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La Economía Política del Sueño Americano

A raíz de la geografía productiva post-fordista y de la onda expansiva socio-económica de la gran crisis financiera del año 2008, las economías políticas anglosajonas atlánticas han experimentado un binomio de híper-regresividad e inestabilidad política cuyos efectos internacionales han sido devastadores. Desde la perspectiva de los sistemas de mercado continentales europeos, la arquitectura británica y, en especial, la estadounidense, han perdido toda credibilidad como estructuras sociales de acumulación modelo. La altura moral de sus ecosistemas interpretativos se ha desplomado y, como consecuencia del Brexit y del despertar de Trump, este distanciamiento ha devenido, también, una realidad diplomática consolidada.

En el caso norteamericano, dadas las enormes diferencias operativas y la marcada volatilidad de los ciclos electorales posteriores al año 2012, el cisma con respecto al resto del mundo ha sido particularmente violento. La imagen internacional de Washington ha sufrido un considerable deterioro y tanto su modelo de sociedad como su pirámide de valores ya no se perciben como una apuesta política a imitar. Tras este fenómeno, resulta posible trazar el retroceso del soft power estadounidense a una élite desatada cuyo gobierno hegemónico ha naturalizado resultados distribucionales salvajes. Una decadente república romana cuyo liderazgo económico y militar convive con la cristalina transaccionalidad del poder y la erosión acelerada del concepto de ciudadanía.

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Fuente: Congressional Budget Office

En este sentido, el distópico normal contemporáneo de la sociedad más prospera del planeta es, sin lugar a dudas, uno de los fenómenos socio-económicos más relevantes de nuestro tiempo. El país, en el que un tercio de las iniciativas GoFundMe tiene como fin financiar tratamientos médicos, el 0.1% más rico acumula un volumen de riqueza equivalente al total agregado de todos aquellos que se encuentran por debajo del percentil 90. El 50% más pobre controla únicamente el 1% de la riqueza nacional y, desde el año 2015, el salario mediano anual no es capaz de cubrir los costes de vida actualizados.

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Fuente:  Washington Post, “This chart is the best explanation of middle-class finances you will ever see

Tras el velo de la contabilidad agregada, el 44% de los trabajadores norteamericanos vive al borde de la exclusión social con salarios anuales que no superan los 18.000 dólares. De estos, el 64% se encuentra en su cima potencial de la productividad (25-54 años) y dos tercios de los ocupados están movilizados a tiempo completo. Consecuentemente, para el proletariado post-industrial estadounidense, el contrato social fordista ya no existe. La carrera profesional ya no implica necesariamente una escalera distribucional ascendente y el empleo indefinido está lejos de inmunizar frente a la pobreza. Hechos que explican, entre otros factores, por qué el boyante PIB del país ha evolucionado en una trayectoria inversa al acceso material modal trans-generacional.

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Fuente: VOX EU, “The fading American Dream: Trends in absolute income mobility since 1940

Para entender la crisis del sistema norteamericano, al vaciamiento económico y distribucional de la mediana social debemos añadirle también la incapacidad del tejido político-cultural doméstico de admitir la necesidad de reforma. Ante la realidad descrita, lejos de ofrecer un diagnóstico causalmente razonable, la narrativa y la identidad política estadounidense resultan hoy tan utilitariamente regresivas como filosóficamente salvajes. Salvo notables excepciones, la identidad “progresista” se encuentra secuestrada por los (billonarios) apóstoles de la fracasada utopía tecno-futurista. El Trumpismo cierra filas en torno a proto-fascismo alt-right y quien pretende hacerse pasar por el centro moderado reformista no solo posee una fortuna personal seis veces mayor a la riqueza agregada del tercio más pobre del país, sino que también ha empleado mano de obra (legalmente) esclava para impulsar su propia campaña electoral.

Derivado de estas circunstancias, son muchos quienes han ridiculizado el concepto del “sueño americano” y la identidad nacional que lleva asociada esta idea. El debate sobre qué arquitectura socio-económica salvaguarda mejor el binomio modal de la libertad-prosperidad ha dominado el dialogo transatlántico y, colateralmente, Copenhague se ha visto envuelta en más disputas dialécticas de las que a su gobierno le hubiera gustado bailar. En particular, la cuestión de la presión fiscal ha llegado a entronarse como el factor decisivo a la hora de explicar la supremacía socio-moral nórdica. La caracterización del impacto de las “Reaganomics” en la distribución social del plusvalor como el motor causal principal de la terrible realidad norteamericana. Sin embargo, ante esta aparente obviedad, nadie se ha preguntado qué hace que toda sociedad que quiera proclamarse inclusiva deba proyectar un cada vez mayor control sobre los flujos económicos. Que hace que, en último término, la filosofía política de la libertad posea una enigmática fecha de caducidad.

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Fuente: New York Times, “How Working-Class Life is Killing Americans

Para comprender la gran contradicción estadounidense necesitamos entender cómo, más allá de lo que nosotros interpretamos como la batalla de las opciones políticas, toda sociedad dispone de una serie de circuitos gerenciales sobre los cuales se constituye y consolida el orden social. En relación a esta realidad, conviene recordar que el ideal del sueño americano no fue siempre un vacío y abstracto posicionamiento interpretativo utilizado para domesticar a la población. En el momento de su concepción, el sueño americano constituía una promesa socio-política real que llevó a cientos de miles de personas a abandonarlo todo y emigrar hacia el nuevo mundo. Un contexto donde la libertad, en su sentido político y económico clásico, podía llegar a materializarse.

En este sentido, en la vertiente político-identitaria liberal estricta, el sueño americano otorgó a muchos europeos la posibilidad de emanciparse de la eficiente opresión proyectada por los Estados modernos continentales de alta penetración. De abandonar espacios políticamente consolidados donde el poder disponía de los mecanismos necesarios para forzar territorial y subjetivamente un orden social rara vez consensuado. Así, como consecuencia de su inmensidad espacial y de su virginidad político-institucional, los Estados Unidos obtuvieron su identidad y su masa crítica poblacional constituyéndose como el destino ideal de los refugiados políticos. La inmigración religiosa y radical (liberal) británica asentó la base “WASP” del país y esta se complementó con oleadas migratorias posteriores (como la liberal alemana posterior al fracaso de la revolución de 1848) dando a luz al melting pot cultural que conocemos hoy.

Consecuentemente, resulta posible afirmar que el hecho de que el territorio de las trece colonias y posteriormente el Wild-West no dispusieran de las eficientes estructuras gubernativas europeas hizo posible que, en lo referente a su dimensión político-identitaria, el ideal liberal encapsulado en el sueño americano deviniera una promesa real. Bajo un escenario político-gerencial vacío y sin un poder lo suficientemente integrado como para proyectándose masivamente, la negación política que tan eficazmente podía tener lugar en el contexto europeo aquí no podía materializarse. Derivado de esta anemia gerencial, los Estados Unidos, al menos para la población blanca, emergieron como una fuente virtualmente inagotable de libertad negativa. Un statu quo que se consagró como un importante pilar de la identidad nacional del país y que, posteriormente, por medio de un Estado capaz, llego a consolidarse como una realidad institucional efectiva. La (revolucionaria) democracia descrita en 1835 por Alexis de Tocqueville.

Si bien la cuestión identitario-política puede parecer irrelevante a la hora de analizar las bases causales de la distópica realidad distribucional estadounidense, el modelo de la geografía gerencial resulta también crítico para comprender la relación histórica del país con el pensamiento económico. En este sentido, como baluarte original del laissez faire democrático político, la joven república americana hizo del marco interpretativo liberal económico clásico otro importante pilar de su identidad nacional. Surgida de una guerra de independencia librada, entre otras cosas, contra la extractividad fiscal monárquica europea, el país abrazó rápidamente las consignas emancipatorias del liberalismo más radical. Así, al tiempo que el propio George Washington declinaba la oferta de convertirse en rey, el país se propuso emerger libre de la renta económica aristocrático-feudal y de sus cadenas gubernativas. El prisma de la equidad iusnaturalista (blanca) entró en juego y, a la hora de diseñar su economía política, el rompedor ideario capitalista se presentó como la fórmula idónea para reproducir socio-económicamente los principios liberales de la república. El consolidamiento de una realidad en la que el individuo pudiera ser dueño de su iniciativa laboral tanto en el plano distribucional como en su dimensión funcional (la base política de la división del trabajo).

Para comprender qué llevó al pensamiento liberal a ofrecer esta fórmula social como garantía de emancipación del individuo debemos atender, nuevamente, a la escala de los circuitos del poder gerencial. La posición liberal clásica, haciendo alguna que otra conveniente excepción en el plano agrario, concibió la función de producción como una realidad social susceptible de ser gestionada por una ontología productiva individual. El hombre, liberado de su sometimiento a la macroestructura feudal, participaría en la manufactura de utilidad con total independencia funcional y jerárquica con respecto a terceros. Dentro del ecosistema mercantil, el interés y la iniciativa personal serían entronados como el motor único de la movilización del trabajo y estos quedarían blindados frente a toda amenaza extractiva por medio de un Estado consentido (Locke) y por medio del derecho a la propiedad. De esta manera, partiendo del iusnaturalismo individual y del prisma artesanal de la economía, el liberalismo económico concibió una estructura de inmunidad para proteger al ciudadano de todo circuito u ordenación de la producción de naturaleza tiránica. La cura sistémica  frente al sometimiento gerencial y / o la apropiación del fruto del trabajo ajeno (la renta económica).

En el momento de su concepción, la contención de la teoría del valor-trabajo dentro de una conceptualización (capitalista) individualista de la economía tenía todo el derecho lógico a auto-proclamarse como la efectiva consolidación de la libertad en el plano económico. En una economía primordialmente de subsistencia, de auto-trabajo artesanal y donde la oferta difícilmente poseía la potencia escalar para articular un mercado nacional funcional, el capitalismo garantizaba la protección del individuo frente a cualquier injerencia potencial existente. Un contexto macroeconómico donde, gracias a la pobre maduración mercantil, incluso la presión competitiva podía ser descartada como elemento coercitivo distribucional. De esta manera, siguiendo con el marco analítico gerencial, este supuesto constituiría el equivalente productivo al supuesto político que hemos tratado al estudiar las fuentes espaciales de la formación del orden constitucional estadounidense. La libertad negativa mercantil del siglo de las luces.

Sin embargo, lejos de representar un “Fin de la Historia” liberal estable, las bases macroeconómicas de este diagnóstico pronto cedieron ante el fundamento escalar de la productividad industrial.  Así, a la llegada del siglo diecinueve, el impulso productivo que el mismo capitalismo contribuyó a alimentar generó las condiciones bajo las cuales la centralización de los procesos económicos anularía completamente el prisma atomizado de la función de producción. Llegados a este punto, la dimensión gerencial de la economía ya no quedaría dominada por el auto-trabajo artesanal, sino por la gestión centralizada de trabajo(s) en torno a un mismo capital.

Como consecuencia de esta nueva realidad escalar, el mercado nacional pudo obtener finalmente su integridad logística. La creciente capacidad de proyectar oferta intensificó el velo competitivo y pronto todo ciudadano se vio forzado a integrarse en una macroestructura económica de la que ahora, por razones competitivas, ya no cabía la posibilidad de independizarse. El resultado de esta presión sistémica en conjunción con herencia ideológica liberal (el mercado y  la propiedad) fue el nacimiento de la relación salarial. La venta de la fuerza trabajo propia y el sometimiento funcional laboral a un tercero a cambio de una contraprestación pecuniaria.  Así, a medida que la escalaridad manufacturera ganó volumen mercantil, la polaridad entre el ahora (cada vez más desposeído) “mercado laboral” y la recién inaugurada clase capitalista ganaría gradualmente nitidez consolidando dos dimensiones sociales de intereses contrapuestos. Una fractura gerencial cuyas consecuencias distribucionales y políticas pronto devendrían socialmente determinantes.

En último término, el resultado último de esta reorganización de las relaciones de producción derivada del despegue de la productividad fue la abolición de la utilidad emancipadora del paradigma económico liberal. A partir de este momento, la relación entre el actor económico individual y su realidad distribucional quedará intervenida por la figura del capitalista y por las imposiciones de la dinámica competitiva. El dominio funcional del capital sobre la oferta hará efectiva la total desposesión de la clase trabajadora y tanto la contabilidad capitalista (la imperatividad de la exacción del plusvalor) como su facultad para centralizar el empleo (cuello de botella distribucional) garantizarán que este nuevo dominio extractivo sea sistémicamente insalvable.

En esencia, derivado de la creciente escala económica, la formula liberal para proteger al individuo frente a la renta económica y el dominio gerencial feudal garantizó el nacimiento de una macroestructura subjetivamente distinta pero política y operativamente idéntica. El reinado sistémico del capital no solo reproducirá el tracto extractivo en la forma del beneficio contable, sino que también gobernará funcional y vitalmente al resto de la sociedad de acuerdo con su (exclusivo) interés acumulativo. Así, gracias al mercado y a la propiedad privada en combinación con el progreso productivo, el liberalismo económico convirtió en inevitable aquello mismo que este se propuso destruir. La manufactura privada del absolutismo monárquico, el totalitarismo gerencialmente inescapable que llevó a muchos europeos a cruzar el Atlántico en busca de la libertad.

Más allá de la labor contra-insurgente, en gran medida, tanto Estados Unidos como el continente europeo sofocaron la resistencia social a esta “gran transformación” de la mano de una trayectoria acumulativa de suma socio-económica positiva. De un contexto macroeconómico dominado por la virginidad de la espacialidad mercantil extra-agrícola donde la reproducción del capital pudo compaginar la rentabilidad con décadas de accesos materiales (salarios) en crecimiento. En este sentido,  dentro de los límites impuestos por la lógica de mercado, trabajos socialmente necesarios decrecientes en el primer sector transfirieron la fuerza laboral a la manufactura y, bajo el paraguas del contrato social fordista, el capitalismo encontró su cenit sistémico. Un régimen social en el que, a pesar de la fractura de clase, al atender a la comparativa trans-generacional, no existían perdedores. Un motor, común, de progreso.

Si bien entonces la historia parecía demostrar que este post-liberalismo macroeconómico podía “comprar” la voluntad modal por medio de una expansividad virtualmente infinita, la llegada del ocaso de la rentabilidad y del crecimiento mercantil del fordismo pronto reveló que este normal estaba condenado a extinguirse. A partir de entonces, gracias a los pilares del liberalismo clásico (la propiedad y el sistema de mercado), el factor trabajo se ha enfrentado a una deriva macroeconómica que, en conjunción con el empoderamiento escalar capitalista, ha conspirado para sabotear tanto su rédito económico como también su agencia política. De esta manera, escoltados por la automatización y la terciarización precaria, el arbitraje internacional, la centralización de la realización, el monopsonio y la hipertrofia financiera han erosionado gradualmente el derecho distribucional mercantil de la mediana social. La clase capitalista ha utilizado su posición trófica gerencial para secuestrar la política (el coup neoliberal) y ambos fenómenos han sido determinantes a la hora de modular las economías políticas a ambos lados del Atlántico.

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Fuente: McKinsey Global Institute, “A new look at the declining labor share of income in the United States

Sin embargo, si bien esta ha sido una corriente global compartida, los Estados Unidos han demostrado una especial habilidad a la hora de hacer de la fase capitalista intensiva una era socio-económica de inmensa regresividad. Tras la divergencia atlántica que ha convertido al sueño americano en una ontología de la ciencia ficción podemos apuntar a dos factores principales. En primer lugar, como hemos descrito anteriormente, los Estados Unidos se consolidaron históricamente como una idea política íntimamente ligada al liberalismo clásico. Un paradigma organizativo que, catapultado por el imperativo estratégico de la Guerra Fría, ha llegado a dominar el discurso y la política pública hasta el absurdo causal. De igual manera, la integridad mercantil norteamericana (300 millones de personas) ha permitido articular escalas económicas muy superiores a las europeas. Factor que no solo expone el basto acceso al plusvalor del que disponen las híper-élites propietarias estadounidenses, sino que sirve también para explicar las bases financieras de la actual transaccionalidad del poder en Washington.

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Fuente: “The Rise and Fall of the American Dream Post-tax income growth in the US by percentile 1946-2014

Como consecuencia de estos dos elementos, el pueblo estadounidense se ha visto forzado a enfrentarse a la realidad macroeconómica moderna sin las contingencias públicas sociales del modelo continental europeo. Encomendados religiosamente a la formula liberal clásica para regular su geografía socio-económica, la mediana trabajadora del país ha sido triturada moral y distribucionalmente. La escalaridad y la concentración de los flujos económicos contemporáneas han garantizado el fenómeno de la híper-riqueza y nunca antes ha resultado tan difícil para el ciudadano medio acceder a la autopista de la oportunidad.

En base a esta arquitectura causal, podemos dibujar la economía política del sueño americano como la constatación de los límites escalares del liberalismo clásico. La prueba de que, en un contexto de mercado integrado y unidades económicas de alta capacidad, la utilidad de la formula emancipadora liberal original (el sistema de mercado y la propiedad) no solo es ineficaz, sino profundamente contraproducente. El sustento operativo de una macroestructura oligárquica terminal norteamericana que  hoy parece inamovible.

Si bien el statu quo norteamericano no se ha enfrentado a ningún foco de resistencia  doméstica coherente en este último medio siglo, resulta posible que la actual crisis sistémica abone las ideas contra-hegemónicas que acerquen a Washington al modelo europeo. En este sentido, por primera vez tras el (fallido) intento de Roosevelt (FD) de consolidar una carta de derechos económicos fundamentales, elementos del partido Demócrata han comenzado a debatir sobre proyectos redistributivos de calado macroeconómico. De la mano de las figuras más progresistas, el control de la clase billonaria domestica ha irrumpido eficazmente en la narrativa política. La renta básica gana cada vez más peso diagnóstico y conceptos como la sanidad universal operan ya como ejes del posicionamiento político inter-generacional.

Irónicamente, este intento de rescate insurgente del sueño americano está reviviendo gran parte del discurso que hace casi dos siglos surgió en respuesta al consolidamiento del gobierno gerencial salarial en el país. En el caso particular de Bernie Sanders, su discurso actual no resulta distinto de las posiciones del entonces “rojo” partido republicano de Lincoln. El cada vez más recurrente empleo del término “wage slavery” (acuñado en 1836 para vincular el nuevo orden al salvaje Sur) es significativo y relatos como el de Frederick Douglas (quien siendo ex-esclavo llegó a equiparar el trabajo asalariado con la esclavitud) cada vez ganan más notoriedad. Si bien el New York Times nunca reproducirá hoy aquello que este promulgaba en 1869 con respecto a la dinámica asalariada (“a system of slavery as absolute if not as degrading as that which lately prevailed at the South”), gracias al impulso millennial, parece que, a medio plazo, la conciencia sistémica estadounidense puede llegar a cambiar.

Con independencia de cual sea el futuro redistributivo en los Estados Unidos, conviene no olvidar que el modo de producción capitalista nunca cumplirá con los requisitos emancipadores exigidos por el ideal liberal. Sin importar la intensidad macroeconómica de la social-democracia, el anclaje liberal del sueño americano requiere de la abolición de todo esquema gerencial cuyo núcleo sea la anulación política y económica del individuo. De toda estructura de clase (feudal o capitalista) cuya lógica secuestre las posibilidades económicas en beneficio de un tercero.

Afortunadamente para nosotros, la búsqueda de una solución al enfrentamiento entre la concentración escalar-gerencial y la agencialidad política es un reto al que ya nos hemos enfrentado antes. Y conocemos bien dónde encontrar la solución. Anteriormente, hacíamos referencia a cómo la composición social (blanca) de los Estados Unidos había estado fuertemente influenciada por la centralización del poder político dentro de los Estados europeos. A cómo la concentración de la capacidad de manufacturar un orden social ejecutable sobre la totalidad subjetiva y territorial de la polity había creado las condiciones para un éxodo político trans-atlántico. Aquí, en el plano identitario-político, ante la concentración de la potestad gerencial, el liberalismo no abogó (salvo excepciones) por la contención forzosa de la escala, sino por su gobierno democrático (Locke). La transición del Estado Absoluto al Estado inclusivo en el que toda voluntad pueda influir en el gobierno de la potencia escalar. Consecuentemente, podemos re-definir la democracia como la preferencia por el co-gobierno frente fraccionamiento político (infinito) que garantice que ningún ciudadano dispone de poder sobre otro. Una solución tan práctica como iusnaturalista.

Atendiendo al plano económico, por las mismas razones, la lógica liberal no debería de ser distinta. Contener la escala o reducirla en aras de reproducir la ontología productiva liberal clásica sería una catástrofe en términos de nuestra capacidad de manufacturar riqueza. En el supuesto contrario, como hemos visto, permitir que la escala económica crezca bajo el ideal liberal clásico nos conduce a la distopía de naturaleza salvaje. Un escenario oligárquico en el que tanto la inclusividad política como la justicia distribucional acaban amordazadas por la estructura de clase. Consecuentemente, con el fin de materializar la independencia económica y política del individuo, la socialización  democrática de los medios para producir constituye la única forma de compaginar el liberalismo económico con la alta escala productiva. El medio por el cual toda preferencia individual pueda encontrar su legítimo reflejo material.

El escritor estadounidense Edward Abbey mencionó una vez que si América pudiera re-constituirse como una nación de granjeros auto-suficientes, de cazadores, de artesanos, de rancheros y de artistas ningún rico ostentaría el poder para dominar o gobernar a un tercero. Que en eso consistía el sueño americano. Sin haberlo hecho explícito, Abbey acababa de describir la inherente tensión entre la independencia política (y distribucional) y la escala gerencial (política y económica). El dilema bajo el cual el liberalismo y la prosperidad solo pueden compaginarse por medio de la democracia. En base a esta realidad, el diagnóstico resultante solo puede ser uno: el fin del capitalismo estadounidense constituye un paso necesario para restituir las condiciones que otrora dieron sentido al sueño americano. La tercera y última batalla de su revolución.

 

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