The Winner Takes it All: La Centralización de la Realización y sus Consecuencias Distribucionales

Si nos ponemos en la piel del mejor tenor del país a principios del siglo XX, nuestro modelo de negocio autopropulsado tendrá una asegurada pero muy limitada espacialidad en el ámbito de la realización. Cada semana actuaremos un par de noches en una serie de escenarios predeterminados, ante un público reducido pero selecto e intentando esforzarnos al máximo para ofrecer el mejor recital posible de manera sostenida en el tiempo. No pasaremos hambre, pero nuestra competencia tampoco. Nuestros rivales directos en el escenario podrán explotar infinidad de escenarios a nivel nacional. Potencialmente, todos aquellos en los que no coincida que actuemos nosotros esa misma noche. Por su parte, para nuestros rivales menos directos y cuyo talento deja más que desear, es probable que dicho oficio les siga siendo viable. Al fin y al cabo, los escenarios locales nunca podrán permitirse contratar a las grandes personalidades del sector. En total, en este escenario, la pasión de un país por su ópera podrá sostener financieramente una estructura de tenores diversificada espacial y cualitativamente.

Pero esta realidad no durará mucho, pronto entrará en juego la tecnología. De un día para otro llegará la capacidad de almacenar en un compacto objeto diversidad de piezas musicales. Los representantes de las compañías musicales se aglutinarán en nuestra puerta, buscarán la mejor interpretación. Nos llevarán a un estudio, grabaremos y negociaremos un acuerdo compensatorio a futuro. A partir de ese momento la geografía de la ópera en el país habrá cambiado por completo. La grabación de la interpretación perfecta habrá logrado sintetizar en un objeto portátil la experiencia que solo un grupo selecto de personas podía disfrutar cada semana. Un objeto capaz de reproducir nuestra actuación todas las veces que el usuario quiera, con un idéntico grado de perfección y, lo más importante, cuya producción es posible mecanizar para poder venderlo en masa. El andamiaje tecnológico que dará vida a la era de las super-estrellas musicales habrá llegado.

Con su interpretación favorita en el gramófono, el usuario dejará de tener incentivos para conformarse artísticamente con menos. El diferencial de precios inicial, quien reflejaba las diferencias cualitativas entre tenores, dejará de tener sentido y la manufactura escalar de la pieza perfecta hará que esta termine siendo accesible para todo su público potencial. La gran mayoría de los tenores se verán forzados a bajarse el sueldo o a cambiar de profesión y solo aquellos dignos de ser inmortalizados en una grabación y / o quienes cuyo prestigio les permita poder seguir llenando los escenarios más especializados podrán seguir disfrutando de un buen tren de vida.

Las relaciones de poder del mercado de la ópera cambiarán y los modelos de negocio del extremo ajeno a la élite artística quedarán a merced de poder aferrarse al “último dólar”. En esta nueva realidad, las compañías discográficas adquirirán un poder cuasi-absoluto. Se convertirán en jueces corporativos con la capacidad de dictar quién accede al mercado y quién se queda artísticamente a sus puertas. Los centros neurálgicos de una red interminable de royalties y derechos de carácter expansivo que monopolizarán todo el espectro del sonido mercantil. Depredadores distribucionales bajo cuya red de contratos el artista medio solo recibe, actualmente, el 12% del valor realizado en el mercado.

El caso de la música es un ejemplo paradigmático de la dimensión oculta de la productividad. Tradicionalmente, nuestra sociedad ha asociado instintivamente el desarrollo técnico-productivo con la pérdida de peso sistémico del trabajo. Con el desempleo tecnológico y con su sintomatología distribucional actual. Pero la tecnología tiene otra dimensionalidad. Una que, al contrario que su característica cuantitativa agregada obvia, posee unos efectos intra-mercado de naturaleza eminentemente distribucional. Unos efectos cuya importancia política es, hoy en día, incluso superior a la cuestión robótica general.

La conceptualización tradicional de la productividad nos describe los mecanismos por los cuales es posible generar un mayor valor realizable por trabajador. La mayor producción en base a la misma geografía humana. Lo que tendemos a olvidar es que, en un mercado de necesidades finito, este fenómeno tiene el efecto de aumentar la densidad final de determinadas ofertas. De esta manera, la productividad puede traducirse también como la mayor capacidad de reproducir una determinada solución de valor a un coste menor. La habilidad de un determinado organismo productivo de ocupar y centralizar materialmente la espacialidad de la realización de un determinado mercado. En otras palabras, para una entidad productiva líder, la productividad  es la variable que hace decrecer el coste logístico de consolidar su dominio (monopolístico) de mercado. La base de su proyección de poder distribucional.

La razón principal por la que la centralización de la realización constituye hoy una cuestión distribucional de primera magnitud ha sido la reciente irrupción de las tecnologías de la información en el tracto acumulativo del sistema. El salto digital acontecido en las últimas cuatro décadas ha hecho posible la expansión del alcance efectivo de la proyección comercial y su posterior centralización a costes muy (muy) bajos. El equivalente a una autopista tecnológica que ha abierto la puerta a que, en aquellos sectores en los que el capital fijo no es la variable crítica que determina el grado de concentración, la ola oligopolística haya también arribado con (más) fuerza.

Previamente, el alcance logístico de las soluciones de valor estaba determinado por la realidad analógica. En la mayoria de los casos, la realización se consumaba mediante el acceso físico a la misma red comercial de una determinada unidad productiva. Este hecho, inevitablemente, condicionaba la geografía del mercado e imponía un límite espacial a la desigualdad inter-capitales, a la heterogeneidad de la distribución de la plusvalía realizada. Pero el mundo digital lo cambió todo. La integración de la geografía real con la telemática ha permitido el servicio a distancia y la centralización -por coste- de la vectorialidad de la realización en innumerables areas y sectores de negocio.

Hemos sido testigos de la salvaje integración internacional bancaria, de la consolidación de un cuarteto todopoderoso en el sector de los servicios profesionales, de la formalización de plataformas inmensas en el ámbito del transporte, de la gestión hotelera, de la restauración, de los servicios de entretenimiento y de las redes sociales, del indiscutible reinado de Google como portal de acceso internet y del ascenso de Amazon como dueña del comercio online.

En la gran mayoría de estos casos, la tecnología es una pieza clave del puzle distribucional resultante. Para algunos, la tecnología opera como la piedra angular de un semi-monopolio del control de acceso a una oferta estandarizada, sistematizada y capada en términos de precio. Las compañías cuya estructura de negocio es, esencialmente, una pieza de software. Para otros, más que una fuente de ventaja por sí misma, la tecnología es el factor responsable de crear un contexto en el que el capital más competitivo puede desplegar y consolidar su dominio de mercado. El instrumento que permite a las empresas líderes obtener una ventaja -retroalimentada- frente a sus rivales por medio de la optimización y la mejor proyección logística de sus soluciones de valor.

Markups

En ambos supuestos, el efecto es el mismo. La geografía del beneficio se concentra, el poder de mercado se dispara y la heterogeneidad de la base productiva crece. De una manera u otra, mediante la más eficiente explotación escalar, la tecnología fomenta una mayor centralización acumulativa acompañada de mayores diferenciales de productividad. Por ello, no resulta nada sorprendente que el sector tech lleve todos estos indicadores al extremo. No resulta sorprendente tampoco que, en la era digital actual en la que toda esta fenomenología se intensifica, aparezcan nuevos vectores de fraccionamiento político de naturaleza geográfico-identitario-profesional. En los que el cosmopolitanismo boyante de una élite que opera profesional y socialmente a una escalarida semi-global choca diréctamente con el localismo empobrecido de base digital media-baja de los deplorables. La revolución de los tenores mediocres.

Productivity Gap

La realidad socio-económica del winner takes it all que asola todo rastro de la herencia distributiva fordista no solo provoca un frenesí extractivo inflacionario y compensatorio que nos acerca al paradigma distribucional más feudal, también fuerza ratios de inversión y de innovación menores. Los economistas alertarán, acertadamente, de que, siguiendo este rumbo, el sistema se estancará y “dejará de funcionar para cada vez más gente” -lo que los convertirá en marxistas-. Pero continuarán obviando que las consecuencias distribucionales de la gradual centralización de la realización, lejos de constituir el resultado mecánico de unas determinadas leyes económicas, son el reflejo material de una cosmología politico-ideológica que las ha recibido con los brazos abiertos y en clave de justicia. Un contexto social en el que el uso y abuso de toda posición extractiva demarcada por la propiedad es perfectamente légitimo a los ojos de una ciudadanía cuyo concepto de la libertad es ya plenamente socio-darwinista.

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Queda por comprobar si dicha moral distributiva e invisibilidad mediática resistirán las sucesivas embestidas de una centralización de la realización que continuará estrangulando la idea de un normal económico que materialmente ya no existe.

 

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