La Historia y el Fin de la misma a través de la Guerra

Si estás leyendo esta entrada, probablemente pertenezcas a ese segmento poblacional occidental que hoy observa con incredulidad cómo la extractividad social avanza en todos los frentes sin oposición alguna. Cómo viviendo el punto histórico en el cual la especie humana es capaz de crear un volumen de riqueza sin precedentes la estructura de nuestra organización social genera una masa de precariedad y tensión financiera de una magnitud cada vez mayor. Cómo hemos superado un punto de inflexión tras el cual nuestro bienestar material ha entrado en una terminalidad decreciente, nuestra productividad se ha estancado, y una ingente cantidad de talento es desperdiciado y nunca vectorizado hacia iniciativas de rentabilidad socio-material.

Resultado de imagen de interpersonal trust attitudes us our world in dataParadójicamente, mientras te preguntas la razón de que tal escalada distribucional no sea combatida por un amplio frente social, el capital social (datos U.S.) continua desplomándose dificultando cualquier reacción contra-hegemónica coherente. Reforzando en las sociedades occidentales un clima de hipernormalidad eterna en el que convive un enfado generalizado con una apatía introspectiva sistémica total. La sociedad simplemente ha dejado de serlo. Para entender cómo esta realidad se ha vuelto endémica es posible -y probable- que solo baste con responder a una pregunta muy sencilla. Deberíamos abandonar el paradigma ilustrado de una distribución homogénea de la agencialidad política e intentar analizar una variable sistemáticamente obviada: Cuán amenazada está la arquitectura de control cognitivo-material nacional y trans-nacional que permite a la élite dominante ejercer su poder?

El marco analítico tradicional, aplicable a toda ideología que presuma una alta homogeneidad de la agencialidad política, dirá que las fuerzas que amenacen un statu quo extractivo-represivo serán aquellas cuyo coste de oportunidad sea bajo y tengan más que ganar distributivamente con el derrocamiento del marco existente. Los eslabones más bajos de la cadena trófica del valor, los más explotados. La clásica guerra de clases entre productores y rentistas. Sin embargo la realidad histórica nos muestra una y otra vez que dicha lucha de clases opera de una manera mucho más horizontal. En la forma de una competición inter-polity entre élites dominantes y una competición intra-polity entre las élites dominantes y los grupos aspirantes a serlo. Una dinámica que históricamente ha estado regulada por la escalaridad de la violencia, de su dimensión socio-económica, y de su impacto en los distintos equilibrios de poder que han gobernado sobre los modos de producción de las distintas sociedades humanas. El verdadero motor de la historia.

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La escalaridad de la violencia -el hecho de que, como norma general, la fuerza sea una magnitud que opera en un marco de economías de escala- es la responsable de mantener un ecosistema político de inescapable competencia. Una competencia que con el tiempo filtrará distintos modos de producción en base a su capacidad de generar una ventaja geopolítica via incrementos sostenidos de productividad. Lo que permitirá romper con las restricciones malthusianas al crecimiento poblacional, a la movilización bélico-material, y al progreso tecnológico. Una selección natural que marcará el desarrollo humano desde sus mismos inicios y que es posible que hoy, por primera vez en la historia, haya dejado de operar. La regla evolutiva responsable tanto de los equilibrios distribucionales domésticos como de la composición cognitiva de la sociedad. La cadena de transmisión de una trayectoria desarrollista de doce mil años de antiguedad.

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En un contexo socio-económico de baja conectividad y cuasi-nula penetración fisico-cognitiva del Estado, la dominación directa constituyó el primer modelo de movilización del trabajo de la historia. La subordinación politico-económica por medio de la esclavitud será la columna vertebral de toda forma civilizacional hasta el cénit imperial Romano. La proyección y administración de una fuente de trabajo sometido y no remunerado capaz de transformar una realidad material sobre la cual edificar los cimientos de polities capaces de una proyección geopolítica sin precedentes. Pero pronto resultará evidente que, además de la imposibilidad de realizar avances productivos por la vía de la intensividad del trabajo -una mejora de procesos eliminaría la vinculación social esclavista-, la gestión de una masa de trabajadores no militarizable y siempre dispuesta a levantarse en armas supondrá una caveat competitivo de difícil solución.

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La caída de Roma y el nacimimiento del orden continental germánico y feudal nos ofrece una visión introductoria a la interpretación militar de la historia económica y social, tanto en lo concerniente a su vertiente doméstica como a su dimensión inter-polity. Una de las variables que contribuirán al desmoronamiento del órden imperial romano será el abandono de la concepción identitario-geopolítica de la República. La expansión militar significó que el centro político del imperio gozará de un buffer estratégico de míles de kilómetros con respecto al frente de batalla. Atrás quedarán los blitz de Anibal o la frágil Entente de la peninsula itálica, Roma y sus élites dejarán de estar amenazadas.

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La inmunidad geopolítica de la capital resultará catastrófica para la integridad de la estructura política que permitió a la polity romana nacer y prevalecer. Sin una causa común a la que afiliarse por necesidad la frecuencia de las luchas internas y la desigualdad politico-material se dispararán, y la cultura republicana de la corresponsabilidad y el sacrificio para con la supervivencia de una entidad política común dejará de existir. Roma se volverá más extractiva y un número cada vez menor de personas ostentará un volumen de poder cada vez mayor. Una tendencia que retro-alimentará ciclos de guerras civiles en los que distintos grupos pugnarán por un trono imperial cada vez más preciado. La devastación, los desórdenes, y la caída del capital social republicano les seguirán. La autoridad se regirá cada vez más por la fuerza y en ausencia de ésta nada podrá sostener el statu quo.

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El colapso de la estructura continental romana trajo consigo la desarticulación del mapa comercial y el órden político de la Antiguedad. El final de una geografía acumulativa que ahora se medirá cara a cara con el sistema germánico de explotación indirecta. Donde la ausencia de una escolta política hegemónica condenará al costoso e ineficiente marco de explotación directa esclavista a la derrota frente al modelo tributario feudal de base germánica. La organización feudal de la sociedad por medio del contrato social y de la extractividad derivada de un control sobre el marco de producción -y no sobre la persona- revolucionará el contexto productivo y geopolítico del continente. Permitirá crear las condiciones socio-materiales bajo las cuales dar luz verde a la experimentación intensiva de los procesos productivos por medio del desarrollo de la capacidad estatal y la construcción del mercado. La promoción activa de la esfera comercio por medio del desarrollo de infraestructuras, de la ejecutividad de los contratos, de la libertad individual del comerciante, y  de la dimensión bancaria del crédito. Todo ello firmemente controlado por una burocracia estatal en expansión que será la encargada de mapear y gravar el desarrollo económico doméstico en favor de una figura de una prominencia política y económica cada vez mayor. El Rey.

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Las exigencias materiales y humanas que la guerra impondrá a las distintas polities en la caótica poliarquía medieval europea serán el motor del desarrollo económico y del proceso de centralización del poder político en Europa. La multi-vectorialidad de la amenaza geopolítica continental disparará la necesidad de movilizar capacidad estatal y ello desacoplará la trayectoria productivo-evolutiva de Europa Occidental con respecto a la del resto del mundo. Europa dejará atrás la geografía medieval para embarcarse en una vorágine desarrollista urbana, productiva, y poblacional que dará como resultado una comunidad internacional de Estados Absolutos donde macro-polities consolidadas en torno a una nueva generación de monarcas controlarán bases espacial-territoriales cada vez mayores. La poliarquía habra dado paso al neorealismo absolutista en el que la monopolización y el control de la violencia generarán vectores de competencia geopolítica mucho más puros. De la guerra chevauchée y los especializados ejercitos mercenarios on-demand al masivo ejercito ciudadano-nacional permanente y los grandes frentes. Una escala y linearidad de batalla crecientes que pronto se fundirán con lo que hoy entendemos como los inicios de la guerra industrial. De Rocroi a Austerlitz pasando por la transicional Guerra de los Siete Años.

La presión competitiva impuesta por la era de las primeras movilizaciones masivas desarticulará la estructura de poder del modo de producción feudal. Con la expansividad económica lastrada por una productividad agrícola bloqueada por la propiedad comunal de la tierra, el desarrollo pre-industrial monopolizado por una la clase comerciante cada vez más poderosa, y el virtualmente ilimitado poder real constituyendo un caveat a la movilización financiera del Estado, la transformación era inevitable. La monarquía constitucional escoltada por un parlamento nacional con potestad presupuestaria y controlada por una clase mercantil-capitalista emergerá como el nuevo modelo de organización de la polity. Un modelo mediante el cual la mercantilización de la tierra liberará de la actividad agrícola a una masa ingente de trabajo que ahora se vinculará mediante la desposesión a la manufactura industrial urbana. La competitividad geopolítica basada en la concentración del factor trabajo en la esfera industrial no solo penalizará a aquellos actores de adopción tardía del modo de producción capitalista basado en la ley del valor, sino que también impondrá un nuevo teatro de confrontación cada vez más global en el que los candidatos a super-potencia tendrían que competir. Las grandes batallas lineales de las planicies europeas se complementarán a partir de entonces con las primeras escaramuzas de naturaleza verdaderamente estratégica a lo largo y ancho del globo.

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La razón de esta expansividad estratégica derivará del hecho de que la competición basada en la especialización industrial traerá inevitablemente la externalización de la explotación del sector primario y la necesidad de dar salida comercial a la manufactura doméstica. Apoyándose en una ventaja escalar en forma de capacidad estatal desarrollada tras siglos de intensa presión geopolítica, las potencias europeas se dispondrán a dar forma al mundo en un intento por consolidar su posición trófica dentro de las nuevas rutas de producción internacionales. El sector primario -grano, materias primas, y posteriormente petróleo- se explotará a través de las dimensión colonial, las metrópolis se abrirán a su comercio internacional, se protegerá la industria nacional, y la expansión de las marinas nacionales garantizará tanto el suministro primario como el acceso a los mercados de los productos nacionalmente manufacturados. La industrialización traerá esquemas de interdependencia económica globales cuyo control efectivo determinará la posición competitiva de los distintos Estados modernos. En la era del Lebensraum y la `Gunboat Diplomacy´la escalaridad de la violencia operará tanto en la vertiente de la clásica competición en masa crítica militar como en la capacidad de defender / atacar el marco de interdependencia económica propio / del enemigo.

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La transformación al modo de producción capitalista no desestructurá pues el marco de competición geopolítica tradicional, sino que lo intensificará mediante la transición a una geografía industrial donde la dimensión de la interdependencia escalar-económica creará espacios de fricción de una magnitud mucho mayor. De las guerras napoleónicas a la Primera Guerra Mundial la progresiva industrialización de las fuerzas armadas y la apertura del foco estrátegico a una lógica de campaña global impondría costes crecientes a los distintos actores incrementando la presión sobre sus bases productivas nacionales. La escalada darwinista en el ámbito de los modos de producción que dejará atrás a las autocracias Austríaca y Rusa vendrá acompañada del despertar del concepto de guerra total por el cual la totalidad de los activos militarizables serán movilizados para la batalla. El conjunto de la población será vinculada ideológicamente a un nuevo tipo de confrontación geopolítica donde la contención estratégica dejará de existir y donde la mecanización de la batalla amenazará con traer un nivel de destrucción sin precedentes. La temida paz armada tomará forma.

Para el s.XX la escalaridad de la violencia habrá alcanzado ratios de mobilización tales que la guerra y sus consecuencias no solo serán totales, sino también democráticas. Los conflictos armados pasarán de ser guerras `entre caballeros´ -limitadas y fuertemente reguladas- a pugnas estratégicas donde la población trabajadora será un objetivo tan militarmente válido como la línea del frente -de Dresden al eterno paradigma del  `Hearts & Minds´-. En el pasado las élites dirigentes en conflicto hubieran dispuesto de un marco común sobre los mecanismos a utilizar para resolver sus diferencias geopolíticas. Ráramente su propia supervivencia hubiera dependido del resultado de la contienda. El desarrollo de un casus belli ideológico mediante el cual movilizar a una polity en su totalidad -nacionalismo- y la democratización de la muerte harán que resulte imposible para las élites en conflicto desarrollar un marco común de acuerdo y reconciliación. La naturaleza industrial de la guerra moderna creará un contexto socio-cultural en el cual la supervivencia política de los polos en conflicto dependerá del resultado de la contienda. En consecuencia, el nivel de exigencia que el Estado moderno impondrá sobre la totalidad de la geografía productiva carecerá de límite alguno. No solo expropiará a conveniencia, sino que también requerirá que todos sus ciudadanos sin excepción contribuyan a la causa bélica. Para conseguir la victoria las élites dirigentes estarán dispuestas incluso a reescribir el contrato social distribucional nacional. La victoria lo significará todo.

El resultado de la guerra total será la sistemática reducción de la desigualdad doméstica. Una excepción histórica que se materializó a mediados del s.XX y que deriva diréctamente de la confluencia estrátegica de la guerra ilimitada, de su naturaleza masivo-industrial y trabajo-intensiva, y de un contexto geopolítico-social donde el resultado del conflicto es un todo o nada distribucional. La fuente bélica de la que bebe la era del Keynesianismo dorado, el contexto socio-político responsable de la equitativa distribución del dividendo de la productividad de la post-guerra. Donde a la destrucción de la riqueza acumulada por los deciles superiores se le unió un nuevo contrato social llamado a recompensar un sacrificio nacional general y una explosión de sobrecapacidad. La Gran Guerra (1914-1945) habrá conseguido el resultado distribucional que solo otros dos asesinos de masas habrían hecho posible en la historia europea, la Peste Justiniana del s.VI y la Peste Negra del s.XIV. Disparando la necesidad de movilizar trabajo, destruyendo gran parte de la base económica de la élite dirigente, anulando su capacidad de acumular, y creado un contexto de capital social asociado a un reto nacional-común tal que propulsará el principio de equidad y corresponsabilidad al centro del tablero político. Un principio que defenderá su hegemonía hasta principios de los años setenta.

Pero la naturaleza de la guerra y el contexto geopolítico global iban a cambiar, y con ello el rumbo de la historia socio-económica moderna. Al igual que ocurrirá con la esfera productivo-industrial, la actividad bélica experimentará una gradual tendencia hacia mecanización de la proyección de la fuerza en aras de incrementar su letalidad.  Los recientes avances en el ámbito de la aviación, la tecnología de cohetes, la fuerza submarina, y -sobretodo- la fisión nuclear crearán un contexto estratégico muy distinto al del choque masivo de ejercitos ciudadanos. En una guerra directa entre potencias punteras no habrá una teoría de la victoria razonable, pero aún así los Estados se prepararán para lo peor. La competición ICBM y el pacifismo insurgente emergido de las cenizas de la Gran Guerra convergerán convenientemente en una era kaleidoscópica de humanismo-militarismo cuyo máximo exponente, la exploración espacial, revolucionará la faz tecnológica de la Tierra. La búsqueda de vías de escape al marco estratégico M.A.D. enviará al ser humano a la Luna, le proporcionará internet, y creará las redes de procesamiento de información que hoy posibilitan la actividad financiera y el movimiento de capitales a una escala global.

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Pero incluso la amenaza de una distopia nuclear, el cénit estable de la escalaridad de la violencia, acabará por desaparecer. El colapso de la Unión Soviética abrirá las puertas a un mundo nuevo en el que la intensidad de la competición inter-élite internacional tocará fondo y un nuevo orden mundial se consolidaría al amparo de la supremacía norteamericana. Si el desarrollo balístico intercontinental había en gran medida congelado el dinamismo geopolítico, esta nueva era de falsa multilateralidad iba a legitimizar el resultado final de la partida mediante un velo narrativo de libertad y una falsa promesa de prosperidad. Sin la amenaza de una guerra suicida, de una intensa competición escalar internacional, y sin la necesidad de movilizar trabajo en masa, el tempo histórico se detuvo y la extractividad de clase se volvió a disparar. La escalaridad de la violencia, de la misma manera que la concentración de capitales estrangulará la actividad acumulativa, habrá creado y perfeccionado sistemas de proyección de fuerza tales que harán que la competición geopolítica acabe siendo tan moralmente inasumible como racionalmente estúpida. La sociedad moderna y sus élites simplemente no podrán permitirse continuar con el marco evolutivo-social que les catapultó hasta nuestro presente.

Las consecuencias distribucionales y socio-políticas de esta nueva realidad serán múltiples y de un calado civilizacional. El desarrollo del Estado, el instrumento movilizador de activos que durante siglos constituyó la correa de transmisión de la expansión económica, no solo se detuvo, sino que paulatinamente se le ha dejado morir. Las distintas facciones que cohabitan el modo de producción capitalista no necesitan de un instrumento de proyección de fuerza ilimitada capaz de representarles y defender sus intereses en el contexto geopolítico global actual. Al menos no con la misma intensidad que en el pasado. Con la llegada del s.XXI el Capitalismo habrá monopolizado tanto espacialmente como ideológicamente la función de producción de la gran mayoría del globo. Occidente abandonará la masiva financiación pública del desarrollo económico y tecnológico que dió forma al s.XX y que respondía a la contención de amenazas exógenas. El neoliberalismo amputará ideológicamente toda iniciativa no sujeta a la ley del valor y al motivo-beneficio, todo aquello ajeno a la lógica y el control del Capital.  Nada contendrá la escalada de extractividad que azotará a toda la cadena trófica del valor.

Internacionalmente el Estado moderno perderá influencia frente a la transnacionalidad. La búsqueda de escalaridad productiva que se inició y cultivó por medio del Estado como vía para obtener ventajas competitivas geopolíticas pasará a ser gestionada por una red de monopolios que bajo el marco de la ley del valor crearán estructuras de suministro globales como método de expansión y sostenimiento de la rentabilidad. La trans-nacionalidad productiva regida por el modo de produccíon capitalista contribuirá a la mutilación del dinamismo geopolítico tradicional de dos maneras. Las redes de suministro globales desvincularán la estructura económica del marco inter-estatal tradicional. Las fronteras ya no serán quienes delimiten ni la base productiva ni la subjetividad de las élites dominantes. La competición inter-estatal dejará de tener sentido funcional. Sus estructuras de poder abandonarán la dimensión Wesphaliana escapando del control (semi)democrático del Estado Nación y garantizándoles un contexto espacial de movilidad ilimitada para su fuente de influencia; el Capital.

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La globalización de la producción y la de las estructuras de propiedad vinculadas generará también el despertar de un hiper-concentrado entramado empresarial transnacional  mediante el cual una élite global ejercerá verdadero poder de gobierno por medio de un férreo control sobre el acceso a la escalaridad económica transnacional. Por primera vez en la historia existirá una estructura política que ejercerá efectiva gobernanza extractiva a una escala cuasi-planetaria, sin mayor competencia real que un determinado número de reductos insurgentes al gran capital internacional. Una élite inmune a la selección natural geopolítica que moduló el desarrollo politico-social desde el establecimiento de las primeras sociedades humanas. Libre de cualquier condicionante estructural a su modelo de explotación y a su ambición distribucional. Un entorno donde la ausencia de tensión geopolítica convierte cuestiones como el desarrollo tecnológico, la productividad, o la remuneración distribucional de las clases explotadas en irrelevantes para la reproductivilidad del sistema en el tiempo. Un fin de la historia caracterizado por una gobernanza global  y paz internacional donde el estancamiento civilizacional convive con la falta de mecanismos estructurales para limitar el expolio generalizado de la población. Donde, a falta de cualquier otra lógica alternativa, la ley del valor es el único marco de competición inter-élite. La especie humana atada de pies y manos a un marco bajo el cual la tasa de rentabilidad solo puede ser sostenida mediante crecientes ratios de explotación.

En consecuencia hoy vivimos en un normal político absurdo en el que se combina un nivel de escasez general que se incrementa año tras año, un crecimiento de la productividad decreciente, y una formación de capital completamente plana. La base material de la economía ha dejado de avanzar y la depredación de una élite capitalista global y estructuralmente libre nos está llevando a firmar los ratios de desigualdad más altos de la historia. En ausencia de una amenaza existencial que opere como causa aglutinadora el capital social se ha desplomado. Hoy no existe razón alguna para que la élite dirigente requiera movilizar grandes masas de trabajo y proyectarlas con fines geopolíticos. Al contrario, un bajo capital social derivado de las condiciones sociales de la (pos)modernidad garantiza que el nivel de extractividad del sistema continue avanzando sin oposición política alguna. Garantiza que se pueda crear un clima político en el que la imposibilidad del cambio es la norma. En el que ficciones como la `deuda pública´o la tasa NAIRU pueden despiezar a la clase trabajadora y condenarla a la peor de las miserias sin esperar represalia. En el que, como en la Roma imperial, distintas facciones luchan por hacerse con la posición trófica suprema mientras el resto de la población permanece inerte.

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Mientras tanto los bárbaros de nuestro tiempo tienen las de perder, y lo saben. Se han enfrentado a la estructuralidad de la geografía geo-económica actual y han salido derrotados. Un tercer mecanismo que también explica la razón del fin de la historia económica se lo impide. El desarrollo gradual de la escalaridad económica bajo cualquier modo de producción trae consigo un aumento exponencial de la interdependencia productiva. Las cadenas de diseño, suministro, y producción se vuelven transnacionales y permanecer en la frontera de la productividad depende de poder acceder a una red productiva global. Una red productiva que actualmente la gobierna el capitalismo y la ley del valor. Por medio de sus élites la Unión Soviética fué la primera potencia que intentó hackear el sistema productivo de su tiempo y hacer historia. En sus primeros años la planificación económica demostraría su superioridad como modo de producción creando un impulso desarrollista sin precedentes por el cual se alcanzaría un plateau de productividad que elevaría a la tierra de los Soviets al nivel de una polity de renta media. Pero la incompatibilidad de su sistema con las redes de producción globales le impediría vincularse a una escalaridad cada vez más transnacional. El resultado, a pesar de la inmensa escala espacial de la Unión, fué el estancamiento secular y un ratio de explotación creciente destinado a financiar una paridad militar con los EE.UU. que a la larga sería insostenible. Las élites chinas cogieron el testigo y se dispusieron a crear un modelo híbrido capaz de vincularse mediante compatibilidad-valor -creando valor internacional- a las redes escalares globales. Su modelo ha triunfado, alcanzando un catch-up desarrollista tal que hoy lidera un gran número de nichos tecnológicos. Pero el precio que las élites chinas han tenido que pagar por alcanzar tal hito es una vinculación cada vez más intensa a la ley del valor. Que a pesar de constituir la segunda gran plataforma productiva y poblacional del planeta China haya tenido que capitular gran parte de su modo de producción para propulsarse acumulativamente nos revela que, con el nivel de interdependencia actual, la innovación organizacional freelance deriva hoy en una productividad menor, no mayor. Un caveat estructural derivado del contexto interdependiente actual que nunca antes se había dado en la histora del desarrollo productivo humano. Y hablamos de uno de los pocos supuestos en los que élites dirigentes de potencias punteras aún compiten, de la excepción a la regla del s.XXI.

El mundo socio-económico actual está secuestrado de su trajectoria histórica lógica por una tríada anti-competición geopolítica inexpugnable. La letalidad bélica, el bias-pro-capital de la proyección de la fuerza, y la ausencia de amenazas que activen -vía élites- una respuesta masiva en forma de capital social constituyen el componente cinético de este candado. El lógico nacimiento de una élite transnacional con intereses y una estructura de poder desvinculada de las fronteras y del control del Estado constituye el componente de gobernanza que coordina y estabiliza este particular fin de la historia. Por último, la estructura económica resultado de siglos de bias-pro-productividad no solo opera como base de poder fáctico de una élite global, sino que también es un mecanismo de control material por sí misma. Impidiendo cualquier iniciativa transicional que rompa con el modo de producción capitalista por medio de las relaciones de interdependencia productiva. El componente productivo-escalar de la desarticulación de la selección natural socio-económica. Juntos han detenido el tiempo, condenado a la economía y al desarrollo tecnológico al estancamiento, y posibilitado la mayor ofensiva distribucional de base no bélica de la história.

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Las élites romanas nunca consideraron la liberación de los esclavos y el establecimiento de un sistema de explotación puramente indirecto, iba en contra de sus intereses de clase. Lo pagaron caro. En último término su sistema fué liquidado por la historia. El régimen monarquico-feudal nunca se planteó rendir su estructura de poder a los mercaderes o permitir que las redes ferroviarias llegaran hasta su puerta cargadas del ideario revolucionario, iba en contra de sus intereses de clase. Lo pagaron caro. En último término las potencias capitalistas los arrollarían en el campo de batalla. El modo de producción capitalista hoy puede cernenar mediante la ley del valor la productividad,  el desarrollo tecnológico, y el bienestar de su población. Pero no lo pagará caro, porque su reinado habrá llegado en un momento histórico en el que confluyen tres tendencias que lo vuelven inmune a los condicionantes estructurales del pasado. Tiene barra libre para modular los acuerdos distribucionales a su conveniencia, la base de una desigualdad con un carácter marxista cada vez más marcado. “War is bad for business”.

En ese sentido cabe preguntarnos si nuestra conceptualización de las dinámicas históricas humanas no es más que una idealización aspiracional basada en los principios y la visión ilustrada del ser humano. Que la guerra, la competición geopolítica, sea el motor del desarrollo económico, de los estadios distribucionales, y de la transición entre distintos modos de producción cada vez más eficientes solo puede significar una cosa. La agencialidad política está tan mal distribuida que la historia no es más que una enorme partida de ajedrez jugada por una colección de élites que evoluciona modulada por las consecuencias socio-económicas de la búsqueda de escalaridad violenta. La ausencia de casos en los que el antagonismo entre productores y rentistas haya producido dinamismo histórico es abrumadura. Y la geografía distribucional actual no hace más que atestiguar ese hecho. El mundo actual se encamina hacia un horizonte civilizacional equivalente al del Imperio Chino tras la desaparición de la amenaza militar mongola. Un estancamiento secular de cientos de años en los que la civilización china permaneció aislada del tablero geopolítico internacional. Su capacidad de movilizar recursos y personas dejó de avanzar y su desarrollo económico entró en una terminalidad desesperante. Entonces llegaron los europeos. Y China nunca estuvo en condiciones de repeler el despiece de su soberanía.

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Mientras algunos autores afirman que el s.XXI será el territorio en el cual el modo de producción capitalista entrará en confrontación directa con una fuerza social cada vez más movilizada – “la Tercera Guerra Mundial será social“-, la trayectoria histórica no parece tan optimista. El modo de producción capitalista colapsará por la simple razón de que opera en un marco arficicial de dimensionalidad reproductiva ilimitada sobre un esquema físico-social acotado. Se detendrá por sí solo, aún y cuando se hayan desplegado las contramedidas que compensarán la expulsión sistemática del factor trabajo de la esfera de la producción. Pero operar en ajenidad a la ley del valor no significa que la estructura de clase vaya a desaparecer. Se contendrá el sangrado material de gran parte de la población, pero se operará en una arquitectura social y productiva extremadamente sub-óptima.  Sobretodo si no se desarticula la dimensionalidad actual del concepto de propiedad en profundidad. El equivalente al mecanismo no-cinético por el cual la proyección bélica había tradicionalmente equilibrado la balanza de la desigualdad.

Otra opción de probabilidad indeterminable y efectividad garantizada es un revival interestelar de la competición geopolítica. Ya sea mediante la colonización y posterior fractura política en un marco inter-planetario, o mediante el descubrimiento de una civilización exógena a nuestro espacio conocido cuya potencial hostilidad pudiera acabar con nuestra silla en la ontología del universo, el motor de la historia volvería a iniciarse. Al no conocer las capacidades y la naturaleza de la amenaza el segundo supuesto sería especialmente efectivo. Si en el día de hoy se interceptara algún indicio de una civilización alienígena nuestro mundo socio-económico cambiaría por completo. La barrera de lo “imposible” que el modo de producción capitalista institutionaliza por medio de la dimensión monetaria (la “deuda” , el “ahorro”, el “déficit” y el “no hay dinero”) saltaría por los aires y nuestra sociedad gravitaría hacia el verdadero límite de lo posible; la realidad fisico-material. En nada afectaría que actualmente el mundo se deba a sí mismo el doble de lo que produce en un año, o que no existan marcos de explotación rentables que hoy te den trabajo. Cuando el instinto de preservación de las élites que hoy gobiernan en mundo se active, la Tierra se movilizará para repeler la amenaza con todo lo que tenga a su disposición. Coordinadas por un Estado total y absoluto billones de personas se encuadrarán en las líneas de investigación, desarrollo, y  producción de arsenales balísticos cada vez más destructivos. Las nuevas generaciones se educarán gratuitamente Ender Wiggin-style y la escalaridad productiva avanzará a pasos de gigante sin atender a cuestiones de rentabilidad o viabilidad financiera. De la misma manera que lo ha hecho durante toda nuestra historia. Una nueva identidad global emergerá y el capital social se disparará. Lo común ganará peso y los resultados distribucionales posteriores así lo reflejarán. Aún así es improbable que logremos acceder a ese estadio, lo más plausible es que acabemos todos esclavizados-calcinados. Al igual que ocurrió con el Imperio Chino la llegada de una escuadra de batalla a tu costa significa que ya es demasiado tarde. Y no parece creíble que nos dejen pedir un receso estratégico en el que desarrollar capacidad estatal à la China actual.

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Que la competición inter-elite geopolítica haya sido el motor de la historia humana y el causante del fin de la misma deriva de que durante todo este tiempo solo los intereses de las élites dominantes hayan hecho política. Si existiera un método por el cual distribuir la agencialidad política de tal manera que la esfera pública reflejará los intereses materiales de todas las partes y no operará como correa de transmisión de sistemas de dominación, el desarrollo humano dejaría de depender de la dimensión bélica para propulsarse. La guerra se libraría entonces contra la pobreza, contra la marginalidad, contra la enfermedad, contra el trabajo, contra la huella material de nuestra especie en el ecosistema. La abolición de la estructura de clase adquiriría una significación expandida. No solo significaría la abolición de la explotación, sino también la abolición de la confrontación como motor histórico. La única vía por la cual la especie humana puede desbloquear su terminalidad evolutiva actual, ir más allá, y probablemente sobrevivir. Una revolución por la que la historia dejará de ser una dinámica dependiente de un contexto darwinista y pasará a ser política. Cuyo avance y forma dependa de nuestra voluntad. Si seremos capaces de activar un desarrollo basado en una arquitectura social ajena a la estructura de clase es algo que todavía está por ver.

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Fin.

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