Capitalismo Bajo Cero: Reforma Monetaria y Rentabilidad Mínima Garantizada

El gran debate de nuestro presente económico gira en torno a la futura respuesta sistémica a un supuesto deflacionario equivalente al del año 2008. A qué instrumental empleará el gobierno de la economía global para combatir el retorno de una metástasis depresiva en la que la falta de inversión nos lleve a un normal acumulativo políticamente insostenible. En un contexto en el que la salud de la economía global pende de un hilo –financiero-, cualquier imprevisto podría suponer el abrazo de una tendencia de la que puede no haber retorno. Consecuentemente, se necesita elaborar una fórmula sobre la cual apuntalar el sostenimiento reproductivo del statu quo y urge encontrarla pronto.

Macroeconómicamente, dada nuestra economía política, esta pregunta apunta directamente a la banca central y a su margen de maniobra monetario. A la ingeniería circulatoria tradicional del ecosistema reproductivo del capital como mecanismo para hacer frente al recrudecimiento y la creciente cronicidad del estancamiento secular. Sin embargo, esta vía presenta una serie de problemas de naturaleza estructural que se traducen en una función de utilidad prácticamente agotada. Por diversos motivos, 2020 y sus contramedidas combatirán en un escenario macroeconómico eminentemente distinto al de las crisis pretéritas recientes. Emergerán retos funcionales a los que los arquitectos sistémicos no se han enfrentado nunca y ello supone un riesgo añadido para el que no existe esquema de prevención alguno.

En el plano de la vía monetaria no-convencional, el actual portfolio agregado de activos de la banca central ya posee una dimensionalidad sistémica considerable. Desde el año 2008, el impuso monetario de los bancos centrales como inversores financiero de última instancia ha disparado la envergadura contable de sus carteras hasta el 40% del PIB y no parece macroeconómicamente lógico consolidar esta trayectoria. En principio, el quantitative-easing que prometió estabilizar el enfriamiento sobrevenido de la economía podría expandirse ilimitadamente ante un nueva tormenta acumulativa, pero carece de sentido –económico- hacerlo cuando es bien conocido que su impacto –positivo- ha resultado nulo.

Por su parte, la vertiente convencional de la asistencia monetaria a la acumulación se enfrenta a la suma de todos sus miedos en la figura del suelo monetario. Al hecho de que, como consecuencia de nuestra historia macroeconómica reciente, los tipos de interés han alcanzado el punto en el que el precio del dinero no puede descender más sin chocar con límite inferior –cero- del cuadro operativo monetario. En este sentido, si atendemos a la trayectoria contemporánea de la Reserva Federal, esta ha respondido a las crisis reproductivas de nuestra era con un recorte medio del tipo de interés nominal del 5.3% en cada ocasión. Una estrategia que ha demostrado ser incapaz de revertir la tendencia macroeconómica depresiva subyacente y que, obviamente, no resulta posible reproducir en un contexto actual en el que el precio sistémico del dinero se encuentra al 2,5% nominal.

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En último término, el problema al que debe enfrentarse la Reserva Federal y la economía estadounidense constituye un reto común para todas las economías desarrolladas. Un fenómeno estructural que se deriva de un mismo combinado de causalidades macroeconómicas y que, dada la escala económica contemporánea, debe combatirse de manera coordinada por todos los gestores sistémicos del globo. La aproximación gradual al suelo efectivo del vector monetario representa así la irrupción un puzle lógico planetario en el que intervienen los distintos componentes de la impotencia inversora, el acaparamiento monetario –hoarding– y las distintas conceptualizaciones de la naturaleza y la potencialidad funcional de la gestión del precio del dinero. Un fondo causal compartido que, dependiendo de la perspectiva teórica por la que optemos, puede interpretarse de múltiples maneras.

A día de hoy, a la hora de explicar la gravedad mecánica de este problema, el marco conceptual más extendido es el del tipo de interés natural -o neutral- del dinero. La teoría introducida por el economista sueco Knut Wicksell bajo la cual existe un precio del dinero capaz de compaginar el pleno empleo y el máximo output potencial con la estabilidad de precios en el mercado. Un marco analítico ampliamente cuestionado que hoy es testigo de su propia abolición funcional como productor de la telemetría que gobierna la macroestructura monetaria.

Tradicionalmente, el tipo de interés natural se ha utilizado como la guía macroeconómica responsable de gestionar –limitar- la capacidad de la autoridad monetaria de solventar problemática acumulativa por la vía expansiva. El miedo a la inflación como fórmula para justificar el sesgo anti-social y la servidumbre pública a la función de la oferta. A día de hoy, sin embargo, el ecosistema causal introducido por el estancamiento secular ha condenado a este mecanismo a operar dentro de una lógica invertida. Bajo la telemetría proporcionada por el modelo Fisher-Wicksell y en un contexto macroeconómico como el presente, el tipo de interés nominal necesario para que nuestras economías operaren a máximo rendimiento debe situarse por debajo del interés natural. Situarse en unas coordenadas en el que, por medio de la lógica “natural”, el sistema incentive la canalización del –alto- ahorro –acaparado- hacia la geografía de la inversión.

En nuestro pasado acumulativo,  esta –supuesta- fórmula no hubiera problema alguno  a la hora de materializarse funcional y mecánicamente en el campo de los tipos de interés. Sin embargo, conseguir hoy esta aplicabilidad resulta un poco más complicado. Y es que, teniendo en cuenta el grado de estancamiento que experimenta actualmente el sector privado, el cálculo del tipo neutro produce hoy un valor final “natural” que es negativo.

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Esencialmente, un tipo de interés natural menor o igual que cero significa que la economía requiere que la banca central opere con tipos nominales negativos en aras de hacer que la reproductibilidad del capital nos catapulte macroeconómicamente hacia el pleno empleo y el vigor inversor. Una política que, además –en teoría-, no supondría riesgo alguno en términos de inflación. El problema radica en que, bajo los parámetros operacionales de la gestión acumulativa del capitalismo moderno, el guardián monetario es incapaz de abaratar el dinero lo suficiente como para inducir una ola de inversión que revitalice el tracto reproductivo del sistema. Y esto sí constituye un vector de riesgo macroeconómico grave.

De esta manera, el concepto del tipo de interés natural nos expone cómo el instrumental teórico tradicional puede, al igual que la perspectiva crítica, descartar la opción monetaria convencional como una respuesta efectiva y sostenible de cara al estancamiento secular. Un prisma que reconoce que, bajo la operativa macroeconómica actual, -por distintas razones- el recorrido efectivo de la utilidad de esta contramedida ha alcanzado su ocaso funcional. El fin de una era de la gestión circulatoria del capitalismo y el principio de un lienzo mecánico nuevo en el campo de la ingeniería sistémica.

En este sentido, resulta altamente interesante como ambas perspectivas pueden llegar a combinarse para ofrecer soluciones alternativas de cara a un ecosistema acumulativo estructuralmente moribundo. Al contrario que todos sus rivales –heterodoxos o no-, el Marxismo interpreta el estancamiento secular como una consecuencia directa del agotamiento de la realidad acumulativa rentable. La falta de opciones sobre las cuales reproducir el capital provoca el colapso de la inversión y ello, a su vez, genera una intensificación significativa del acaparamiento crematístico. En consecuencia, para el prisma marxista, el tipo de interés del mercado solo afecta al circuito acumulativo cuando el precio del dinero –el coste del capital- ejerce una presión negativa significativa sobre la capacidad de un actor económico de articular rentabilidad. Su rol es, consecuentemente, sistémicamente auxiliar. Ninguna gran campaña monetaria que gire en torno al abaratamiento del precio del dinero puede intervenir el motor dinámico del sistema y combatir así, orgánicamente, la sobreacumulación.

Si atendemos al prisma convencional, la fenomenología económica actual representa una realidad difícil de compaginar con una explicación lógica que excluya la operativa de la rentabilidad. En un –fantástico- ecosistema causal en el que el beneficio económico no es el motor dinámico del acto de producir e invertir, nos encontramos con una paleta de diagnósticos causalmente variada. Dada la tendencia sistémica actual hacia la efervescencia financiera, los más ortodoxos afirman que el precio natural del dinero tiene que estar por encima del tipo nominal actual. Contra toda estructura lógica –incluida la de Wicksell-, el frente austriaco aboga por abandonar la gestión monetaria, intensificar la ofensiva supply-side y obviar todas las variables macroeconómicas no financieras que no casen con su dogma. La penitencia como paradigma económico último y absoluto sin importar la realidad.

Frente a estos, el flanco más moderado defiende la visión bajo la cual el precio natural cuasi-negativo constituye un problema real. En este plano, sus argumentos son sólidos. Resulta totalmente absurdo hablar de que nos encontremos en un supuesto de sobre-empleo, los actores económicos continúan acumulando reservas en vez de invertir y la inflación constituye ya una figura macroeconómica mitológica. Además, esta interpretación incorpora al puzle del suelo monetario el problema de la financialización, de la concentración de la realización y de una geografía del poder de mercado completamente asimétrica. Consecuentemente, para el prisma moderado, no solo es que verdad que el precio del dinero esté demasiado alto, también es importante considerar qué hace que dicho dinero nunca revierta en un impulso acumulativo verdaderamente productivo. Al dilema del tipo natural hay que añadirle pues la necesidad sistémica de reprimir al conjunto de factores “tácticos” que impide la reinversión productiva y por ende el crecimiento real de los salarios.

Aunque parezca teóricamente anti-natura, es potencialmente posible compaginar estas tres posiciones y diseñar un instrumental macroeconómico nuevo que resulte potencialmente eficaz a la hora de atajar  la colección de inquietudes causales que pretenden explicar el estancamiento secular. Para el Marxismo, el precio natural del dinero es un instrumento inválido cuyo corazón causal se encuentra en todo caso en la esfera de la rentabilidad del capital. Para la ortodoxia austriaca, los excesos –reales- en el ámbito financiero –provocados por un plano real sobreacumulado- aconsejan la contención monetaria y, para el sector moderado, el suelo monetario constituye un problema sistémico grave acrecentado por medio de una geografía acumulativa heterogénea. En términos de consolidamiento sistémico y de aislamiento del riesgo acumulativo, la respuesta lógica a estas tres visiones es una reconfiguración operativa del capitalismo. Una reformulación de su tracto reproductivo que provea de una solución funcional a esta tríada por medio de un ecosistema “natural” nominal negativo real macroeconómicamente discriminatorio.

En la esfera del trabajo, el capitalismo moderno pronto entrará en una fase operativa en la que este romperá por completo con uno de sus pilares sistémicos fundamentales: el vínculo entre el acto de trabajar y la legitimidad distribucional. Como consecuencia de la mecanización general de la esfera productiva y de la creciente heterogeneidad del plano de la realización, la renta básica irrumpirá pronto como un vector de estabilización político y macroeconómico de primer orden. El tracto del consumo devendrá una función totalmente gestionable desde el punto de vista de la administración sistémica y solo la inflación –la capacidad de la economía- constituirá un límite real a las posibilidades reproductivas del circuito.

En el caso de la renta básica, los arquitectos sistémicos interpretan que el plano de la gestión de la demanda es la llave de una reproductibilidad sistémica ilimitada. Temen que poner el foco en la función de la oferta derive en una ruptura total de las relaciones de producción capitalistas y asumen que un trabajo parcialmente independiente del monopolio de la distribucionalidad salarial será suficiente para apuntalar una estructura político-social impenetrable. Si bien esta idea tiene buenas razones para afirmar tal cosa, no es menos cierto que el estancamiento secular –y sus consecuencias distribucionales- tienen su núcleo causal en el plano de la oferta, no en el de la demanda. Una orografía reproductiva en la que, para impulsar la escala de la inversión necesaria hoy para cuadrar una trayectoria macroeconómica ascendente, es altamente posible que necesitemos de un instrumental sistémico de un calibre mucho mayor. Por múltiples razones, la renta básica no es suficiente.

Para intervenir la esfera de la oferta sin provocar la ruptura del statu quo por medio de la nacionalización y de la abolición de la ley del valor, el sistema debe replicar el esquema de la renta básica universal y acomodarlo a la plataforma orgánica de la reproducción del capital. Abolir, en esencia, la relación entre la realización y la rentabilidad de la inversión de manera parcial y espacialmente discriminada. Un mecanismo que, si llegara a implementarse bien, podría abolir conjuntamente la triple problemática macroeconómica anteriormente descrita.

De la misma forma que la renta básica tiene como objetivo nivelar el plano distribucional entre el trabajo acumulativamente útil y el trabajo sistémicamente redundante, los arquitectos sistémicos pueden discriminar los efectos de una rentabilidad mínima garantizada con el fin de proyectarla quirúrgicamente sobre la espacialidad económica más afectada por el estancamiento secular. Independizar parcialmente del riesgo de mercado al sector productivo no financializado ajeno a las virtudes de la gran escala y del poder de mercado posibilitándole articular movimiento acumulativo. Garantizar un nivel de inversión mínimo mediante un nivel de rentabilidad asegurado que contribuya a abolir, mediante incentivos varios, una realidad económica polarizada entre el acaparamiento y la híper-escasez financiera. Eliminar, definitivamente, el plano real responsable de empujar matemáticamente al tipo de interés neutral a sus coordenadas negativas actuales.

Para hacer esto posible, el sistema debe enfocar su brazo monetario de una forma quirúrgica y acumulativamente activa. La función monetaria ya no será un valor sistémico dado –ofrecido- al sector capitalista a un precio determinado de manera indiscriminada, ahora constituirá una pieza activa del circuito reproductivo mediante tipos nominales verdaderamente negativos. Una reconfiguración de la hidráulica monetaria cuyo fin último será engañar a las tesis del marxismo por medio de inductores acumulativos ajenos al mercado.

Convencionalmente, los tipos negativos se entienden como el marco distribucional en el que un determinado actor económico es obligado a remunerar a un tercero con el fin de que este (res)guarde su patrimonio líquido –el banco central para el sector bancario, el sector bancario para el sector privado-. Bajo esta propuesta, los tipos negativos se entenderían como la remuneración activa y directa del acto de invertir con independencia de la rentabilidad posterior obtenida en el plano de la realización. Remunerar al capitalista ex-ante con el propósito sistémico de que su realidad contable identifique como viable –bajo la ley del valor- realizar inversiones en el campo de la realidad productiva real. Una rentabilidad mínima garantizada que cubra tanto la problemática marxista como también la necesidad sistémica de responder a un tipo de interés natural cuasi-negativo.

Esta configuración sistémica posee un número elevado de ventajas. Al contrario que los bajos tipos generales o el programa de compras de la banca central –la planificación de la economía financializada-, esta medida reprimiría eficientemente la peligrosa efervescencia financializada –denunciada por la doctrina austriaca- al vectorizar su potencial, exclusivamente, al espectro real de la economía. Los tipos negativos no estarán al alcance del sector financiero y, al servir como impulso acumulativo de la esfera real, la opción especulativa como respuesta a la sobreacumulación perdería parcialmente su centralidad contemporánea. En esencia, este sistema institucionalizaría un quantitative easing productivo, un ecosistema altamente planificado de rentabilidades garantizadas escoltado por flexibles cortafuegos. Nada que no conozcamos en el espacio financiero actual de nuestro mundo plutonómico.

Por otra parte, el modelo propuesto de tipos negativos ayudaría a tratar los abusos distribucionales que hoy tienen lugar como consecuencia de la monopolización concentrada privada de la inversión y de la potestad monetaria. Actualmente, el gran capital puede obtener réditos monetarios masivos utilizando los beneficios fiscales que se aplican –o se ofrecen- al acto de invertir. Réditos sistémicos equiparables a los que dispone la banca comercial por el hecho de operar como la guardiana del dinero endógeno. En un esquema de rentabilidad mínima garantizada, el secuestro de la producción de bienes o de la generación sistémica del dinero no justificaría en ningún caso soluciones distribucionales tales. La competencia inversora sería mucho más intensa y el polo “político” sería dueño de su propia subjetividad financiera. La agencialidad macroeconómica gravitaría hacia el sector público, y ello, en términos de anticiclicidad y de sostenibilidad reproductiva sistémica, es, con toda seguridad, beneficioso.

Finalmente, los tipos negativos efectivos aplicados al acto de invertir tendrían la ventaja de combatir la misma inflación potencial que un esquema expansivo masivo de esta naturaleza podría engendrar. Si la expansión monetaria es dirigida metódicamente hacia opciones de inversión que garanticen una expansión paralela de la capacidad productiva, entonces la inflación quedará permanentemente contenida. La rentabilidad mínima garantizada asegurará así un compromiso funcional claro con la estabilidad de precios. Un factor extremadamente útil que, al contrario que con modelos alternativos –MMT, QE-, sí podría modularse a voluntad mediante el impuso productivo real. La base potencial de un marco en el que resolver el estancamiento secular derive, necesariamente, en salarios reales potenciales crecientes.

En último término, el reto principal al que se enfrentará una estructura sistémica de esta naturaleza será político. El sector financiero nunca aceptará tales términos en aras de proteger su privilegiada posición sistémica en una economía sobreacumulada dominada por la especulación. El gran capital protestará vehementemente con el fin de conservar su salvaje control sobre el plano de la realización y, socialmente, el hecho de implementar una rentabilidad mínima garantizada resultaría complejo de digerir bajo nuestro normal ontológico darwinista. Frente a esta medida, hablaríamos del fin del riesgo de mercado –con razón- y –estúpidamente- del creciente poder distribucional del “poder político”. Sin embargo, sistémicamente, la planificación financiera centralizada de la rentabilidad sectorial constituiría una buena opción frente a los retos acumulativos de nuestro tiempo.

En esencia, el capitalismo bajo cero será capaz de obtener lo que la operativa monetaria convencional nunca podrá conseguir ante los retos macroeconómicos que nos aguardan. Actualmente, el precio del dinero resulta irrelevante si no se prevé que una inversión produzca el rédito monetario que haga de dicha operación una iniciativa rentable, y corresponde al plano de la realización dictar este resultado. Rompiendo esta cadena funcional y modulando gerencialmente la ley del valor, el sector productivo podría relanzarse realmente evitando además los miedos inflacionarios. En combinación con la renta básica universal, la rentabilidad mínima garantizada podría contribuir a alcanzar un plateau productivo que justifique salarios reales crecientes y un ecosistema reproductivo más dinámico y acumulativamente saludable. Una economía que cubra una espacialidad de la utilidad –mucho- mayor por medio de la gestión activa –centralizada- tanto de la función de demanda como de la oferta con ajenidad parcial a la ineficacia de la ley del valor.

Este nuevo normal gerencial macroeconómico resultará también eficaz a la hora de evitar la violenta trayectoria macroeconómica que se deriva de un ecosistema acumulativo financializado. Será capaz de modular a la baja la volatilidad financiera y, ante una tormenta acumulativa severa, su potencial para inyectar dinamismo cíclico será total. Nada ni nadie puede impedir que una operación –deliberadamente- rentable no disponga de los medios financieros y de la lógica capitalista para salir adelante. Un marco infinitamente superior si lo comparamos con las nefastas consecuencias de una arquitectura macroeconómica de una prociclicidad salvaje.

Más allá de la problemática obvia en relación a la –convencionalmente interpretada- eficiencia económica del sistema, el capitalismo bajo cero supondría un paso –lógico– más en la gradual abolición del mercado como núcleo dinámico del sistema. El consolidamiento temporal de una economía cada vez más falsa y dirigida cuya mecánica operacional habrá llevado al plano artificial a todos los vectores constitutivos del beneficio económico. Todo lo necesario con tal de garantizar la supervivencia política de un determinado orden social.

Si bien esta gran trayectoria es innegable, resulta difícil imaginar qué circunstancias pueden volvernos testigos del nacimiento de una estructura acumulativa como la que se derivaría de unos tipos negativos efectivos activamente gestionados por un planificador central. Sin embargo, a medida que el tiempo se agota y el margen útil de las contramedidas tradicionales se reduce, resulta sistémicamente obvio que algo –estructuralmente orgánico- tiene que cambiar. 2008 forzó lo inimaginable introduciendo la planificación de la reproducción financiera del capital, 2020 puede abrir la puerta a nuevas palancas sistémicas que ayuden a incrementar la estabilidad estructural de nuestro modo de producción. Mecanismos en el campo de la ingeniería reproductiva que bien pueden inspirarse en el capitalismo bajo cero aquí descrito.

 

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