Democracia, el Centro Político y el Caos

El New York Times publicó recientemente un artículo en el que trataba el “nihilismo político” como potenciador y arma electoral del movimiento social encabezado por Donald Trump. En dicho texto, el diario estadounidense se hacía eco de una investigación llevada a cabo por científicos de la Universidad de Aarhus y la Universidad de Temple en la que se trataban las causas tecnológicas y socio-políticas de las “fake news”. En particular, se analizaban los inductores de la producción y diseminación de “low evidential basis information” y su impacto sistémico en las “democracias maduras”. Un estudio en el que se exploran las raíces psico-políticas de la desinformación utilizando muestras tanto de una población estadounidense como de una danesa.

Obviando el –irónico- hecho de que un paper sobre las “fake news” parta de la imposible asociación entre la representación política y el ideal democrático –en términos originales griegos-, el interés y la novedad de este documento radicaba en que la mencionada investigación incluía un muestreo de la intencionalidad “insurgente”. Además de la exploración de la dinámica tecnológica, la iniciativa incluía también el estudio de las razones psico-políticas que llevan a una persona a participar activamente en la escalada demagógica. A participar en  aquello a lo que el New York Times responsabiliza del ascenso y consolidación política del “Trumpismo”. De ahí la relevancia y la intencionalidad obvia del artículo.

Al respecto, en lo relativo a la forma que los autores de dicho estudio habían decidido presentar la causalidad descubierta, la noticia no podía ser más perfecta. La investigación, quien este verano ganó el premio al mejor paper de psicología política en conferencia anual de la American Political Science Association, presentaba por primera vez la hipótesis de que el responsable de toda esta cascada de despropósitos es el atractivo político del caos. El resplandeciente halo de la crítica política indiscriminada propulsada simplemente y llanamente por el deseo de dinamitar –literalmente- el statu quo. Una motivación imposible de integrar en la ontología liberal bajo la cual, en el plano de la “competición de ideas”, el peso del argumentario es quien gobierna la destrucción creativa. El fin aquí es ver el mundo arder, no –necesariamente- cambiarlo.

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Por razones que no son difíciles de comprender, tanto el New York Times como los autores del propio estudio presentaron este “yihadismo” ontológico como un vector político altamente peligroso para la estabilidad social de la democracia. Si este fenómeno existe y si las nuevas tecnologías constituyen un multiplicador de fuerza para el deseo de manufacturar odio, de quebrar legitimidades y de relativizar la verdad, el problema, por muy subjetivamente residual que sea, es capital. Una gravedad que sin duda podría legitimar el despliegue de contramedidas interpretativas selectivas como la censura.

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Sin embargo, si bien de la conclusión de dicho estudio se podría pensar que los defensores de la democracia se encuentran sitiados por un enemigo asimétrico que no entiende de reglas, este constituye un diagnóstico sociológico, como poco, parcial. De acuerdo con la propia investigación, la distribución de la propensión al ideal destructivo indica que esta inclinación está fuertemente relacionada con la lógica anti-sistema más genérica. Así, si bien los defensores del Trumpismo destacan en su predisposición a flirtear con ideas inherentemente explosivo-suicidas –como acoger de buena gana el fin del mundo-, estos no son clínicamente únicos. Aunque en menor medida, el estudio encontró igualmente que este cuadro sintomático se reproduce también en los seguidores de figuras díscolas como Sanders. No tan sorprendentemente, se probó también que la frase “no podemos arreglar nuestras instituciones, bebemos derruirlas y empezar de cero” dispone una correlación especialmente negativa en aquellos que simpatizan con Hillary Clinton.

Utilizando estos datos, blindar el statu quo mediante una narrativa que alimente el miedo a una radicalidad poco constructiva que simpatiza con el Armagedón constituye una tentación que es bastante difícil de reprimir. Gráficamente y teóricamente, la representación del sistema estadounidense como una fortaleza de centralidad política que defiende la democracia frente a ambos extremos del espectro político -quienes puede demostrarse que buscan destruirla- es sin duda una narrativa altamente tentadora y, presumiblemente, también bastante rentable. Una cima moral desde la cual es posible reprimir un cambio que, a medida que el siglo XXI avanza, parece cada vez más volátil e inminente. Sin embargo, científicamente, esta tesis es extremadamente débil. Como poco, estos datos necesitan de una contundente reinterpretación.

El problema causal de esta narrativa radica en que, por mucho que este estudio revele que determinados estratos políticos busquen la destrucción del ecosistema socio-político actual, la representación ideológica y normativa que se elabora de este hecho es completamente falsa y artificial. Y lo es en varios planos. La gran negligencia interpretativa que se realiza al abrazar los resultados de este estudio es obviar deliberadamente un dato crítico que echaría por tierra la fábula política que se ha pretendido derivar de los mismos. Lo cierto es que, aquellos que este estudio identifica primordialmente como radicales, son aquellos que, en otros estudios, se ha demostrado que tienden a disponer de un mayor apego por la democracia. Algo de lo que el propio New York Times se hizo eco a colación de los resultados de otra investigación.

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Fuente: The Centrist Paradox: Political Correlates of the Democratic Disconnect 

El hecho que la colusión subjetiva entre “radicalidad” y militancia democrática nos resulte sorprendente es fuertemente indicativo de que nuestra forma tradicional de representar la geografía ideológica es manifiestamente irreal. Especialmente, en lo referente a la forma que tenemos de interpretar el centro político y la famosa “mayoría silenciosa”. Al respecto, nuestras lentes analíticas tradicionales tienden a asumir que todo individuo puede colocarse dentro de un continuo político que transcurre desde algo que hemos definido como “la izquierda” y algo que hemos parametrizado como “la derecha”. Una distribución cuyo origen se remonta a la geografía parlamentaria francesa de 1789 y cuya escenografía nos obliga a asumir -subconscientemente- una serie de elementos que, atendiendo al mundo político real, no existen.

Aproximarse a la realidad política mediante el instrumento espectral es particularmente peligroso porque asume que la ideología es algo inherente a cada persona. En otras palabras, asume que todo ciudadano posee una y que esta puede describirse mediante una coordenada situada un discreto continuo. La realidad, sin embargo, nos ha expuesto que detrás de las preferencias políticas existe una geografía sociológica mucho más compleja. En este sentido, se ha probado que la gran mayoría de la ciudadanía carece de una estructura lógica de valores y opciones públicas que pueda ser integrada bajo el ala normativa de una “ideología”. Solo una minoría opera políticamente en estos términos. La sociedad se rige, primordialmente, por la inercia tribal y la resistencia psicológica al cambio: la teoría de la justificación sistémica. En política, a diferencia de tal y como las plantea el paradigma liberal, la agencialidad y la racionalidad contemplativa son sorprendentemente residuales.

En base a esta realidad, el hecho de que la estadística nos indique que aquellos vectores que pretenden destituir el orden establecido sean los mismos que muestran un mayor apoyo al ideal democrático ya no es tan sorprendente. Ya pertenezcan al credo “Alt-Right” o al culto humanista, las poblaciones altamente ideologizadas no solo son mucho más propensas a distanciarse del normal político, su marginalidad y sus fuertes posicionamientos favorecen también defensas de la distribución del espacio político más contundentes. Frente a lo normal, ser rebelde y operar –comparativamente- altas complejidades políticas hace que la búsqueda y la defensa del territorio político propio devenga crítica tanto táctica como moralmente.

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El caso británico. Fuente: Open Democracy

Por el contrario, frente a la dinámica de estos grupos díscolos, el centro político es frecuentemente autoritario. Debido a su apego a la estabilidad ontológica o debido a que esta carece de los fuertes posicionamientos que desencadenarían una respuesta inmunitaria al despotismo, la “mayoría silenciosa” tolera e incluso alienta gobernanzas comparativamente tiránicas. En demasiadas ocasiones, al centro político no le importa que el normal aplaste a lo desconocido. Consecuentemente, la descripción que se hace de la actual tormenta política polarizada es manifiestamente falsa. No existe una fortaleza democrática militante central que hoy se encuentre sitiada por insurgencias despótico-suicidas periféricas. Sobre el terreno, como se ha podido demostrar, la realidad es mucho más compleja.

De esta manera, teniendo en cuenta esta geografía fáctica, solo podemos especular sobre los motivos que llevan hoy a determinados estratos ciudadanos a abrazar el nihilismo socio-político. En este sentido, la opción obvia es pensar que la imposibilidad política de penetrar el centro ontológico desespera psicológicamente al individuo “rebelde”. Si ante un muro de inercia sistémica el cambio es imposible, entonces la inmolación sociológica adquiere un sentido táctico. En consecuencia, no jugar de acuerdo a las reglas y ver con buenos ojos al candidato sistémicamente más explosivo es relativamente lógico. Votar a Trump o poseer una imagen subconsciente positiva de este refleja -también- una intencionalidad instrumental destructiva. Demoler un modelo de sociedad en la que, al menos en el plano político, no uno no desea convivir. 

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Fuente: The Centrist Paradox: Political Correlates of the Democratic Disconnect 

Si esta hipótesis fuera cierta, la perspectiva de futuro occidental bien podría incorporar dosis crecientes de nihilismo caótico. En este escenario, a medida que factores educativos, tecnológicos y sociales contribuyen a mayores grados de polarización política, la incompatibilidad entre los distintos proyectos de polity solo puede crecer. La sociedad –en términos agregados- perderá gradualmente la capacidad de responder a las inquietudes y preferencias de una creciente diversidad y ello cultivará y alimentará el pensamiento socio-destructivo. Un circuito que bien puede retroalimentarse y cuyas consecuencias aún no podemos predecir.

Aunque esto pudiera llegar a materializarse, como afirman los propios autores de este estudio, la existencia de este fenómeno no tiene por qué estar asociada con la acción insurgente y el renacimiento doméstico de la violencia política. La presente fenomenología bien puede quedar contenida en el plano electoral. En cualquier caso, con caos o sin él, todo el mundo parece estar de acuerdo en una cosa: el horizonte arquitectónico, interpretativo y político de nuestras sociedades se encuentra en plena transformación. Y nadie sabe realmente hacia dónde vamos.

 

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