunda Guerra Mundial es el ejemplo perfecto para comprender hasta qué punto el sostenimiento de un modo de producción puede imponer costes ilógicos e insoportables a un determinado escenario político-social y económico. La dimensión zombie resultará pues no ser un concepto nuevo, sino la definición adaptada a un marco de mercado de un fenómeno común a todo orden político institucionalizado que, en su relación con la productividad, acabe sintiéndose amenazado por las dinámicas de la centralización escalar. Un fenómeno del que el Tercer Reich tampoco pudo escapar.

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Podemos decir que la trayectoria de la movilización bélica alemana (1935-1945) fue consecuencia directa de la colusión de dos elementos, uno doctrinal y otro político. Doctrinalmente, el Reich se propuso romper con el paradigma de la Gran Guerra y explotar el dinamismo operacional que le ofrecían las tecnologías de la época. Alemania utilizaría el tradicional genio táctico de sus oficiales para resolver el conflicto antes de que su desventaja estratégica patente desde la Gran Guerra la volviera a sentenciar. En consecuencia, el Reich descartó la movilización primaria -aquella destinada a atajar sus necesidades calóricas en preparación para una guerra larga, el Tiefenrüstung– en favor del despliegue inmediato de nuevas unidades de combate en sus fuerzas armadas –el Breitenrüstung-. Los generales tendrían, finalmente, todos los aviones, carros de combate, piezas de artillería y municiones que durante tanto tiempo habían -sin éxito- exigido a la jerarquía civil del país. Hitler y su causa habrían comprado -literalmente- la lealtad del OKH y la doctrina de una campaña rápida y decisiva tendría luz verde para empezar a trazar sus vectores de ataque.

La comprar por parte del Führer de la lealtad de gran parte de los militares por medio del rearme operacional -que no estratégico- directo, no fue la única compra que definió la manera en la que el Reich haría la guerra. El partido Nazi se debía financiera y políticamente a los padrinos industriales que lo rescataron y le permitieron acceder al gobierno del país. La relación simbiótica entre la nueva cancillería y los industrialistas definiría la economía política del Reich, su política imperial y condicionaría hasta qué punto Berlín podría calibrar la adaptación una vez resultó evidente que la guerra terminaría convirtiéndose en una gran contienda de naturaleza estratégica.

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Adam Tooze, The Wages of Destruction: The Making and Breaking of the Nazi Economy (2006).

Inicialmente, los éxitos en Polonia, Escandinavia y Francia entronarían a Hitler como uno de los líderes políticos con más suerte / más hábil de su tiempo. Alemania conquistaría gran parte de Europa sin exponer a su estructura productiva o a su población a las inclemencias de una guerra moderna. La lógica social civil se mantendría en sus centros urbanos y la propaganda no tardaría en explotar las virtudes del expansionismo alemán bajo su nueva dirección. La cancillería se regodearía de haber acallado a sus reticentes generales, de haber cumplido con sus promesas de una guerra sin costes para con el pueblo alemán y de haber conseguido todo ello sin alterar el férreo control de los industrialistas sobre la realidad política del país.

Por aquel entonces, tanto el Abwehr como el servicio de inteligencia británico y norteamericano mascaban sus distintas hipótesis sobre el número de meses que el sistema soviético sobreviviría a la Wehrmacht antes de colapsar. Treinta años antes París nunca llego a ser tomada, y el frente oriental colapso ante una fracción del ejército imperial. Toda la inteligencia militar parecía estar de acuerdo en que Hitler había dado con la fórmula para la campaña perfecta. Sin embargo, contra todo pronóstico, la Unión Soviética resistió. La pesadilla de una guerra larga se volvió real y el equilibrio político que Hitler había tejido cuidadosamente durante la última década comenzó a resquebrajarse.

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A medida que la guerra se hacía cada vez más intensa e industrial, la unidad de análisis económico del OKW vería aterrorizada como las propuestas que dicho organismo había planteado años antes no solo funcionaban a la perfección, sino que ahora se estaban utilizando contra la misma Alemania. Un mes después del inicio de la invasión de Polonia, la Wehrmacht propuso la creación de un comité central de planificación económica que garantizara un flujo de equipo y materiales óptimo desde la realidad industrial hasta la línea del frente. El ejército quiso que los mandos militares tomaran el control de la industria y tuvieran el poder de dar forma a los tractos productivos en aras de maximizar el ahorro de materias primas críticas, estandarizar componentes y aprovechar economías de escala siempre que fuera posible. El OKW tendría la potestad de cerrar negocios y de dictar el grado de concentración de todas las industrias. Si el país entraba en una guerra total y de desgaste, al menos lo haría en condiciones de presentar batalla.

La creación de un comité central de planificación económica a las órdenes de los mandos militares se encontró con el rechazo frontal de toda la élite política alemana. Los industrialistas no tenían ningún interés en ceder el inmenso poder político derivado del control de la función de producción para construir una maquinaria de guerra más eficiente. Opinión que no tardarían en hacer llegar al partido. El partido por su parte se enfrentaba a un dilema doble. Además de arriesgar una confrontación directa con sus padrinos financieros y políticos, la propuesta de la Wehrmacht ponía en peligro la sostenibilidad del apoyo popular al gobierno en plena guerra. Los planes que el directorio de guerra económica del OKW tenía en mente podían llegar a desindustrializar zonas enteras del país en su esfuerzo por relocalizar los activos productivos en esquemas concentrados marcados por un alto grado de mecanización. El resultado sería un desempleo estructural en alza y la necesidad de gestionar grandes movimientos poblacionales. Difícilmente la mejor campaña de relaciones públicas en un contexto en el que el nivel de exigencia para con la guerra solo podía crecer. No conviene olvidar aquí que, para la mentalidad alemana de la época, la moral popular era un factor considerado crítico. Bajo el prisma que llevó al nazismo al gobierno, el ejército imperial no perdió la guerra en 1918, lo hizo su –traidora- población. En consecuencia, en combinación con la resistencia de sus padrinos capitalistas, el plan de reorganización económica de la Wehrmacht no tardó en ser desestimado en toda su extensión.

No tan sorprendentemente, el directorio de guerra económica del OKW fue la única división del ejército que en 1941-2 defendió la tesis de que la capacidad bélica de la Unión Soviética sería alta. Una postura que enfureció a Hitler y que marginó más si cabe al cliqué militar en defensa de la movilización profunda y centralizada. A consecuencia de la dinámica política doméstica del Reich, el país no entró en el terreno material de una economía de guerra hasta el año 1942, tres años después del inicio de la contienda. La revolución organizacional de Speer optimizaría muchas áreas del tracto productivo de la maquinaria de guerra alemana, pero carecería del espacio temporal suficiente como para conseguir una transformación de calado. Llegados a este punto, la dispersión productiva germana era vista más como una eficiente virtud anti-aérea que como un defecto organizacional de naturaleza estratégica. El Eje hacía mucho que había perdido la guerra.

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La tardía y rocambolesca movilización alemana en la Segunda Guerra Mundial nos ofrece una perspectiva única sobre la estrecha vinculación entre la realidad material y el andamiaje político de los distintos modos de producción. Ningún sistema económico nace con el fin maximizar la productividad o alcanzar el plateau de riqueza más alto posible dado un grado de desarrollo técnico. Los resultados económicos son siempre el resultado material de una relación política que ejerce una presión cuasi-irresistible sobre su lógica y sobre el espectro escalar en los que estos se reproducen.

En el caso de la Alemania Nazi, el halo de poder absoluto que proyectaba la figura del Führer no tardó en desvanecerse al enfrentarse este a la posibilidad de implementar un escenario productivo-escalar más eficiente, incluso bajo la presión de una guerra. La revocación de la relación de producción capitalista en aras de desplegar una maquinaria bélica mejor gestionada implicaba que la cúpula visible del Reich entraría en un conflicto frontal con el statu quo político del momento. En ese sentido, más allá de la cuestión de la titularidad de los bienes productivos, Berlín se enfrentaba a un dilema complejo. Podía no hacer nada y soportar una productividad sub-óptima. Podía intervenir y ser castigado políticamente por el desempleo y/o el traslado forzoso de la fuerza de trabajo o podía evitar ambos inconvenientes instituyendo un esquema distribucional ajeno al mercado y al dominio distribucional capitalista. El Reich, confiando en ganar la guerra, consideró finalmente que la ruptura con el orden distribucional imperante era el mal mayor.

Aunque resulte difícil de creer, nuestra realidad actual no se diferencia tanto del dilema alemán de 1939. La ralentización del crecimiento de la productividad en nuestras economías no implica que vayamos a enfrentarnos a una derrota militar, pero significa que estaremos condenados a una menor riqueza agregada potencial. Ante esta posibilidad, los arquitectos de nuestro marco socio-económico se enfrentan a la misma decisión que tuvo que tomar Berlín al inicio de la contienda. Estos pueden reprimir financieramente al capital más débil con el fin de quebrarlo y fomentar un dinamismo acumulativo de alto rendimiento, pero ello los enfrentará a un coste político capaz de hacer saltar por los aires al orden establecido. Un territorio lo suficientemente incontrolable como para que nadie en las altas esferas quiera arriesgar intercambiar fortaleza sistémica por décimas de productividad.

De la naturaleza de este coste se deriva precisamente nuestra convulsa geografía política actual. En la búsqueda de la productividad rentable, las dinámicas de la acumulación tienden a favorecer la centralización de los vectores acumulativos tanto en el plano de la realización como en el de la producción. Un fenómeno que provoca polarización laboral, la concentración geográfica de los polos de dinamismo económico y la marginación distribucional de todo aquello que quede fuera de un flujo acumulativo cada vez más concentrado. Esta geografía social no la componen “los perdedores de la globalización”, sino los excluidos de un circuito de la producción en el que el trabajo social necesario para su funcionamiento nunca podrá aspirar a explotarnos -humanamente- a todos. Si a esto le unimos que la relación de producción capitalista requiere que la única fuente de acceso a la riqueza sea la sumisión al trabajo asalariado, el infierno distribucional no tarda en desembarcar en estratos cada vez más amplios de la población. Exactamente el mismo temor que impedía a Berlín proceder a la restructuración productiva del país.

Frente al lastre zombie de la productividad, tanto la OCDE como el FMI recomiendan encarecidamente la represión financiera de la dimensión poco competitiva de nuestra economía. Invertir en esquemas de formación laboral y diseñar facilidades que dinamicen la movilidad laboral territorial para amortiguar sus riesgos. El problema, afirman, es una simple cuestión de skills-gap acompañada de una baja flexibilidad vital. Este diagnóstico no solo pretende enmascarar una realidad económica crecientemente hostil al trabajo, pretende también responsabilizar a la víctima de resultados distribucionales sobre los cuales esta no dispone de ningún control. Una narrativa que funcionó relativamente bien hasta que la revuelta de los deplorables puso al fin un coste político a la mentira. Afortunadamente para el sistema, la ira política de estos se ha concentrado -erróneamente- en la figura del inmigrante y en el comercio internacional. Jugársela de nuevo podría ser fatal.

La razón de ser del presente inmovilismo sistémico es muy sencilla. A medida que avanzamos en la escalera de la productividad, la problemática política de este fenómeno se acrecienta. La centralización de los vectores acumulativos y del crecimiento del empleo en estructuras productivas y geográficas cada vez más concentradas implica que el servicio político a la productividad produce como resultado un número de víctimas cada vez mayor. Imponer hoy un alineamiento perfecto entre la geografía acumulativa y la dimensión social implicaría gestionar desplazamientos poblacionales y distributivos políticamente inasumibles. Una situación que no se daba en el pasado productivamente homogeneo, especialmente en el pasado pre-digital. El despertar político de la geografía espacial, social y políticamente olvidada de occidente en 2016 es precisamente la consecuencia directa de la intensificación de este problema.

El resultado final de la naturaleza incremental de los costes de una intervención es nuestro equilibrio socio-económico actual. Un mundo económico en el que conviven una dimensionalidad zombie consolidada, una masa de deuda en rápida expansión y un estancamiento económico permanente. La fórmula política del mal menor. En el que la expansión monetaria masiva destinada a proveer de un colchón acumulativo a la realidad productiva poco competitiva lastra el desarrollo económico orgánico al tiempo que sienta las bases de un nuevo e inevitable crash financiero. En el que todos estos elementos no constituyen un fallo de mercado retroalimentado, sino un normal sistémico calculado. Un normal que, a pesar de presentar riesgos sistémicos importantes, vale la pena –política- preservar.

La alternativa, como en el caso del Reich, simplemente resulta sistémicamente inaceptable. Si los arquitectos de nuestra realidad socio-económica quisieran eliminar del cómputo agregado de la productividad a la redundante geografía zombie y evitar a la vez las repercusiones políticas de una devaluación de capital masiva, la respuesta implicaría, necesariamente, inventiva sistémica extra-mercado. Un esquema ajeno a la estructura de la relación de producción capitalista. La solución pasaría por liberar a la clase trabajadora de su obligación para con el trabajo y crear una legitimidad para con los resultado económicos ajena al vínculo salarial. Crear un esquema que rompa por completo con la cosmología que rige nuestra vida socio-económica y con el monopolio del capital sobre nuestra realidad distribucional. Un parcial cambio de régimen que dejaría entrever la absurda adoración civilizacional al ideal meritocrático capitalista, al trabajo y a la relación de producción que rige nuestra dinámica material.

El orden político bajo el cual desarrollamos nuestra vida impone pues una condicionalidad doble sobre nuestra capacidad de alcanzar un plateau de prosperidad más alto. Por una necesidad reproductiva obvia, este instituye un límite escalar al grado de centralización de la producción y a la explotación de procesos. Con el fin de no crear las condiciones políticas que acortarían de manera decisiva su supervivencia como cosmología ordenadora de la realidad distribucional, el sistema manufactura también una economía absurda, innecesaria e ineficiente. Una realidad productiva sostenida por una montaña de deuda que nos condena a shocks financieros de una gravedad cada vez mayor. Culpable de un desfase termodinámico mortal y responsable de una realidad distribucional obscena. La hegemonía política del polo capitalista despliega así todas las contramedidas sistémicas a su alcance para garantizar la supervivencia de su reinado. Sea al coste que sea.

La economía zombie, al igual que la trayectoria de la movilización militar alemana posterior a 1939, representa pues el triunfo de la causalidad política sobre toda conceptualización teórica alternativa. El recordatorio permanente de que los resultados económicos son las derivadas materiales de una dinámica de poder. Una variable explicativa capaz de dar respuesta a fenomenología material que resultaría inexplicable desde cualquier otro punto de vista. Que nos dibuja una realidad en la que el destino productivo y distribucional lógico de nuestra especie ha sido secuestrado. Donde hoy, más que nunca, el coste social y material de no recuperarlo no puede más que crecer.

 

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3 comentarios sobre “Movilizando el Reich: ¿Por qué necesita el Capitalismo de una Economía Zombie?

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