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Italia, la Guerra de los Eurobonos y la Europa Fiscal

En el plano macroeconómico, la actual tormenta pandémica se han interpretado mediáticamente como un shock externo que atenta contra una plataforma sistémica común. A consecuencia del manto recesivo generado por la hibernación, hemos debatido sobre cómo esta crisis catapultará a futuro la agencia financiera y distribucional pública. De cómo el presente impasse proveerá a nuestro subconsciente de un valioso ejemplo de degrowth y de cómo, la existencia forzosa de este binomio, erosionará orgánicamente la hegemonía del panteón neoliberal. Consecuentemente, podemos afirmar que, atendiendo al enfoque conceptual de la deliberación teórica contemporánea, la crisis del coronavirus está íntimamente vinculada al plano de las estructuras sociales de acumulación; al capitalismo y a sus circuitos operativos.

Si bien esta aproximación resulta relevante siempre, debemos tener en cuenta que, al tratar con Europa, el velo inter-gubernamental del mercado común constituye un plano causal adicional cuya centralidad macroeconómica en la Eurozona es crítica. Así, para la mayor parte del PIB continental, la adaptación nacional a los imperativos impuestos por el coronavirus se encuentra mediada por geografía monetaria mancomunada; por la asunción doméstica del Euro. En este sentido, el gran reto al que se enfrenta el statu quo comunitario es el acomodamiento compartido del giro expansivo que pronto devendrá esencial a la hora de combatir los efectos socio-económicos de la crisis. Un puzle macroeconómico cuya naturaleza no solo limita ya con la cuestión geopolítica, sino también con los propios fundamentos teleológico-institucionales de la Unión.

Para exponer la problemática que la derivada depresiva de la pandemia supone para el equilibrio operacional actual del Eurosistema, conviene atender a la historia macroeconómica reciente de Italia. En el momento en de su integración dentro del ecosistema Maastricht, la República Italiana encaró su candidatura al Euro soportando un contundente pasivo público heredado de la concatenación de déficits públicos entre 1970 y 1985. Los intereses devengados lastraban la capacidad del gobierno de impulsar la demanda doméstica y, en respuesta, Roma se hizo de su saneamiento la piedra angular transversal de su doctrina económica.

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Como consecuencia de la adopción teleológica del espíritu ordoliberal del tratado, el Estado italiano se re-configuró como la entidad pública superavitaria más marcada del continente. Las arcas públicas de la República extraerían el equivalente a actividad real de su geografía acumulativa doméstica, pero esto, en un principio, no supondría un riesgo macroeconómico inmediato para el país. Gracias al efecto expansivo -en términos de tipos de interés- que la llegada del Euro supuso para la periferia mediterránea, Roma pudo compensar y conjugar inercia desarrollista con el saneamiento gradual de sus cuentas públicas. Entrados en el nuevo milenio, la inversión despuntaba, el desempleo caía y la histórica paridad con Francia estaba cada vez más cerca.

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Todo esto cambió cuando los efectos del crash financiero de 2008 desembarcaron en el ecosistema crediticio del continente. En este contexto, si bien los datos del año 2010 parecían profetizar una recuperación paulatina, la irrupción de la crisis griega dinamitó la confianza inversora en las cuentas públicas periféricas. El diferencial entre los costes de financiación del sur con respecto al bono alemán se disparó y fue entonces cuando la polaridad política del Eurosistema se rindió  ante el dogma de la austeridad. Con total desprecio de la realidad causal, la transferencia a la contabilidad pública de la deuda privada generada por los bajos tipos del Euro llevó a la geografía “PIIGS” al borde del barranco financiero; una situación que tanto el flanco neoliberal como los Estados del Norte no tardaron en aprovechar.

De esta forma, al tiempo que Berlín pudo financiarse a tipos negativos -a costa de sangrado financiero de sus socios periféricos-, la ola “tecnocrática” impulsada por la recién constituida troika comenzaba a revelar los detalles programáticos del “ajuste estructural”. En el caso italiano, dada la reticencia de Berlusconi al mandamiento austero, la presión acreedora derribó al gobierno. Monti llegó al poder sin mediar proceso electoral y, desde entonces, Roma se comprometió con la lógica económica dictada por el acreedor ordoliberal. Tras el atrezo dialectico europeo, el Estado fiscalmente más superavitario de la Eurozona quedó sepultado bajo una narrativa anclada en los defectos del carácter sureño. La genotípica falta de frugalidad y, de acuerdo con las famosas palabras de Dijsselbloem, su obsesión por “el vino y las mujeres”; la excusa perfecta para justificar el secuestro político “adulto” del país.

Como consecuencia de las fuerzas que lo llevaron al poder, Monti se consagró al pago de la deuda -pasada y presente- sobre cualquier otra consideración. Partiendo de un escenario acumulativo ya de por sí fiscalmente endeble, la adopción del recetario ordoliberal como forma de restablecer “la confianza” sumió al país en un estancamiento económico profundo. Derivado de los grandes ajustes que tuvieron lugar entre 2010 y 2012, Italia, quien todavía no se había recuperado de la entrada en pérdida de 2009, quedó atrapada en una espiral deflacionaria retroalimentada. Sin el apoyo del gasto público, la economía no pudo reflotar. Sin una economía en alza, los ingresos fiscales nunca reputaron y, gracias la conjunción de ambos factores, los déficits sobrevivieron a una agencia económica pública cada vez más retraída. Durante su particular mandato, el ejecutivo de Monti llevó a Italia al crecimiento cero, la confianza inversora en el país no mejoró y, lejos de cumplir con su objetivo, el intento de reducir la deuda hizo que esta aumentara.

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Con esta trayectoria en mente y a las puertas de una gran recesión, el Eurosistema se enfrenta a un escenario en el que reproducir políticamente lo acontecido en Italia puede resultar en fuerzas incontenibles dentro del statu quo. El futuro macroeconómico previsto incluye un deflagración real sin precedentes cuyas consecuencias distribucionales y laborales serán profundamente asimétricas y, potencialmente, también permanentes. El Estado ganará responsabilidad en espacios económicos cada vez más extensos, y el soporte acumulativo privado “no-convencional” devendrá estructural. Ante esta ola sobrevenida de competencias, la agencia pública requerirá de un margen financiero contrario a la teleología económica que se utilizó para justificar la austeridad. En consecuencia, frente a los efectos macroeconómicos del coronavirus, la camisa de fuerza neoliberal-monetarista de Maastricht promete desempolvar las tensiones financiero-institucionales de la pasada crisis del Euro. En particular, en lo que respecta a las unidades acumulativamente más débiles de la Eurozona.

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Fuente: AXA, “Coronavirus – 28 Days Later

En la intersección entre la fragilidad económica y los efectos más destructivos de la pandemia, Italia vuelve a encontrarse en el centro político del Eurosistema. La necesidad de garantizar margen fiscal a futuro es urgente y el flanco mediterráneo sabe bien de la importancia estratégica de disponer de contramedidas anti-deflacionarias. Abrumada -ya- por las necesidades operativas propias de la lucha contra el virus, Roma ha pedido solidaridad y un compromiso común contra “un shock de naturaleza exógena”. Ha defendido articular las bases de una recuperación no-discriminatoria y diseñar una unión capaz de caminar por encima de lo competitivo-transaccional. En esencia, Italia reclama que, con independencia del diagnóstico acumulativo doméstico, toda unidad de la Eurozona disponga del oxígeno financiero necesario para adaptar su economía política. La única forma de la que dispone Europa de evitar el ahondamiento retroalimentado de las asimetrías macroeconómicas geográficas.

Frente a esta petición de ayuda, el cuarteto ordoliberal europeo (Alemania, Holanda, Austria y Finlandia) se ha mostrado ontológicamente intransigente. El flanco mediterráneo, a pesar del apoyo francés y de la admisión tácita de una responsabilidad “endógena” ficticia en 2012, no ha logrado desbancar a una lógica económica Wesphaliana inamovible. Siguiendo los pasos de Dijsselbloem, Holanda ha exigido investigar la falta de margen presupuestario de España. Berlín ha pedido paciencia y Bruselas, quien gobierna un volumen ínfimo del PIB de la Unión, parece satisfecha coleccionando pronunciamientos políticos vacíos. Si bien hemos acontecido al despliegue de arreglos financieros sobrevenidos varios, el corazón político de los elementos morales y teóricos de una solución escalarmente apta para Europa aún no existe.

Derivado de este bloqueo y como consecuencia de la estigmatización de la condicionalidad propia del Mecanismo Europeo de Estabilidad (ESM), la profusión reciente de propuestas emanadas fuera del normal operativo de 2012 ha sido notable. En aras de eludir el tabú de un tutelaje macroeconómico y con el objetivo de alcanzar soluciones que sobrepasen la excepcionalidad temporal propia de los “rescates”, se ha hablado de deuda perpetua, de una “Covid Credit Line” (dentro del ESM) y de los Blue Bonds; la compartimentalización del coste de la deuda en base a su legitimidad (en términos de Maastricht). Sin embargo, si bien bienvenidas, estas apuestas tienden a pecar de un énfasis ilógico en la reproducción fiscal del statu quo (insuficiencia escalar) y/o presentan marcos temporalmente insuficientes. Factores que las convertirían en ineficaces frente a la magnitud y estructuralidad de la presente amenaza.

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Fuente: Bloomberg, “Italy Faces Yet Another Moment of Truth

Dentro de esta colección de proposiciones financieras, los Eurobonos se han presentado como un instrumento que conjuga la necesidad orgánica periférica con la responsabilidad económica Wesphaliana. En esencia, una solidaridad financiera real que, al tiempo que preserva la autonomía política de sus miembros, evita un mancomunamiento activo dentro de la Eurozona. En términos mecánicos, dadas las circunstancias, los Eurobonos supondrían una rebaja considerable de los costes de financiación para la periferia. Más allá de su naturaleza ponderada, los Eurobonos abolirían la capacidad inversora de arbitrar entre distintas Euro-deudas. Ello imposibilitaría la especulación que en 2012 condujo a la periferia mediterránea al caos y ambos factores, conjuntamente, contribuirían a romper el nexo retroalimentado entre costes de financiación cada vez más asimétricos y la prociclicidad.

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Fuente: Le Grand Continent, “Le Long Surplus Italien

Más allá de las ventajas prácticas de estos, los Eurobonos se han comercializado también eludiendo a su inherente componente de justicia. Siguiendo con la narrativa de la exogeneidad del shock, sea como fuere, el centro de gravedad europeo del coronavirus ha concurrido y va a afectar, principalmente, a las economías más vulnerables de la Eurozona. Además, si entramos en el terreno de las primas de riesgo, dada la moneda única, las condiciones que obtienen Holanda y Alemania en los mercados de deuda no se derivan tanto de su virtud gestora, sino del push inversor derivado de la fragilidad financiera de sus vecinos. Por todo ello, los Eurobonos aspirarían a abolir la vulnerabilidad asimétrica y pro-cíclica de las primas de riesgo exigiendo una contraprestación mínima de justicia. Una solidaridad pasiva que, dadas las circunstancias, resultaría en una cesión mínima de integración en aras de aliviar la montante presión financiera que sufre el “soft belly” del Euro.

Si bien los Eurobonos pueden parecer y son presentados como un destino que pondría fin a las tensiones políticas y financieras dentro de la Eurozona, su naturaleza presenta varios problemas. En este sentido, más allá de las cuestiones legales -Constitución alemana- y morales –un incentivo al malgasto- que sus detractores no cesan de repetir, la utilidad estratégica de estos para las economías más vulnerables del Eurosistema es limitada. Bajo el contexto actual,  la posición política que repite la lógica moral y teórica que llevó al continente al desastre en 2012 ha perdido terreno; pero ello no significa que lo entonces lógico y moderado vaya a ser hoy macroeconómicamente suficiente. Mientras que en el plano conceptual los Eurobonos abren la puerta al útil debate de la integración financiera continental, estos, muy probablemente, solo servirán para moderar la deriva depresiva.

La insuficiencia práctica tanto de los Eurobonos como de cualquier tipo de rescate del BCE o de los socios comunitarios vía el ESM se deriva de una causa muy simple; todas estas operativas generarán una nueva deuda. Una pasivo que, en último término, deberá cancelarse por la geografía económica periférica. Atendiendo a la anteriormente descrita trayectoria macroeconómica de Italia, no es difícil discernir cómo la interacción entre un plano acumulativo débil y el peso de un pasivo público puede conducir a una crisis permanente; a una espiral deflacionaria de la que ni la economía ni las cuentas públicas puedan escapar. En base a esta posibilidad, dado que España o Italia ya sufren de considerables volúmenes de intereses a pagar anualmente, toda aproximación que pretenda solventar esta crisis por la vía del crédito (sea quien sea el prestamista) parte de un escenario, como poco, atrevido. En la actualidad, dada la profundidad y la magnitud real de la recesión que se aproxima, las cuentas públicas no pueden permitirse un margen fiscal articulado en torno a nueva deuda. A largo plazo, dentro de la Eurozona, esta es una política insostenible.

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Fuente: Wall Street Journal, “Europe’s Debt Problem Has Deeper Roots Than Greece

Si en el mejor de los casos la vía del crédito nos conduce al riesgo de una crisis retroalimentada permanente, a Europa le queda, forzosamente, afrontar al reto de la integración fiscal para capitalizar financieramente en su inmenso peso macroeconómico agregado. Desde el punto de vista económico-institucional, esta aproximación a la gobernanza y a la estabilidad del mercado común no debe suponer un puzle al que debamos dedicarle mucha imaginación. La unión fiscal, más allá de la armonización, consiste en redistribuir la masa económica a contracorriente de la ley del valor, tanto en términos subjetivos como espaciales. Una operativa sin incondicionalidad ni contraprestación cuyo fundamento teleológico es la cohesión.

En este plano, la UE solo tendría que transponer continentalmente una mecánica que ya regula ad-intra a todo Estado Nación convencional, integrar su agencia financiera, y utilizar el peso internacional del Euro para emprender un New Deal contra-cíclico masivo; el “Plan Marshall” europeo del subconsciente de Charles Michel. Además, esta nueva forma de gestionar la política de cohesión abriría la puerta a esquemas de coordinación anti-cíclicos mucho más  efectivos que cualquier deuda intra-europea de concesión inter-gubernamental. Si la UE hubiera dispuesto entonces de potestades / responsabilidades en el campo de la política económica, la conjunción depresivo-deudora que atormentó a Monti no habría tenido lugar. El ajuste, estructural o financiero, se hubiera desarrollado apoyado por un colchón macroeconómico comunitario o este, simplemente, se hubiera pospuesto. El poder soberano fiscal otorga un margen de acción que los prestamistas nunca podrán conceder.

Evidentemente, más allá de la conveniencia macroeconómica de una potencia fiscal unitaria y ajena a la ley del valor en el contexto presente, a día de hoy, esta es una visión operativa políticamente irrealizable. En el plano inter-gubernamental, las transferencias no disponen de recorrido alguno, y ya la armonización genera una polarización difícilmente constructiva (Holanda). Incluso si estos flujos económicos pudieran tener lugar, Europa no es, hoy por hoy, una polity capaz de fiscalizar estas transferencias. El déficit democrático de confianza no tardaría en despertar y ello alimentaría una lógica interpretativa de “a fondo perdido” difícil de combatir. Especialmente, dada la ontología etno-económica que domina hoy la política del Euro.

Como consecuencia de esta imposibilidad inter-gubernamental, la Comisión ha intentado sacar músculo propio prometiendo doblar el presupuesto comunitario del 1% al 2% del PIB de la Unión. Obviando que este incremento resulta insignificante a los ojos del grado de expansividad pública que será necesario para contrarrestar el futuro macroeconómico inmediato, el nivel de compromiso presupuestario mancomunado hoy en Bruselas está lejos de ofrecer una solución razonable. Teniendo en cuenta que el Brexit ha cercenado un volumen de este, que las negociaciones actuales no alcanzan un terreno común y de que parte de esta iniciativa se financia a crédito, el nivel de “unión fiscal” actual es manifiestamente irrelevante desde cualquier punto de vista funcional-macroeconómico. La UE, primordial y teleológicamente, sigue siendo un mecanismo de coordinación de voluntades nacionales, no un supra-estado en el sentido más geográfico y operativo-distribucional del término.

Teniendo en cuenta todas estas variables, la conjunción entre un norte que no acepta la solución monetizadora-fiscal y un sur que no se puede permitir una solución a crédito promete hacer de la crisis del coronavirus un episodio altamente volátil para el Eurosistema. Así, con la búsqueda de fórmulas para acomodar una agencia económica público-financiera reforzada constituyendo una urgencia macroeconómica inescapable, Maastricht se enfrenta a un reto potencialmente imposible. Un desafío que no solo enfrentará a la Eurozona a su propia naturaleza neoliberal-monetarista originaria, sino también a Europa a las tensiones propias de una unión monetaria inter-territorialmente regresiva.

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En base a lo expuesto, la recesión pandémica puede llevar a la Eurozona a una coyuntura institucional mucho más crítica que la que experimentó esta durante la crisis del año 2012. Bajo el cúmulo de circunstancias actual, para Italia, como para muchos otros Estados Miembros, la alternativa al euroescepticismo ya no podrá contenerse dentro del normal político inter-gubernamental anclado en Maastricht. En términos macroeconómicos, gracias al coronavirus, la alternativa a la desconexión pasará por una Europa que hoy no existe. Una Europa que crea en la igualdad política y económica inter-regional. Que confié en el potencial público para gobernar los flujos económicos  y  que admita que ahondar en una unión monetaria sin brazo cohesivo fiscal nunca podrá impulsar su gran proyecto político.

 

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