Folkhemmet y la Vía Sueca

Una de las constantes del incipiente debate socialista en la anglosfera atlántica es la mención al modelo económico y social nórdico como punto de partida interpretativo de la discusión. Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia son generalmente traídas a colación de argumentos en favor de la contención de la ley del valor como única palanca de cambio de la realidad socio-económica y sus sistemas fiscales son muchas veces interpretados como representativos de una doctrina “comunista”. Este marco analítico por el cual la presión fiscal y/o el peso del Estado constituyen la vara de medir del grado de socialización, no solo nos muestra hasta qué punto ha degenerado la influencia intelectual de la economía política crítica como método de aproximación a la realidad socio-económica, sino que también obvia hasta qué punto el modelo nórdico tuvo en mente desarticular la relación de producción capitalista. Y es que, antes de la llegada de la la ola neoliberal en la década de los ochenta y apoyándose en la genealogía conservadora nórdica, Escandinavia experimentaría con maneras de resolver el conflicto de clase sin recurrir a la herramienta cinética.

El mayor exponente de esta particular cruzada fue Suecia, un país cuyo alto grado de innovación en las políticas industriales de la posguerra coqueteó durante años con fines de un calado estructural aún mayor. A pesar de haber evitado el coste humano y material que la Segunda Guerra Mundial impuso a los Estados beligerantes, Suecia no fue ajena a las consecuencias socio-psicológicas de la contienda. Emanado de la rivalidad primero y del horror humano después, el mundo desarrollado experimentó un pico de capital social sin precedentes que, fundido con el shock humanista propio del contexto inmediatamente posterior al cese de las hostilidades, dio vida a un reordenamiento del cosmos interpretativo de la arquitectura socio-económica de su tiempo. La protección social, la igualdad material de oportunidades y, sobretodo, el “compromiso” entre clases serían los pilares de esta particular revolución. La social democracia invadiría el territorio político previo a la Gran Depresión  y la guerra y la cuestión de la demanda se rubricaría como la piedra angular de la cuestión macroeconómica. Suecia adoptaría esta realidad de la mano del conservadurismo social-corporativista y de una renovada concepción identitario-nacional. Una tercera vía íntimamente ligada a la geografía social nórdica, el Folkhemmet. La “Casa del Pueblo”.

La genealogía ideológica del concepto de Folkhemmet emana primordialmente de la filosofía política alemana generada por y para articular el nacimiento y la consolidación del Segundo Reich. La nación como unidad de destino (List), como categoría analítica suprema. Una noción que posteriormente se plasmaría en el concepto de Volksgemeinschaft -la comunidad cultural-nacional-, la herramienta ideológica que el Káiser Guillermo utilizaría durante la guerra para intentar apuntalar un frente doméstico en el que, por encima de clases, edades, orígenes o profesiones, “solo se verían alemanes”. Suecia adoptaría esta ontología. Un interés nacional por encima de toda conflictividad alternativa que, lejos de quedarse en un etnocentrismo excluyente -lo que posteriormente haría el Tercer Reich-, activaría una batería de medidas socio-económicas destinadas modular o eliminar todo vector alternativo que eclipsara políticamente a la unidad de destino nacional. Aquí, también, Suecia echaría mano de la filosofía política decimonónica germana. En especial del conservadurismo pragmatico Bismarckiano. El Estado por encima de la ley del valor, como piedra angular de la realidad distribucional de la nación. Como arquitecto de una “Gran -y nueva- Sociedad” basada en un nuevo concepto de ciudadanía  y regida por una nueva batería de derechos de segunda generación. Estabilidad y progreso social como motores de la historia industrial moderna.

Suecia sería uno de los primeros países en implementar tanto la sanidad pública universal (1947-55) como la educación gratuita a todos los niveles (1960). El país invertiría ingentes cantidades de recursos en materializar el nuevo contrato social y financiaría la operación a lomos de un boom productivo provocado por el diferencial industrial con el entonces completamente devastado norte europeo. Más allá de la inmediata coyuntura macroeconómica, la Suecia de los años cincuenta crearía las bases teóricas de un escenario macroeconómico -capitalista- al que el país le exigiría grandes contrapartidas. Suecia requeriría a la esfera económica alto crecimiento, capitalización y aumento de la productividad constantes, pleno empleo, baja inflación, igualdad material y bienestar obrero. Para conseguirlo, el país se encomendaría al funktionssocialism, la idea de que, en lugar de una intervención pública de los medios de producción, el Estado utilizaría un marco regulatorio agresivo y una potente inversión pública para lograr la consecución de sus objetivos nacionales. La libertad acumulativa -del capitalista- supeditada en último término al interés nacional y al bienestar -compartido- de los ciudadanos.

De esta formulación nacería el modelo Rehn-Meidner. Una estructura social de acumulación de tintes radical keynesianos que utilizaría este nuevo contrato social para otorgar a la nación sueca una base productiva con la que satisfacer tanto sus inquietudes geoestratégicas como sus aspiraciones populares. El modelo Rehn-Meidner tendría como objetivo crear un ciclo acumulativo virtuoso de suma positiva a todos los niveles, sociales y económicos. Altos impuestos y mínimos salariales contribuirían a que las empresas se vieran forzadas a encomendarse al desarrollo tecnológico para obtener productividad y rentabilidad. Aquellas que no fueran capaces de cumplir acumulativamente con ritmo exigido por el gobierno perecerían, pero sus trabajadores no tendrían nada que temer. Estos trabajadores pasarían a formar parte de un cuadro de preparación profesional gestionado por el Estado y asistido y financiado por el propio mundo corporativo. De esta manera, mediante la reincorporación constante de una fuerza de trabajo cada vez más formada, una demanda agregada de propulsión salarial obrera e inversión pública y el darwinismo fiscal, la geografía productiva sueca avanzaría inexorablemente hacia estructuras económicas más capital-intensivas y de una mayor productividad. La base de una sociedad cada vez más rica e igualitaria.

El social-corporativismo del modelo Rehn-Meidner no solo constituyó el pilar material de la de la autonomía estratégica que hizo posible el sostenimiento de la neutralidad sueca, sino también un candado nacional a las pretensiones del capital. Teóricamente, el sistema Rehn-Meidner disponía también de un instrumento de control de la dimensionalidad propietaria del capitalista. Sus arquitectos previeron, acertadamente, que los avances en la escalera de la productividad irían acompañados de un aumento de la concentración y de la composición orgánica  del capital a lo largo y ancho de las estructuras productivas. Para contrarrestar este desafio material al contrato social del Folkhemmet, se diseño un sistema por el cual, en la gran empresa, el 20% de los beneficios empresariales anuales iría a parar a fondos gestionados -con alta condicionalidad- por los sindicatos. La noción de una “democracia industrial” se discutió a partir de los años setenta y se llegó a debatir mecanismos para que el 50% de los activos de las grandes empresas suecas fuera de propiedad colectiva articulada a través de los fondos obreros. Pero en este campo la resistencia de la clase propietaria fue feroz y el contexto socio-político les fue propicio. La caída acumulativa y posterior estancamiento del modelo Folkhemmet coincidió en el tiempo con el ocaso político del partido socialdemócrata sueco. Dos factores que, en último término, condenaron a los fondos de asalariados a no ver nunca la luz práctica.

La geografía material del contrato social sueco de la posguerra tenía un problema relativamente insalvable. El concepto de una economía regida por las estructuras legislativas del funktionssocialism en la que el capital permanece amordazado por un Estado soberano dependía de la supervivencia política de un orden internacional que permitiera la existencia de dicho equilibrio ad-intra. La arquitectura Wesphaliana de Bretton Woods se diseñó como un esquema macroeconómico por el cual los distintos Estados de la posguerra tuvieran la potestad de crear escenarios de inversión productiva estables e incrementales por medio de unas finanzas globales compartimentalizadas. Un tipo de cambio plano y los controles de capital garantizarían un poder de facto del Estado sobre la autonomía del capitalista. La progresividad impositiva sería inescapable, los ataques especulativos y las fugas de capital prácticamente imposibles y la desindustrialización-deslocalización extremadamente costosa. Todo ello forzaba la inversión productiva, hacía posible la máxima del pleno empleo y permitía al Estado ejercer control efectivo sobre todo el ámbito de su soberanía. El destino de las bases materiales de la realidad Folkhemmet, la gestión activa por parte del Estado sueco de todos los resultados distribucionales externos a lo que ocurriera dentro de la fábrica, estaría íntimamente ligado a un orden internacional que finalmente colapsaría en los setenta.

La resistencia propietaria interna, el resurgimiento de los competidores industriales norte-europeos,  el fin del sistema Bretton Woods y la liberalización de la movilidad internacional del capital, y la consiguiente imposibilidad del Estado sueco de dictar la dimensionalidad acumulativa con ajenidad a la ley del valor hicieron que el experimento sueco alcanzara su punto de inflexión. Sin embargo, incluso si en aquel momento el espíritu del modelo Folkhemmet hubiera contado con un respaldo total de la sociedad sueca, el desenlace podría no haber sido del todo distinto. La alternativa a la claudicación del  modelo tampoco era del todo viable dado el contexto del país. Si Suecia hubiera optado por reproducir en la era post-Westphaliana el control efectivo que el sistema del funktionssocialism otorgaba al Estado dentro del esquema de Bretton Woods, entonces el país hubiera necesitado intervenir -incluso mediante excusa keynesiana- la inversión empresarial. En otras palabras, hubiera necesitado abolir totalmente la autonomía capitalista, dentro y fuera de la fábrica. Ello hubiera implicado enfrentarse a los mismos problemas a los que se enfrentó la Unión Soviética en la segunda mitad del siglo XX, pero con una economía de 8 millones de habitantes. Suecia se hubiera descolgado de la complejidad productiva internacional y al país le hubiera resultado imposible articular escala dado el reducido tamaño de su economía. En consecuencia, el país hubiera acabado desarrollando un normal socio-económico marcado por el estancamiento de la productividad, su sistema político descarrilaría y la rendición incondicional ante el capital -ahora internacional- para articular desarrollo no tardaría en llegar .

Si bien ideológicamente la sociedad sueca no ha vuelto a aproximarse al paradigma del modelo Folkhemmet, existen bastantes indicadores de que, internacionalmente, sus ideas no se han perdido en el olvido.  De hecho, es muy probable que en el contexto plutonómico y robótico actual, éstas estén volviendo a ganar tracción intelectual. Actualmente, incluso la trinchera neoliberal reconoce que la realidad distribucional derivada de la relación de producción capitalista es del todo injusta e insostenible y aboga por crear fondos asalariados a una escala nacional para contenerla. La sociedad como el accionariado del capital, el ser humano como poseedor inherente de derechos económicos sobre la geografía productiva. Las distintas iniciativas de una socialización ex-post -ya sea mediante fondos asalariados o mediante altos impuestos a las grandes empresas- no solo tienen en común una finalidad redistributiva clara, manifiestan también una lógica keynesiana innegable. Si la geografía monopolística actual opera como un enorme sifón que explota mediante el monopsonio y el poder de mercado una economía para luego exportar el resultado -la plusvalía realizada en dinero- a depósitos de una fiscalidad paradisíaca -y opaca- en vez que contemplar la reinversión, entonces los fondos asalariados y los altos impuestos detendrán el sangrado de la demanda agregada. De hecho, esta sería la respuesta lógica y más simple a contemplar en un escenario en el que la sobreacumulación, la desigualdad y la formación de capital plana amenazan con despertar un mundo kafkiano. Un despertar que requeriría de un renovado poder del Estado que, irónicamente, templaría la furia nacional-populista mediante la (re)generación de un sentido social compartido. 

Si bien es posible implementar una serie de mecanismos à la Folkhemmet con el fin de estabilizar distribucional, política y acumulativamente nuestras economías -existe evidencia más que suficiente sobre el margen al punto de ruptura de la rentabilidad-, su recorrido socio-económico sería limitado. Si la inversión no es socializada, lo único que obtendríamos sería un retraso del momento en el que la ley del valor deja de poder articular dinamismo económico. Si bien esto es así, no es menos verdad que, lejos de descartarlo por su limitado recorrido, el sistema Rehn-Meidner nos ofrece una hoja de ruta transicional por la cual facilitar la digestión política de un cambio de modelo de producción. Sin una toma de contacto al estilo sueco que contribuyera a consolidad un capital social de gestión económica comunal, un paradigma de legitimidad sobre los medios de producción y una transición institucionalizada de la geografía de la propiedad, los efectos de una ruptura total y sin amortiguación ideológica previa serían imprevisibles. El valor del otrora sistema sueco radica en caracterizarse por construir dos realidades  paralelas que, hoy en día, tienen un valor político y social incalculable. El modelo  Folkhemmet entroniza la idea de que la sociedad como tal tiene prioridad política frente a la ley del valor y la autonomía capitalista. Una sociedad que puede y debe exigirle resultados distribucionales al modo de producción y que, de no cumplir o de derivarse realidades productivas incompatibles con los principios humanistas, siempre puede, gradualmente, tomar las riendas distribucionales mediante la socialización efectiva de la función de producción. Coordinar esta transición en sociedades infinitamente más política y socialmente complejas que la realidad sueca, con menor capital social y en un escenario de escalaridad e interdependencia internacional mucho mayor que el existente hace medio siglo es un reto enorme. Pero es un reto que merece la pena afrontar.

 

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