Womenomics y el Estancamiento Secular: ¿El Gran Rescate Femenino de la Economía?

Dado el contexto macroeconómico presente, no hace falta estar en la piel de Larry Summers para interpretar que el universo acumulativo que nos rodea está perdiendo fuelle. A pesar de un bajo desempleo trans-atlántico, la inflación se resiste a crecer. La inversión empresarial y el crecimiento de la productividad se muestran incapaces de evadir su letárgica trayectoria moderna y todos los indicadores apuntan a la saturación del espacio comercial rentable. La economía, en términos reproductivos, se muere.

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Al problema de la madurez macroeconómica sobrevenida hay que añadirle la imposibilidad de que la herramienta monetaria y el crédito fiscal resuelvan este normal y atajen la problemática tendencia de nuestra geografía económica a la sobreacumulación. Al hoarding crematístico masivo derivado la falta de opciones de inversión. En la medida en la que el espacio efectivo en el que los Bancos Centrales y la redistribución inversa pueden “estimular” la economía se agota, la era de la esperanza monetario-expansiva está llegando a su lógico ocaso funcional. Un contexto en el que, sin importar el volumen de dinero circulante disponible, la base del –buen- empleo y del desarrollo mecánico de nuestra sociedad simplemente carece del impulso causal necesario bajo la operativa de la ley del valor. En el que, ante la perspectiva de una espacialidad comercial finita, la realidad empresarial ha entrado en una dinámica fagocitaria donde el salario modal creciente deviene una figura econométrica mitológica.

Si el marco Keynesiano, el MMT-ista y el neoliberal fiscal de la reanimación macroeconómica de nuestro ecosistema productivo no fueran lo suficientemente problemáticos, hemos de considerar también que vivimos un momento histórico en el que el imperativo medioambiental nos aconseja amablemente reducir drásticamente nuestra huella material. Re-calibrar a la baja la dimensionalidad espacial de la economía y cercenar salvajemente el flujo extractivo que discurre desde el plano natural. “Crecer”, hoy más que nunca, significa adoptar una perspectiva cortoplacista. Un planteamiento evolutivo eminentemente suicida.

De una u otra manera, muchos autores tienden a interpretar la colusión temporal próxima del impedimento lógico-sistémico, utilitario-espacial y ecológico a la reproducción de la economía como el juicio causal inescapable y definitivo del que el sistema ha logrado escapar en ya demasiadas ocasiones. Una venganza perfectamente orquestada por el universo para dar fin a un método de organizar la producción tan orgánicamente ineficiente como moralmente corrupto. Esta noción premonitoria del colapso acumulativo global gravita en torno a un marco analítico en el que conviven y se inter-relacionan las grandes tendencias econométricas y vectores relativamente accidentales a la dinámica económica. Un plano en el que se mezcla el estudio técnico de la vectorialidad monetaria, de la gestión de la demanda y de la arquitectura de la oferta con el análisis de la naturaleza expansiva del beneficio, la visión conspirativa del neoliberalismo y la interpretación acumulativa de la globalización.

En base a esta lógica, resulta relativamente frecuente encontrar argumentos que defiendan que la reproducción sistémica solo ha alcanzado el nuevo milenio gracias a la concatenación de coyunturas políticas que redundaron en impulsos acumulativos masivos -hoy amortizados-. El propio Keynes interpretó que fue la Segunda Guerra Mundial y no el New Deal quien rescató al capitalismo occidental, Harvey conjugó el éxito político de la revolución neoliberal con la orografía acumulativa y muchos han relacionado la expansión financiera reciente con la necesidad estructural de abandonar los límites comerciales de la esfera real. De igual manera, en términos macroeconómicos, la caída del bloque del Este suele interpretarse comúnmente como el balón de oxígeno que garantizó una extensión vital a la reproductibilidad general por la vía de una economía verdaderamente global. Por medio de la incorporación al sistema de una reserva industrial de trabajadores subjetivamente inmensa, de opciones de deslocalización virtualmente ilimitadas y de un diferencial escalar operativo con el cual el capital puede extorsionar distribucionalmente al Estado. Una multiplicación del espacio circulatorio y reproductivo que tuvo lugar al tiempo que la irrupción digital revolucionaba por completo el campo de la productividad.

Si existe un supuesto nacional en el que la  tesis de la tormenta perfecta de la que no existe salida adaptativa resulta particularmente aplicable, ese es el contexto macroeconómico japonés. Para el mundo occidental trans-atlántico, el concepto del estancamiento secular y la heterodoxia monetario-fiscal constituyen campos teóricos y funcionales relativamente nuevos. Exóticos escenarios macroeconómicas a futuro con las que los teóricos generalistas flirtean con una radicalidad conceptual de la que nunca llegan a derivarse consecuencias prácticas. Para el país nipón, sin embargo, estas dos realidades representan el normal económico con el que han convivido desde hace tres décadas. El escenario heredado de gran crisis japonesa de los años noventa que ha obligado al gobierno nipón a hacer un uso convencional y heterodoxo de todo el instrumental macroeconómico a su alcance.

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La lucha entre Tokio y una geografía sobreacumulada que interactúa depresivamente con una masa poblacional trabajadora nacional decreciente constituye una contienda altamente instructiva desde múltiples puntos de vista teóricos. En respuesta al estancamiento reproductivo, Japón ha llevado la política de la “estabilización” macroeconómica hasta los límites funcionales del impulso circulatorio. El país ha operado desde la gran crisis nipona con precios del dinero a nivel de suelo, con déficits fiscales permanentes, con inyecciones de liquidez masivas a la banca comercial y con programas de compras de bonos del tesoro equivalentes al 100% del PIB. Tokio ha lanzado todo el instrumental de la mesa de operaciones contra el paciente y la economía sigue sin despertar. El capital japonés se niega a invertir en nuevas y mejores capacidades y tanto el ejecutivo como el Banco Central de Japón han terminado aceptando que, sin usurpar la posición sistémica del capitalista, ya no se encuentran en una posición funcional desde la que poder inyectar movimiento a la economía.

Si atendemos a la trayectoria macroeconómica japonesa posterior a la gran crisis financiera, veremos que el PIB per cápita nipón ha aumentado a un ritmo sustancialmente mayor que el del resto de las economías avanzadas. Pero ello solo refleja que la pirámide poblacional del país sufre un nivel de estrés estructural mucho más intenso que el de cualquier economía comparable. La producción japonesa prácticamente no ha crecido en términos reales, lo que ocurre es que esta se produce y se consume por un número cada vez más reducido de personas. Japón ostenta uno de los ratios de población trabajadora –como porcentaje del total- más bajos de la OCDE y su reserva laboral industrial se enfrenta a unas proyecciones a futuro verdaderamente cataclísmicas.

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Ante esta crisis multidimensional, el tridente fiscal, monetario y desregulador de la “Abenomics” se ha mostrado completamente impotente y Tokio se ha visto forzado a encomendarse a opciones macroeconómicas aún más exóticas –para su economía política tradicional-. El país ha bendecido la opción del empleo no-regular (precario), ha flexibilizado considerablemente su política migratoria y optado hasta por regala la residencia –física- con tal de expandir su plataforma económica orgánica. Si la opción intensivo-tecnológica se encuentra funcionalmente cercenada por la rentabilidad del capital, entonces el ejecutivo explorará vías alternativas para incrementar la masa crítica del plusvalor por medio de la movilización económica de la extensividad.

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Uno de los puntos focales más centrales de la campaña japonesa por rescatar la geografía circulatoria de su economía tiene como vector fundamental la integración paritaria de la mujer en la esfera de la producción y en el circuito de la realización. La industrialización de la esfera femenina como método para expandir la realidad social en la que el capital doméstico puede articular su reproducción. Si atendemos a la realidad social nipona, la participación laboral de la mujer está 18 puntos porcentuales por debajo de la de los hombres (62% frente al 80% masculino). Reducir dicha brecha de género a cero implicaría inyectar a la economía japonesa el potencial productivo y consumidor de 8,2 millones de mujeres, el equivalente a un impulso extensivo que dispararía el actual PIB nipón en un 15%. Cientos de billones de dólares de Keynesianismo femenino que garantizarían a un sistema inmune al tratamiento neoliberal-monetario de su ecosistema circulatorio un precioso tiempo acumulativo.

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La estrategia de la movilización económica de la mujer del ejecutivo japonés nos ofrece una perspectiva actual sobre una deriva social cuya centralidad causal macroeconómica tiende a obviarse o a darse por hecho en demasiadas ocasiones en el reino de la economía política. Una deriva que debe hacernos reinterpretar la historia de la espacialidad acumulativa agregada y que puede resultar clave a futuro en términos de la gestión sistémica del estancamiento secular.

A pesar del abrumador silencio teórico al respecto, el que hoy Goldman Sachs califica como el “activo” más infrautilizado del archipiélago nipón representa el instrumento reproductivo sin el cual, probablemente, la sostenibilidad circulatoria del capitalismo hubiera colapsado hace –mucho- tiempo. La gradual activación sistémica de la mujer fuera de los límites funcionales de la supremacía patriarcal en el hogar constituye el episodio expansivo más determinante de la historia macroeconómica de la ley del valor. Un desarrollo de una envergadura muy superior al rápido avance de la comodificación de la utilidad y a cualquier otra coyuntura extra-económica alternativa. El acontecimiento socio-político que, esencialmente, duplicó la masa crítica de la economía –monetaria-.

En un artículo previo expusimos la importancia de las relaciones de poder a la hora de determinar qué espectro de la realidad resulta mercantil y cual no está sujeto a las dinámicas operativas de la ley del valor. Qué parte de la realidad social se valora y mide en base a su capacidad de reproducir dinero y cual queda vinculada a lógicas interpretativas alternativas. Hasta hace relativamente poco, solo el plano social masculino constituía verdaderamente una realidad completamente subordinada a las dinámicas reproductivas del capital. Una esfera funcionalmente vinculada a la realidad salarial y a la estructura gerencial bajo la cual se genera el beneficio contable. En el caso de la mujer, su posicionamiento tradicional ha estado funcionalmente vinculado al hogar y al ámbito de gobierno de la figura masculina. A una realidad social en la que la participación en la economía por medio del trabajo doméstico no redundaba –directamente- en la manufactura del beneficio contable. Un campo social ajeno a la espacialidad circulatoria de la renta salarial y del consumo masivo.

La liberación político-social de la mujer y la irrupción interpretativa de la igualdad entre ambos sexos supuso la ruptura del orden domestico tradicional y el desmantelamiento de su arquitectura distribucional. La mujer dejó de constituir “propiedad” patriarcal y de depender de la participación salarial del hombre en la economía monetaria. El sexo femenino se auto-proclamó como actor económico autónomo y su realidad distribucional pasó a regirse enteramente por su desempeño en el mercado. La mujer abandonó su categorización como un bien “productivo” bajo el gobierno gerencial masculino para convertirse en un activo industrial sujeto al interés acumulativo del capital. Un activo cuyo valor dependerá en gran medida de su capacidad para reproducir dinero en el circuito mercantil.

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Por razones espaciales obvias, la transición femenina de una esfera ajena a la ley del valor –el hogar- a una realidad mercantil supuso un impulso sistémico agregado de enormes proporciones. La esfera de la productividad mecanizada no solo dobló su fuerza laboral disponible –y por tanto su output potencial-, también expandió enormemente las opciones de realización disponibles dentro del mercado. La desertización del hogar provocó su automatización –electrodomésticos- y múltiples sectores de la economía pudieron especializarse en cubrir la geografía de la nueva utilidad. De esta manera, la industrialización de la mujer y su incorporación como un instrumento reproductivo más dentro de la economía monetaria constituyen el fenómeno acumulativo más relevante del último siglo. Un acontecimiento generalmente olvidado sin la cual nuestra historia económica reciente no hubiera sido posible.

Si en el pasado la consolidación acumulativa de la mujer ha constituido la vacuna extensiva por excelencia ante el estancamiento secular, cabe preguntarse si esta receta macroeconómica resulta todavía aplicable al contexto depresivo contemporáneo. Explorar si la fórmula femenina que baraja el ejecutivo japonés frente a la inoperatividad de las contramedidas clásicas y frente al envejecimiento poblacional puede constituir un vector macroeconómico sistémico plausible. En este sentido, el empoderamiento mercantil femenino como medida Keynesiano-social frente al estancamiento secular posee unas cualidades altamente útiles dado nuestro contexto sistémico.

Por un lado, la activación salarial femenina resulta una medida capaz de circunvenir la manifiesta incapacidad actual de la vía monetaria sin incurrir en los riesgos que sí presenta esta opción. Incrementar la participación femenina en la esfera de la ley del valor tiene una eficacia reproductiva demostrada y no redunda en riesgos comparables a la alta volatilidad. Por otro lado, en un momento político en el que el “reemplazo poblacional” migratorio se enfrenta a una resistencia interpretativa considerable, explotar los recursos humanos domésticos siempre ofrecerá una salida extensiva relativamente accesible. Una salida que puede proyectarse en un contexto culturalmente propicio como uno de los vértices de la revolución feminista del nuevo milenio. Por último, el empoderamiento laboral femenino resulta una medida que ostenta una alta potencialidad doble. No solo existe todavía un alto margen para la industrialización de la mujer en todo el planeta, sino que hacerlo influye positivamente en la tasa de fertilidad. Una inversión con un doble beneficio extensivo.

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Si atendemos a las proyecciones realizadas por McKinsey, la participación laboral paritaria entre hombres y mujeres incrementaría el PIB global de 2025 en 28 trillones de dólares, un 26% más en comparación al escenario de control. El equivalente al volumen contable combinado actual de la economía china y la estadounidense. Si la economía global se aproximara a un escenario más moderado en el que todas las regiones imitaran las mejores prácticas del actor regional modelo, el PIB planetario en 2025 habría incorporado a su cifra agregada el peso combinado actual de la economía japonesa, alemana y británica. Bajo cualquier escenario, la magnitud del retorno monetario-acumulativo de una revolución político-social femenina resulta masivo. Y esta es una inversión que ni el propio capital tiene que financiar.

McKinsey interpreta además que el vector femenino se encuentra altamente marginado en la mitad del espacio económico planetario, una extensa orografía inmoral que los gobiernos deben intervenir en aras de liberar un potencial económico capaz de “rescatar” al dinamismo acumulativo del capitalismo global. Capaz de reactivar un ecosistema reproductivo transnacional que hoy se arrastra por el fango y de presentar el avance subjetivo de la relación de producción hegemónica como un símbolo de moralidad. La iniciativa progresista que, a un coste potencial muy bajo, puede “comprar” medio siglo de reproductibilidad sistémica.

La cuestión femenina es, en definitiva, un vector cuya centralidad política puede crecer -también- como consecuencia del estancamiento secular. Un vector que, como las mujeres japonesas han manifestado y denunciado, no equivale –necesariamente- a la noble causa de la emancipación ni a la defensa de la libertad individual, sino a la sustitución de la propiedad patriarcal por el reino gerencial del capital. En la medida en la que nos adentramos en una era en la que la heterodoxia operativa de la acumulación crece, la gestión social –y no tanto la vectorialidad salarial- ostentará una importancia sistémica creciente. La arquitectura distribucional y operacional de nuestras sociedades cambiará y resulta altamente probable que el normal socio-político de género planetario tenga los días contados. En virtud a lo analizado, cómo responda el mundo femenino a las demandas de la industrialización acumulativa puede tener consecuencias abolicionistas mucho más allá de la supervivencia funcional del patriarcado.

 

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