The Working Dead: Productividad, Legitimidad y el Sistema de Pensiones

Dentro de la infinidad de planos funcional-lógicos que componen la forma distribucional y operativa de la estructura macroeconómica actual, el sistema de pensiones es, probablemente, el campo más cómicamente hipernormal que existe. En la realidad pensionista confluyen la máxima de la legitimidad distribucional capitalista, la lógica evolución tecnológico-retributiva del trabajo y la biología poblacional humana en un inestable coctel operativo que, por otra parte, se asume natural y definitivo. El orden distribucional post-laboral representa hoy un caótico arreglo social y financiero cuya mecánica interna esconde una imposibilidad macroeconómica destinada a implosionar. Un sistema cuya volatilidad para con sus sujetos pasivos y para con la estabilidad contable del Estado y del sistema financiero amenaza con abolir definitivamente las costuras de la arquitectura social Fordista. Por todo ello, resulta altamente probable que el sistema de pensiones constituya el espacio económico en el que, por primera vez, las ideas que gobiernan la legitimidad material del ciudadano den su brazo a torcer. Una ruptura interpretativa cuyo nuevo rumbo marcará las pautas generales de la economía política del futuro.

El hecho de que nuestra sociedad haya asumido como natural el esquema socio-económico por el cual el post-trabajo se nutre distribucionalmente de la renta salarial presente es uno de los hitos más memorables de la ingeniería interpretativa sistémica. Bajo los condicionantes operativos actuales, el modelo de reparto representa una gigantesca construcción piramidal destinada a estallar en un mundo macroeconómico privado de contingencias financieras. Un hecho contable que, obviamente, el flanco neoliberal-propagandista no ha tardado en explotar. La fuente de esta tension no parte de una regla natural-poblacional infranqueable, parte fundamentalmente de una mentalidad política incapaz de abordar la insostenibilidad post-laboral dentro de una reproducción capitalista madura. Una visión ideológico-interpretativa que teme cuestionar el pilar fundamental sobre el cual se articula el orden social y el pulso acumulativo de nuestro modo de producción. Que está felizmente dispuesta a alcanzar el punto de ruptura financiero y social con tal de no desbordar el horizonte causal acotado por el statu quo. En definitiva, la crisis de las pensiones se deriva, directa y principalmente, de la imposibilidad política de acceder a un plano de debate que hoy se encuentra totalmente prohibido.

A pesar de su centralidad interpretativa actual, la gradual e inexorable transformación de la pirámide poblacional es probablemente el factor más irrelevante a la hora de abordar la economía política de la distribucionalidad post-laboral. El hecho de que el crecimiento de la población humana decrezca, de que la media social envejezca y de que, consecuentemente, el volumen laboral activo se contraiga solo puede afectar al rédito post-laboral total en un escenario bajo el cual la productividad se mantiene constante. En otras palabras, si la mejora de la capacidad de manufacturar riqueza por unidad de trabajo de una sociedad no se interrumpe, una masa laboral estable o decreciente no está necesariamente vinculada a un pastel económico agregado decreciente. Se aplique a la vida activa o a la etapa post-laboral, la distribucionalidad potencial a la que una persona puede tener acceso aquí puede perfectamente regirse por un volumen de prosperidad en expansión. En consecuencia, si el volumen potencial de riqueza material por persona aumenta aún y cuando la masa de trabajo empleada decrece, carece de sentido agregado hablar de una limitación pensionista basada en los recursos disponibles.

Con ello en cuenta, resulta causalmente cómico argumentar que la piramide poblacional represente, hoy en día, una barrera infranqueable para la abundancia post-laboral. Para defender la idea de que la realidad pensionista debe acomodarse -a la baja- a un escenario biológico desfavorable habría que afirmar que, dado nuestro horizonte tecnológico actual, la capacidad para manufacturar riqueza de nuestra plataforma productiva no puede expandirse más. Sin embargo, desde toda perspectiva técnica o escalar, esta idea resulta macroeconómicamente absurda ante cualquier escenario plausible. De hecho, incluso si este hipotético estancamiento llegara a devenir una realidad hoy, esta situación no respondería a un límite fisico-productivo real, sino a los límites lógicos que gobiernan la acumulación capitalista.

En este sentido, conveniente recordar que actualmente el progreso técnico se encuentra funcionalmente vinculado a la ley del valor. Encadenado a su capacidad para producir rentabilidad contable para existir. Bajo el sistema de mercado y en un contexto acumulativo depresivo como el actual, el progreso técnico no solo se encuentra amordazado financiera y comercialmente, resulta también imposible de implementar de una manera espacial y temporalmente absoluta –propiedad intelectual, competencia empresarial-. Todo esto responde a que el capitalismo constituye un sistema extractivo dentro del cual el cual el desarrollo técnico nunca puede constituir un fin económico por encima del interés reproductivo de quien gobierna el orden social. Debido a ello, la reproductibilidad del capital y el paradigma competitivo-agencial capitalista garantizan que, bajo el plano escalar actual, el desarrollo tecnológico sea manifiestamente sub-óptimo. Un hecho que convive, además, con una ineficiente movilización laboral e intelectual de la población. La base socio-política de un grado de producción muy inferior al máximo potencial de nuestra especie.

En consecuencia, incluso si el crecimiento de la productividad fuera hoy plano, nada justificaría un recorte del rédito post-laboral ante una población activa estable o decreciente. Ante este supuesto, la anulación de la estructura lógica de nuestro modo de producción sería la respuesta. La implementación de una lógica productiva destinada a maximizar el output material físicamente (ecológicamente) posible en base a un objetivo de producción modulado por una deseada densidad material vital por persona. Así, el argumento de la pirámide poblacional representa una conveniente excusa destinada a ocultar las variables reales –materiales- tras el “problema” de las pensiones. Una idea que pretende convertir en financiero –monetario- algo que nunca debió desprenderse de su base real en el campo de la productividad.

La argumentación biológica por el cual se pretende otorgar a la pauperización de la distribucionalidad post-laboral un barnizado de inevitabilidad causal no solo es ontológicamente falsa, también esconde una defensa implícita de la servidumbre acumulativa. Una visión de la economía política de la esfera pensionista en la que se defiende la completa sumisión de la realidad distribucional a las dinámicas de producción del plusvalor. En este sentido, la inherente vinculación de la dinámica pensionista a la esfera salarial -en cualquiera de sus formas- representa la consolidación funcional-económica de un orden por el cual todo rédito distribucional –laboral o pensionista- tiene como fuente de legitimidad el acto de producir nuevo valor acumulable. De esta manera, sin nuevo plusvalor previo, no existe rentabilidad ni tampoco el volumen salarial que posteriormente nutrirá a la distribucionalidad post-laboral. En consecuencia, independientemente del grado de productividad de la plataforma manufacturera de bienes y servicios, podemos afirmar que, con ajenidad al potencial productivo existente, el acceso a la riqueza durante la etapa pre y post-laboral está íntegramente vinculado a la previa satisfacción del interés de clase en su dimensión (gerencial y) monetaria.

La razón detrás de esta configuración funcional-financiera es obvia, solo contribuyendo a la continua reproducción del capital puede el ciudadano aspirar a obtener tanto legitimidad laboral como también, posteriormente, post-laboral con respecto a las cosas. Solo mediante la generación de nuevo plusvalor en su forma monetaria puede el sistema retribuir materialmente la trayectoria vital de una persona. Esta vinculación significa que, al depender de las dinámicas y del potencial acumulativo presente, la esfera pensionista esta inevitablemente condenada a reproducir la misma fenomenología que acontece en el mercado laboral activo. Es decir, con independencia de nuestra capacidad real de manufacturar riqueza, la masa retributiva pensionista depende orgánicamente de nuestra capacidad –individual y colectiva- de reproducir el capital en el momento presente. Esto, actualmente, introduce una serie de problemas contables modales importantes: la causa del  “problema” de las pensiones.

La orografía macroeconómica moderna se caracteriza -entre otras cosas- por el estancamiento espacial general de la realización, la automatización y el creciente poder de monopsonio de las empresas. El resultado de estas tendencias es la tercerización del empleo, el creciente acaparamiento de la renta nacional –del rédito monetario de la productividad- por parte del capital  y la masiva polarización de la renta salarial entre un polo súper-trabajador y una masa modal subempleada cada vez más precaria. Consecuentemente, el volumen salarial agregado modal actual se muestra cada vez más incapaz de satisfacer las obligaciones financieras del sistema para con sus pensionistas. La economía, estancada y saturada, intenta sin éxito articular plusvalor al tiempo que fagocita la distribucionalidad fordista en aras de poder reproducirse. Por razones de mercado, la represión salarial y no el camino técnico-tecnológico es la fórmula acumulativa contemporánea. El sub-empleo y el desempleo crecen y el valor acumulativo del trabajo cede sin remedio ante la mecanización. En términos financieros, el factor trabajo está destinado a perder volumen retributivo en un contexto económico maduro. La base laboral-monetaria pensionista se contrae y la “insostenibilidad” financiera se materializa.

Este hecho, en la medida en la que convive con obligaciones pensionistas crecientes -por cuestiones poblacionales-, constituye la razón mecánica lógica para afirmar que la esfera pensionista debe acomodarse temporalmente (elevar la edad de jubilación) o volumétricamente (reduciendo el volumen de la prestación) a una nueva realidad. Sin embargo, ante este fenómeno, nadie parece apuntar a la contradicción de que, en el punto histórico en el que el nivel de riqueza generado es máximo, el trabajador modal no solo tiene que trabajar más, sino que se ve forzado a que hacerlo por un salario (una legitimidad material) menor. Lo cierto es que esta paradoja no solo no es ilógica, sino que acontece mecánicamente gracias a nuestra vinculación con la lógica sistémica del modo de producción capitalista. Con una estructura de propiedad que se reproduce en conjunción con el imperativo del plusvalor.

Afirmar que vivimos en el punto histórico en el que el ser humano es capaz de manufacturar el nivel de riqueza más alto que este ha conocido equivale a certificar que la intensidad mecánica y la escala de nuestra plataforma productiva son relativamente altas. Esta circunstancia, a su vez, significa que, en el campo de la utilidad –de las necesidades-, nuestra base manufacturera puede satisfacer gran parte de la demanda efectiva existente. Si bien, en principio, esto pudiera parecer un supuesto socio-económico positivo, este hecho, bajo el modo de producción capitalista, plantea un problema político-distribucional y reproductivo insalvable. Un efecto sistémico que afecta directamente tanto al sistema de reparto como también a toda propuesta de resolución fiscal del “problema” de las pensiones.

A un elevado nivel de industrialización, el sesgo pro-capital de la producción desplaza a la espacialidad salarial modal, lo que anula con el tiempo la mecánica financiera del sistema de reparto, con o sin envejecimiento poblacional. Paralelamente, la capacidad mecánica y gerencial de saturar el mercado induce el agotamiento del espacio comercial rentable, lo que impone un límite estricto a la generación de nuevo plusvalor. Un estancamiento retroalimentado mediante el sub-consumo emergente y sobre el cual la imposición de una mayor presión fiscal solo reprimiría el volumen de plusvalor acumulable –lo que anula esta opción como solución a la cuestión pensionista-. De esta manera, derivado de la alta productividad, el desplazamiento del trabajo y la depresión acumulativa hacen que la base causal –monetaria- del sistema de pensiones –la cual depende volumétricamente de la masa salarial sostenida sobre nuevo plusvalor- se vea negativamente afectada. Dentro de la estructura capitalista, a mayor capacidad productiva –riqueza- escoltada por una barrera propietaria, mayor letalidad distribucional. Dentro y fuera del ámbito de las pensiones.

Para solucionar esta extractiva paradoja resulta mecánicamente imperativo desbloquear el acceso social al rédito de la productividad. Romper funcionalmente con la idea de que el rédito distribucional debe 1) derivarse exclusivamente del acto de trabajar -un momento presente o diferido- y 2) eliminar la vinculación entre la producción del plusvalor y el volumen de reparto distribucional legítimo. Consecuentemente, para poder instaurar un sistema lógico en el que el rédito distribucional modal vital dependa exclusivamente de la productividad general, debemos abolir la estructura macroeconómica de dominación consolidada bajo la lógica operativa del capitalismo. Un esquema bajo el cual la llave de la abundancia depende funcional y volumétricamente de la capacidad de nuestra sociedad de satisfacer el interés material de la clase dominante a perpetuidad.

Más allá de la obvia justificación moral liberal en contra de la extractividad, resulta relativamente fácil argumentar en favor de la socialización de los réditos de la productividad desde un punto de vista de la singularidad humana. Ante todo, el ser humano es una especia cuya estrategia de supervivencia se basa en la integración y la dinámica social. La persona está estructuralmente vinculada a la interacción en vida para sobrevivir y toda sociedad humana nace y se desarrolla sobre el potencial intelectual y material-técnico de las generaciones humanas que le precedieron. En base a esto, la capacidad para “exportar” nuestro potencial transformador de lo natural más allá del pensamiento y el tiempo propio, la socialización de este, constituye nuestra verdadera ventaja comparativa. Un multiplicador cultural geométrico de la capacidad de supervivencia que opera trans-generacionalmente.

La acumulación socializada de nuestro potencial en el tiempo opera tanto en el plano de las ideas como en el campo del trabajo. En otras palabras, la creatividad técnica y la aplicación del trabajo en explotación de esta son la base funcional de nuestra capacidad incremental de transformar nuestro ecosistema en cosas útiles. En este sentido, el desarrollo incremental trans-generacional es una dinámica que imita la trayectoria mercantil-productiva de los distintos sectores de la economía. De esta manera, el sector manufacturero nunca pudo haber existido sin la solución productiva previa del problema económico de la agricultura. Sin la implementación general de una plataforma productiva bajo la cual el trabajo socialmente necesario para satisfacer nuestras necesidades calóricas se hubiera reducido drásticamente. El mismo fenómeno que tuvo lugar entre la manufactura fordista y el nacimiento de las economías digitales de servicios.

Consecuentemente, que disfrutemos de los niveles de prosperidad de los que disfrutamos hoy es consecuencia directa de que generaciones anteriores resolvieran técnicamente los problemas económicos de su momento histórico. De trabajos socialmente necesarios decrecientes como resultado de la aplicación colectiva del ingenio y del trabajo en un tiempo determinado. Un capital socializado que se encuentra, necesariamente, directa o indirectamente presente en los medios de producción con los que operamos productivamente en la actualidad.

Utilizando este marco interpretativo, podemos argumentar que la perspectiva liberal-marxista es manifiestamente limitada en cuanto a su análisis de la extractividad económica. La explotación económica capitalista no es solamente un fenómeno presente consagrado en una realidad salarial objetiva, es también un secuestro activo del potencial humano acumulado durante siglos en su forma productiva. La propiedad privada no solo impide a un trabajador el acceso al valor generado por este dentro de una relación salarial, impide también a una determinada sociedad poder acceder al “valor” total producido por generaciones anteriores que utilizaron su creatividad y su trabajo con fines productivos. La relación de producción capitalista constituye entonces una privación general del derecho de una sociedad a gestionar el rédito material total de nuestra capacidad como especie para transformar la naturaleza en nuestro propio beneficio. Una potencialidad que resulta imposible de acomodar moral y causalmente dentro de la ontología propietaria que gobierna nuestra economía política.

Que los muertos trabajen a perpetuidad en beneficio de nuestro bienestar constituye un imaginario interpretativo que facilita la exposición de la brutalidad distribucional del sistema retributivo post-laboral capitalista. En este sentido, nadie puede reclamar privativamente que el desarrollo generacional de la productividad le pertenezca frente a terceros. Nadie puede segregar mediante títulos de propiedad y fachadas financieras el disfrute de una productividad dada que puede explotarse en beneficio de densidades materiales vitales crecientes. La clase dominante no tiene la habilitación moral o democrática para condicionar el acceso a dicho rédito al acto de trabajar en su propio beneficio. Al acto de proveer a su dimensionalidad contable de beneficio económico. Una organización macroeconómica que, mediante la privatización del esfuerzo humano presente y pasado, hoy es causa de miseria e infelicidad a una escala masiva.

Las pensiones, como sistema distribucional post-laboral y bajo cualquier sistema de financiación, representan un plano económico clave en nuestro tiempo. Un espacio en el que la opresión macroeconómica convive con un potencial elevado de cuestionamiento ideológico del orden distribucional existente. Si nuestra capacidad para manufacturar riqueza no está obligada a decrecer por motivos físico-técnicos o ecológicos y si esta no para de aumentar, entonces no existen argumentos legítimos para justificar densidades materiales pensionistas decrecientes. Consecuentemente, el “problema” (financiero) de las pensiones solo posee sentido causal bajo una arquitectura económica en la que el beneficio económico gobierna la totalidad de la dinámica productiva y social. Una realidad en la que una clase social determina la lógica acumulativa en su propio beneficio. Por ende, indiscutiblemente, la problemática distribucional post-laboral es una cuestión, en su totalidad, política.

Para reconciliar la dinámica pensionista con nuestro potencial material real debemos recuperar aquello que nos ha llevado a gobernar la Tierra: debemos restituir la socialización trans-generacional del esfuerzo empleado por la humanidad en acceder a una mayor productividad. Disfrutar de los réditos económicos pasados para empoderar futuros macroeconómicos más eficientes y productivos. Consecuentemente, el creciente asedio a la realidad para-laboral (como las pensiones) constituye un ataque directo a nuestra capacidad para hacer frente a los grandes retos del presente. Un asalto frontal al paradigma del decrecimiento, un caveat sistémico a la movilización de nuestro potencial intelectual-científico -lejos de problemas económicos ya resueltos- y una barrera distribucional al desarrollo hedonómico de la economía. En su trayectoria vital humana, generaciones de inventores y trabajadores agotaron su existencia reduciendo trabajos socialmente necesarios para que hoy podamos optar a triunfar ante retos evolutivos aún más complejos. Si bien el territorio funcional de las pensiones puede parecer un campo económico poco transcendental, su naturaleza y su represión esconden una batalla política de una relevancia humana crítica.

 

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