El Mercado como Violencia

Al igual que nuestro sistema político, la configuración socio-económica actual del mercado está basada en una noción de libertad y capacidad de elección falsas. Un contexto en el que la existencia de un ámplio abanico de posibilidades está supeditada a la supervivencia política de la una relación extractiva bajo la cual no puede existir esfera de libertad alguna. Una esquema socio-económico que se deriva del hecho de que el trabajo no es dueño de su propio destino y debe subsumirse en una relación de producción en la que la agencialidad política está monopolizada por el rentismo. En la que el volumen de explotación constituye la fuente de dinamismo de todo el sistema.

Para exponer y explicar esta realidad conviene retrotraernos a los mecanismos que dieron vida a la instución del mercado, a sus orígenes funcionales. El ascenso del modo de explotación germánico-feudal de naturaleza indirecta -tributaria- estableció un sistema por el cual hacer crecer una economía -hacerla más productiva- repercutía positivamente en la capacidad del soberano de movilizar una base material bélica mayor. Un marco que, al contrario que su predecesor -el modo de producción esclavista-, creaba una serie de incentivos capaces de alimentar la escalaridad de la geografía productiva sin hacer saltar por los aires la estructura socio-política de dominación de clase existente. El resultado lógico productivo será la institucionalización de un contexto que dé a luz a la figura del mercado como entidad separada y separable de la producción para consumir. El primer indicio de una política que reconozca que los crecimientos escalares de la economía producen necesariamente relaciones de interdependencia que deben ser protegidas y fomentadas para avanzar en la escalera de la productividad. Ellas son las relaciones mercantiles, la base del mercado.

De esta manera, el soberano se verá obligado a hacer todo lo necesario para exprimir la espacialidad productiva de su reino de la manera más eficiente posible. Instaurará un orden político-social que le permita consolidar su propio monopolio de la violencia en el territorio, emprenderá proyectos de inversión en infraestructura para mejorar la conectividad comercial, y desarrollará sistemas legales con los que proveer a los contratos de ejecutividad y al tráfico mercantil de previsibilidad. Incluso se encargará de fomentar la actividad comercial en un contexto de baja conectividad y densidad comercial por medio de las villas y sus mercados. Mercados físicos construidos a tal efecto que se fundirán con un impulso urbanizador que dará forma a una nueva era en la que una creciente penetración del Estado irá acompañada por una cada vez más sofisticada gestión de la interconectividad.

Por medio de este nuevo instrumento, la clase dominante del momento habrá trasformado la tradicional cadena de transmisión extractiva de valor violenta en un sistema de explotación clientelar.  En una vinculación de caracter personal mediante la cual el mercado constituirá la correa de transmisión entre el productor y la figura del rentista. Una correa de transmisión que necesitará de su propia lógica para engrasar las relaciones de interdependencia que articularán la expansión de la escalaridad productiva del territorio. La ley del valor, la dimensión de dinero, será quien regule esta nueva realidad. Una realidad en la que el Estado utilizará su capacidad de imponer obligaciones tributarias a la población para extraer valor-trabajo. La base de este nuevo modelo de acumulación.

La maduración del modelo tributario-feudal dió como resultado al conjunto de condiciones socio-económicas que forzarán su caída. La creciente dimensionalidad de la interconectividad productiva habrá dado a luz a una clase social cuyo control estructural sobre la escalaridad le permitirá dictar términos distribucionales y en último término tomar el poder. Sin embargo, la causa fundacional acumulativa del mercado bajo el sistema tributario-feudal no se verá alterada cuando sean los propios mercaderes cultivados en la esfera de la ley del valor quienes ostenten las riendas políticas de la sociedad. La instauración del modo de producción capitalista en la que los mercaderes ostentarán la cima de la pirámide trófica hará que la figura del mercado, la base de su poder, se consolide en una posición de centralidad a la que toda la sociedad tendrá que acomodarse y servir.

El capitalismo alterará la estructura extractiva que le otorga funcionalidad de clase al mercado, pero no cambiará su naturaleza. La cadena de transmisión de valor-trabajo tributaria será desplazada por un modelo de acumulación en el que la explotación se hará mayoritariamente intra-mercado, por medio de la relación de producción capitalista. Una relación que explotará valor-trabajo instituyendo una cadena monetaria que transformará desposesión en plusvalor y plusvalor en beneficio capitalista. El trabajo vinculado funcionalmente a un esquema de producción bajo el cual el capital, en concepto de clase, no solo podrá -por imperativo del beneficio- forzar la existencia de trabajo no remunerado, sino también gobernar la totalidad de la función de producción. En este marco, el mercado opera como nexo de unión entre el ámbito material -el trabajo y la materia prima- y la dimensión monetaria. Como el mecanismo de transformación que permite al capital ejercitar su dominio político sobre toda la realidad física.

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El mercado será también un mecanismo de optimización de la explotación. En un contexto de competición de capitales la transformación del plusvalor en capital se llevará a cabo mediante la realización, su transformación en dinero por medio de la venta de mercancía. Esta transformación tendrá lugar en la esfera del mercado, quien determinará cuánta masa de plusvalía le corresponde realizar a cada capital. El mercado será pues la entidad que distribuya el potencial de realización -y por ende el de acumulación- total  existente entre los distintos capitales de acuerdo con su eficiencia extractiva. Lo que a su vez modulará el trabajo socialmente necesario para producir y sus distintos destilados macroeconómicos.

En las economías desarrolladas la naturaleza extractiva del mercado en su configuración actual resulta prácticamente imperceptible a la perspectiva socioeconómica del día a día. Afortunadamente existe una disciplina en la que es posible observar la figura del mercado en transición y estudiar su funcionalidad de clase en tiempo real: la intervención en las economías en vías de desarrollo. Bajo el paradigma de la eficiencia económica capitalista, los organismos internacionales sobre el terreno están buscando constantemente fórmulas de expandir la productividad por medio de la liberalización de la economía. Una política que se traduce en la eliminación de las relaciones rentisto-improductivas extra-capitalistas y la consolidación de la figura del mercado como mecanismo distribucional de la plusvalía. En resumen, lo que se intenta forzar es una transición acelerada de un sistema de explotación de base personal y extra-mercado a un esquema de dominación no personal e intra-mercado. Todo ello en nombre de un ideal tecnocrático.

En muchos casos la política de intervención socio-económica suele tener como resultado un incremento de la violencia sectaria y la desarticulación de la organización social constituida entorno a los mercados existentes. La expansión mercantil que la tecnocracia capitalista cegada por su ontología neoliberal esperaba no tiene lugar, al contrario. La base socio-política del mercado se resquebraja, su dimensionalidad se contrae, y todo lo que emerge como contrapartida es el desorden público y la violencia. Lo que realmente ocurre mediante la intervención neoliberal es que el orden social extractivo de naturaleza personal-tribal es desposeído de su fuente de valor-trabajo por medio de un intento de construir un orden mercantil capitalista. Un orden en el que el rentismo operé exclusivamente intra-mercado, mediante una lógica monopolizada por la ley del valor, y en el que éste se consuma mediante la realización. Una esfera lejos del control efectivo de unas élites actualmente en el poder que operan bajo un esquema de explotación pre-capitalista de base personal y extra-mercado. Su mundo extractivo se derrumba y con él el orden social que ellas mismas diseñaron entorno a él. El resultado es que dejan de apoyar el funcionamiento de un mercado que ya no controlan ni pueden explotar, lo que deviene en el caos social y la vuelta a la extractividad más primaria.  A la explotación violenta, a la dominación sin que exista un mercado que medie la relación extractiva.

El análisis de los efectos de la intervención socio-económica capitalocéntrica en los países en vías de desarrollo no es solo un curioso ejercicio de arqueología antropológica que nos retrotrae a nuestro pasado pre-capitalista y nos revela la naturaleza funcional del mercado para-con las élites extractivas. Es también un marco analítico perféctamente aplicable a nuestras sociedades y a nuestro modo de producción actual. Y ello es así porque nuestro esquema socio-político es igualmente un marco de clase en el que la relación entre productores y rentistas da forma a toda nuestra realidad. Incluida la naturaleza del mercado. Si una intervención socio-económica post-capitalista nos tuviera en el punto de mira y pretendiera eliminar la relación improductiva capitalista -por la cual el capitalista acumula por el simple y único hecho de ser propietario-, los efectos que podríamos esperar no serían distintos. Si el beneficio  -la renta extractiva- es el motor de la producción, y el mercado deja de ser un mecanismo por el cual los capitalistas pueden acumular plusvalía, entonces nos encontraremos en un contexto en el que los capitalistas dejarán de producir. El mercado colapsará y con él el orden social al que estamos acostubrados. El Estado burgués dejará de contribuir al sostenimiento del mercado -infraestructura, funcion legislativa, etc.- y es posible que una ola de represión sin precedentes tenga lugar al intentar reconducir al factor trabajo a su redil de clase.

Al igual que ocurría en el caso de la intervención socio-económica en las economías en vías de desarrollo, la estructura de dominación de clase solo desvela su verdadera y primitiva naturaleza cuando se la desposee de su fuente de renta. Cuando se desintegra el mecanismo socio-económico que le permite controlar el trabajo ajeno y el fruto de su esfuerzo de manera pacífico-consentida. Hoy, dada la avanzada escalaridad e interdependencia de nuestra geografía productiva, todo ese proceso está necesariamente regulado por el mercado. Pero la realidad que se esconde tras la misma existencia funcional del mismo es la de una relación violenta. Una relación que se deriva de un marco de clase que se reproduce a través de los distintos modos de produccíon y cuya verdadera naturaleza se enmascara tras un velo de falsa libertad y la manufactura del consentimiento. Un marco que debe superarse si nuestra intención es la de emancipar política y económicamente al trabajo. La única vía hacia la instauración de un libre mercado real.

 

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