La Economía Política del Castillo

Pocos conceptos arquitectónicos definen una realidad política y escalar de una manera tan visual como el castillo. El castillo es un producto medieval europeo que resultó de combinar en una misma estructura empalizada y atrincherada un puesto defensivo elevado con un modesto centro poblacional y / o económico. El diseño Motte and Bailey se popularizó en el s.X y constituyó la base conceptual de lo que posteriormente dos siglos después entraría en nuestro imaginario como el castillo clásico. La concepción romántica de una plaza de piedra, amurallada y provista de un torreón -torre del homenaje- central.

La característica definitoria que separa al castillo de sus antepasados arquitectónicos es la fusión funcional compacta de la esfera civil con la militar. En el pasado, existían fortificaciones mucho más formidables que los más avanzados castillos de la era tardo medieval, pero estas tenían una funcionalidad definida y excluyente. Como norma general, las fortalezas y las guarniciones de la antiguedad no albergaban vida civil más allá del portón. Igualmente, las ciudades amuralladas avanzadas existían desde muchos siglos atrás, pero estas derivaban de la fortificación de los límites de un centro de actividad civil y / o de gobierno y no tenían como elemento central de su distribución un elemento funcional militar. El castillo es pues una construcción conceptualmente distinta a lo que las distintas polities europeas habían tradicionalmente concebido para satisfacer sus necesidades organizacionales militares y civiles. ¿Qué provocó entonces su aparición?

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El castillo debe su existencia al colapso de la escalaridad política que trajo el escenario post-romano europeo. En esta coyuntura, el fin de las grandes estructuras estatales, las grandes migraciones, los raids marítimos y las invasiones del Este abocaron a la civilización occidental a una geografía fragmentada y violenta que cambiaría por completo el normal escalar del continente. Con la estructura institucional de la violencia de mediados del milenio prácticamente desarticulada, los vectores extractivo-rentistas mercantiles perdieron toda escolta política y el desarrollo económico entró en barrena. La anarquización provocó el fin de las estructuras de gestión de los recursos y el trabajo, lo que comprimió la escala en la que el poder era capaz de proyectarse y reproducirse materialmente. En un contexto en el que el orden social institucionalizado es incapaz de abarcar una espacialidad mayor que la que abarcan dos jornadas de marcha, la necesidad de crear nuevos espacios de orden socio-económico provocó el despertar de nuevas formas de consolidar física e improvisadamente la nueva vectorialidad. Es aquí donde la idea del castillo adquirirá la relevancia que lo catapultará a constituir el símbolo de toda una era en Europa.

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The Great Leveler: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century (Parte IV)

Sin el tándem retroalimentado de capacidad estatal y masa crítica económica, la especialización funcional de la polity dejo de ser posible. Anteriormente, la centralización de la violencia en un brazo cinético profesional alejado de la milicia campesina hizo posible articular una fuerza militar capaz de atajar amenazas tanto simétricas como asimétricas a una escala regional. La arquitectura militar que acompañaría a este vector de Estado imitaría su naturaleza, se especializaría en construcciones de función exclusivamente militar y brotarían las grandes guarniciones y las fortalezas. Para suplir logísticamente a esta estructura, el Estado aprovecharía el potencial “pacificador” de la geografía arquitectónica militar para desarrollar -en un contexto de orden político- el polo productor civil mediante una infraestructura funcionalmente independiente. Esta es la base de las grandes obras de ingeniería civil. De los aquaeductus, de la red de horrea romanos y de la crítica centralidad de los depósitos de grano en la Segunda Guerra Púnica. Con la crisis del mundo antiguo, esta dualidad retroalimentada de desarrollo dejó de existir. No habrá fuerza política capaz de proyectar un vector militar que soporte y sea soportado por una geografía de gestión del trabajo que dé lugar un polo económico movilizado. En su defecto, ambas variables serán incapaces de despegar por sí solas. Habrá que volver entonces a los orígenes del desarrollo de la polity, a la forma material del “Estado” más rudimentaria.

Nada representa mejor las implicaciones materiales de la fragmentación de la escala política europea como el concepto de castillo más primario. El Motte and Bailey era una construcción de madera y de diseño extremadamente rudimentario. A pesar de disponer de la tecnología y del conocimiento necesario para dibujar estructuras complejas, los centros políticos de la época eran incapaces de movilizar la suficiente fuerza de trabajo y los distintos materiales para hacer realidad semejantes proyectos. Las polities antiguas habían solucionado la problemática escalar de la fuerza de trabajo mediante la institucionalización de la esclavitud a gran escala. Una fuerza militar profesional capaz de proyectarse no solo extendía espacialmente el poder político de la polity, también ofrecía la posibilidad de generar un flujo constante de fuerza de trabajo esclava mediante la conquista. De hecho, es posible que el comercio de esclavos fuera el mercado más dinámico e importante de la dimensión escalar pre-medieval. Egipto, Grecia y -sobretodo- la Roma imperial basaron gran parte de su desarrollo en la explotación esclava. Esta última llegó incluso a gestionar a más de 100 millones de esclavos durante su trayectoria política, su particular revolución industrial.

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Sin dichas capacidades, la polity del medievo primitivo tendrá que combinar una muy limitada capacidad estatal con un entorno político caótico. Una geografía de la amenaza en la que esta será constante, podrá aproximarse desde cualquier ángulo y la cual no necesitará de mucha masa crítica para lograr sus objetivos. Ambos factores, especialmente a partir del s.V, darán a luz a un renovado interés en los asentamientos fortificados -como los ringforts-. Construcciones de naturaleza civil -agrícola o ganadera- que ofrecerán una solución barata y relativamente efectiva a la fórmula geopolítica de la transición pre-medieval, al menos temporalmente. Pronto, el renovado impulso escalar hará que la idea de fusionar arquitectónicamente estos asentamientos con la única estructura eminentemente militar al alcance de las capacidades organizacionales de la polity gane fuerza. Las incipientes guarniciones locales, asignadas a la defensa de la mota feudal, se incorporarán espacialmente al perímetro de defensa del núcleo civil por una cuestión de necesidad y practicidad.

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A medida que la figura del castillo evolucione, no solo constituirá esta la piedra angular de la gestión descentralizada de la variable económica y militar de los distintos reinos, sino también la base material de la organización social feudal. El rey, si tiene algún interés en seguir siéndolo, deberá utilizar su legitimidad nominal para articular cuidadosamente una red de clientelar de nodos aristócratas económica y militarmente autónomos. Poco o ningún poder tendrá sobre una red de estructuras a las que solo puede coaccionar mediante un costoso e interminable sitio. Internamente, la estructura social de la polity castillo-céntrica estará condicionada por los mismos elementos que otorgaron su lógica a la misma construcción. Las polities de la antigüedad tuvieron acceso a las virtudes escalares de la esclavitud porque eran capaces de desplegar un -costoso- aparato coercitivo de Estado que garantizaba la total sumisión de la población no-ciudadana. Sin dicho aparato coercitivo, la clase dirigente tendrá que encomendarse al contrato social para articular consentimiento y productividad. En el contexto feudal, el campesino intercambiará su fuerza de trabajo por una participación mancomunada en el campo y la posibilidad de escapar de la realidad política hobbesiana tras un enorme muro de piedra.

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El castillo y la vida que tuvo lugar en su interior fueron, en ese sentido, doblemente testigos del valor del trabajo. La relación feudal que gobernó su dinámica político-civil fue heredera de la necesidad de atraer fuerza de trabajo en un contexto de nula escalaridad.  Su propia lógica arquitectónica también. El castillo es, al fin y al cabo, un bastión diseñado para proteger, también, la valiosa vida de un (muy) reducido grupo de hombres capaces de blandir una espada cuya responsabilidad funcional está muy por encima de sus capacidades en campo abierto. La misma construcción es, en esencia, el multiplicador de fuerzas que permitió la supervivencia política de comunidades reducidas en la extremadamente hostil Europa post-romana.

Debido a su centralidad física, política y social, el castillo evolucionará rápidamente propulsado por una creciente capacidad estatal y motivado por la particular guerra fría que disputará con los medios para subyugar una plaza mediante el sitio. Para el s.XI/XII volverán las grandes construcciones de piedra, llegarán las almenas, sus contramedidas, el foso y, sobretodo, la altura. Irónicamente, aquello que hará formidable al castillo también será la base causal de su desaparición. La base económica de la polity será cada vez más amplia. Con este polo en desarrollo, la esfera civil tendrá que abandonar el perímetro fortificado en busca de un espacio donde establecerse. Gradualmente, las construcciones civiles ocuparán las lomas y terrenos adyacentes y suplirán al mercado situado tras las murallas en la plaza central. Esto contribuirá a que la figura del castillo se caracterice cada vez en mayor medida por su función militar y por constituir la sede física del gobierno de la polity, el centro de poder del señor feudal. En caso de conflicto armado, el castillo operará como bunker regional. En tiempos de paz, como el hogar de una guarnición cada vez más numerosa y profesional. Mención especial aquí al desarrollo de las caballerizas interiores, lo que hizo que el castillo se configurara como la base logística del ala montada y de élite del ejército feudal, los caballeros. El resultado arquitectónico de la vuelta al cultivo de la escalaridad será, inevitablemente, la vuelta de la especialización funcional y espacial del vector económico y militar.

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Este largo y complejo proceso fue posible gracias a la gradual centralización de los vectores políticos del continente. Debido a la escalaridad de la violencia, la poliarquía medieval gravitó gradualmente hacia una geografía política más concentrada en la que la masa crítica militar y el desarrollo económico post-renacentista amenazaron con alterar el marco de utilidad que convirtió al castillo en la piedra angular del medievo. La creciente autoridad del monarca significará el fin de la lógica local del castillo. Esta estructura, cada vez más encuadrada en una entidad política regional o cuasi-nacional, cederá ante una planificación cuya escala política habrá sobrepasado el límite de sus murallas.

Gracias a una geografía pacificada por un polo político real militarmente cada vez más capaz, los elementos civiles del castillo pudieron prosperar más allá de su perímetro defensivo (ejemplo de Viena). Gracias los avances en términos de urbanización y conectividad por tierra, la figura de la capital eclipsará política y económicamente a la red de castillos pre-existente. El comercio tendrá, cada vez más, un contenido regional e inter-polity. Sus redes ya no tendrán como nodo principal a la plaza del castillo, sino a la gran ciudad. Los avances escalares militares centralizados en las coordenadas del monarca harán que las relativamente pequeñas guarniciones de los castillos dejen de ser prácticas. Inicialmente, los señores feudales optarán por los ejércitos mercenarios para hacer frente a la nueva realidad bélica. Pero esta solución, tanto por su coste como por su poca versatilidad, será pronto desechada. El castillo no será rival para las nuevas amenazas y, más alla del establecimiento de líneas de defensa improvisadas, su papel acabará siendo irrelevante en una guerra que, cada vez más, favorece el movimiento frente a las posiciones. A partir del s.XVII, la artillería y los ejércitos nacionales inundarán el campo de batalla y la traza italiana y la logística moderna dominarán la infraestructura militar. En último término, el castillo tendrá que optar entre su transformación en una fortaleza o reducto militar convencional, ser engullido por la explosión demográfica o convertirse en un símbolo para una nostálgica clase dirigente. Las consecuencias económicas y militares del repunte de la escala europea en la transición del mundo medieval a la realidad de estados absolutos sentenciaron a una construcción diseñada para optimizar la escasez.

El fin del castillo significó el fin del orden social derivado del castillo, pero su contribución fue decisiva para entender el mundo post-medieval. Debido a la falta de capacidad, el castillo institucionalizó el modelo acumulativo-tributario germánico, lo que creó el marco que posteriormente hizo posible la explosión de la productividad en occidente. La compresión de la escala que dio vida al castillo eliminó la posibilidad de que un sistema  acumulativo tan ineficiente  como la esclavitud sobreviviera a la historia. Pero el reset antropológico virtuoso del período medieval que nos catapultó a la revolución industrial nos retrotrajo, irónicamente, a un escenario político-material comparable a aquel del que habíamos escapado.

Con las condiciones escalares restablecidas, la clase dirigente volvería a tener la fuerza institucionalizada suficiente como para imponer su voluntad sin atender a razones. El uso de la renovada capacidad estatal fue precisamente la herramienta mediante la cual el campesinado fue violentamente desposeído de aquello a lo que el contrato social feudal le daba derecho. Volvería a invocarse la misma capacidad que les permitió a los imperios de la antigüedad mantener una reserva estratégica de trabajadores no-ciudadanos sometidos. A partir de ese momento, el capitalismo instauró un régimen políticamente equivalente, el totalitarismo invertido. Un sistema que, lejos encomendarse a la -costosa- total y permanente coacción, optaría por la eliminación de toda noción de derechos naturales sobre los medios para producir como mecanismo para hacerse con el control. Por medio de este marco, a través de la desposesión total, la clase dirigente volvió a recuperará el control absoluto sobre el trabajo ajeno que había perdido siglos atrás.

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El castillo es pues el hiato y nexo causal entre dos modos de producción y realidades escalares distintas pero políticamente comparables. Representa el dominio de la variable política sobre el vector del desarrollo económico y ejemplifica como el equilibrio entre clases ha dependido fundamentalmente de la existencia de una herramienta estatal capaz. Su propia evolución en el tiempo es testigo del impacto de la variable escalar tanto a nivel del vector económico como del vector militar. Expone la compleja interacción entre ambos y explica la razón de que fuera el continente que le dió la vida  quien primero alcanzara la realidad industrial. Por todo ello, el castillo es, probablemente, el diseño arquitectónico que mejor condense las bases teóricas económicas y político-sociales que se esconden tras la trayectoria de nuestro desarrollo material. Una muestra más de la rica causalidad política del simple hecho de construir.

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