Gobernar el Salario Mínimo a la Prosperidad

El debate actual sobre el salario mínimo interprofesional representa todo aquello que ha fallado en el campo de la disciplina económica. El triunfo ontológico de la superchería, la institucionalización de la racionalidad más irracional y el abandono de los objetivos fundamentales de la ciencia. La presentación del gobierno español de un acuerdo presupuestario que contempla un salario mínimo de 900€ ha hecho saltar todas las alarmas macroeconómicas y las voces que vaticinan un colapso del empleo y un frenazo de la actividad económica no han tardado en aparecer. Lejos de ser una sorpresa, gran parte del aluvión de críticas y descalificaciones emanan de quienes dicen estudiar y salvaguardar las leyes de la economía en beneficio de todos. En aras de la consecución de un mayor grado de prosperidad.

Esta entrada no pretende entrar a debatir sobre la amplísima colección de estudios econométricos que exploran la multiplicidad de efectos y vectores causales que intervienen al modificar al alza el salario mínimo. No se discutirá sobre el margen monopsónico, sobre el diferencial entre la productividad y los costes laborales o sobre las implicaciones que ello traslada al circuito acumulativo. Ese debate es irrelevante y políticamente inerte. Cuando tratamos cuestiones económicas discutimos sobre derechos sobre cosas y sobre los instrumentos de los que dispone el ser humano para materializarlos. Todo aquello que se desvíe de esta conceptualización tiende a esconder agendas políticas ocultas, se expresen estas de una manera consciente o inconsciente, sistematizada o a gritos.

El salario mínimo interprofesional equivale al nivel mínimo de poder político que el sistema te garantiza por encuadrarte dentro de la relación de producción capitalista. Representa pues un vector de legitimidad manufacturado previa sumisión a un poder, al del capital. Dicha legitimidad es el mecanismo por el cual el trabajador es capaz de acceder posteriormente a la geografía material, a la de las cosas que este quiere o necesita. Pero obviemos por ahora todo aquello que guarda relación con la cuestión de clase, obviemos que estamos tratando con un mecanismo que instituye un diferencial de agencialidad política artificial entre iguales.

El debate sobre el salario mínimo tiende a gravitar en torno a la idea de que permitir que el trabajador acceda a un determinado volumen de bienes o servicios (el SMI) tiene repercusiones negativas en el campo del dinamismo económico. Una relación lógica que dice mucho sobre la naturaleza científica de una estructura teórica que necesita institucionalizar escasez con el fin de articular prosperidad. Esta regla general posee distintos grados de tolerancia. La posibilidad de que el salario mínimo se traduzca en un deterioro generalizado de la rentabilidad y por ende en un debilitamiento del dinamismo acumulativo es una cuestión intrínsecamente relacionada con la escala económica. Y es aquí donde nuestro marco hipernormal comienza a poner en duda nuestra posición como especie sapiens.

Supongamos una economía en la que, como en el caso español, gran parte de la geografía productiva esté compuesta por unidades productivas minúsculas. En este caso, el SMI puede, hipotéticamente, imponer un coste desproporcionado a un ciclo acumulativo cuya esfera de la realización procesa –factura- una suma modesta de plusvalía realizada. La rentabilidad se resiente, el polo capitalista choca con su incapacidad para reproducir acumulativamente su posición de rentista y en conjunto provocan una contracción generalizada de la actividad. Una huelga capitalista, la explotación política del secuestro efectivo de la función de producción y su traducción en desempleo, precariedad y ausencia de desarrollo de las fuerzas productivas.

Este ejemplo evidencia que la productividad es un factor crítico a la hora de analizar la viabilidad del SMI dentro del contexto socio-económico contemporáneo. Y podemos concluir que, como función de la escala económica, el grado de productividad medio de una economía es el límite sistémico a la cantidad de legitimidad política que un determinado capital puede otorgar a sus trabajadores mediante el salario. El límite a la cantidad de cosas a las que estos pueden posteriormente acceder.

La pregunta a la que nos lleva esta apreciación es muy sencilla. Si nuestro fin como sociedad es garantizar el mayor volumen de riqueza material per cápita posible, ¿por qué no explotamos el SMI como un sistema de barrido de las estructuras productivas menos eficientes? ¿Por qué no borramos mediante las políticas públicas la posibilidad de que una geografía productiva sub-óptima condene a gran parte de los trabajadores a un nivel de acceso material contrario a todo ideal humanista? Conseguirlo no es complicado, la humanidad ya experimentó con el modelo Rehn-Meidner en el pasado. La economía puede y se debe gobernarse. Y si el modo de producción capitalista se muestra como un impedimento a la consecución de los objetivos de desarrollo económico y social que nos hayamos propuesto, deséchese.

Nada nos impide implementar un SMI de 900€. Las pequeñas y medianas empresas pueden quebrar, no nos importa. Que lo hagan, son estructuras de una ineficiencia escalar vergonzante. La sociedad no puede consentir hacer depender el nivel de acceso a la riqueza de gran parte de su población de la capacidad de estas de acumular e invertir en expandir su capacidad productiva. Que tomen el relevo aquellas que sí pueden operar garantizando un nivel salarial acorde con lo que nosotros hemos considerado apropiado. Y auméntese después, gradualmente. 1200€ de SMI, repitamos el proceso. El Estado puede reciclar fuerza de trabajo educándola gratuitamente e incorporándola después a procesos de una complejidad creciente. La manufactura pública sostenida de las bases humanas de una economía de alta productividad. No existen excusas para no movilizar a todo activo humano dentro de una economía, toda alternativa constituye un escenario sub-óptimo.

¿Generaremos monopolios? Probablemente. Eso solo quiere decir que la productividad es una derivada del grado de centralización que se consigue mediante la explotación escalar de los distintos procesos intervinientes tanto en la producción como también en el campo de la realización. Impónganse entonces controles de precios. Que dicho capital no sea capaz de imponer barreras de acceso artificiales al grado de legitimidad material que hemos decidido otorgarle a cada ciudadano. ¿El capital pretende deslocalizarse? Volvamos a levantar los controles de capital internacionales –and make capitalists pay for it-. Nuestro objetivo es aumentar el volumen de cosas a las que un trabajador tiene derecho por el hecho de producir, y lo conseguiremos forzando un escenario escalar cuya productividad materialice ese destino. Por encima de cualquier otra consideración.

Llegará el día en el que nuestra lista de requisitos asfixie al capital y a su circuito acumulativo. Finalmente, no le será rentable servir a los objetivos de desarrollo socio-económico de nuestra sociedad. Abólase entonces la ley del valor e impóngase el control político de la producción para garantizar que el grado de acceso material de todas las personas siga creciendo como anteriormente. La desarticulación de la relación salarial y la lógica conclusión del mecanismo de mercado constituirán la última estación de una trayectoria incremental que habrá supeditado la fenomenología acumulativa al servicio de fines sociales de naturaleza material. Una sociedad que habrá tomado las riendas de su propio destino. Rompiendo con el absurdo argumental económico por el cual el nivel de acceso de una persona a bienes y servicios depende de la capacidad reproductiva general del capital dentro de un espectro escalar determinado.

Resulta humillante para las mentes más brillantes de la disciplina que ninguno de sus integrantes haya dado con que podemos revertir el debate del SMI y construir una dicotomía en la que el terreno elevado causal lo ocupe la sociedad y no la mística de la ley del valor. Podemos modular el SMI (el grado de acceso material a la riqueza del trabajador) de acuerdo con los límites escalares de nuestra geografía económica, lo que hacemos hoy en día. Siguiendo esta ruta seremos permanentemente pobres, siempre existirá la escasez para gran parte de nosotros. Lo que nadie parece entender es que podemos revertir esta relación. Modular nuestra economía (escalarmente) para conseguir un SMI objetivo que garantice una densidad material per cápita determinada con antelación. Si hace falta desarticulando el modo de producción capitalista, lo cual ocurrirá llegados a un determinado grado de centralización. Que nadie haya llegado a esta conclusión solo demuestra hasta qué punto las delirantes conceptualizaciones de la “libertad individual” han cegado y prevenido a la ciencia económica de servir a sus objetivos más elementales.

Este experimento nos ofrece la posibilidad de embarcarnos en una autopista productiva a través de la cual forzaremos la entrada de los robots en cada vez más ámbitos nuestra realidad productiva. Nos liberaremos finalmente del trabajo. El rendimiento termodinámico tendrá opciones de mejorar, nuestras sociedades podrán combatir la anomia y la crisis de ansiedad económica de una manera efectiva y el espíritu de la modernidad tendrá –por fin- una traducción político-productiva auténtica. Para conseguirlo no necesitamos de grandes marcos teóricos, basta con empezar a ver aquello que siempre ha estado delante de nuestras propias narices.

 

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